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Sin traumas

Valladolid, 16/01/2010. Auditorio de Valladolid. Ricarda Merbeth, soprano; Robert Dean Smith, tenor: Martin Snell, bajo. Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín. Director: Marek Janowski. Richard Strauss: Muerte y transfiguración, op. 24. Richard Wagner: La valquiria: Acto I. Ocupación: 80 % de 1700
imagen Un concierto con música de Richard Strauss y Wagner interpretada por una gran orquesta centroeuropea es un gran acontecimiento musical, en Valladolid y cualquier parte. Además, se contaba con un buen aliciente: tener la oportunidad de escuchar el Acto I de La valquiria en versión de concierto, algo que cuenta con una larga tradición, favorecida por varias características: historia clara y estructura clásica de la atracción y enamoramiento de dos extraños, que además 'parece' completarse en sí misma y no deja demasiada ansiedad en el que escucha; pocos personajes, aspecto que facilita el montaje; y momentos musicalmente muy lucidos, melódicos, líricos, románticos, sobre todo a partir de la tercera escena.

La concepción de Janowski fue claramente sinfónica. El polaco pareció decidir sin dudar los momentos en que permitió a los cantantes ser bien escuchados y aquellos en que debía dar preponderancia al magnífico sonido de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín. Con ello, podemos reconocer ciertos desequilibrios, pero el director sabe de sobra que en determinadas circunstancias hay que hacer sacrificios para dar con un efecto global conseguido.

Las 'circunstancias' pasan esencialmente por una pareja protagonista que no cumple con los cánones vocales requeridos. Dean Smith, por muchos 'tristanes' que haga, es un tenor de material eminentemente lírico que ha ido consiguiendo un sonido robusto, sin forzar demasiado el volumen, gracias a una técnica de emisión bastante correcta y a una forma de afrontar los personajes mesurada e inteligente; pero, bien por cierto desgaste (el agudo carece completamente de punta), bien porque anduvo algo conservador, en los momentos de fuerza fue sobrepasado por la orquesta, algo a lo que pareció plegarse sin problemas y que estaría perfectamente ensayado: el tenor no hace grandes esfuerzos y el efecto del discurso musical es plausible. Lo mejor: el 'Winterstürme', dúctil y melancólico.

Martin Snell es un bajo especialmente apto para un papel como el de Hunding, que exige una labor de color, de fraseo sutil, si bien un sonido como éste, de tintes cavernosos pero no guturales, hace gran parte del trabajo a la hora de meter en harina al que escucha respecto a las pérfidas intenciones del personaje. No cargó las tintas y tampoco es de reseñar ninguna genialidad innovadora, aunque se le puede calificar de elegante en todo momento (incluso para reencontrarse con la orquesta después de alguna pequeña descoordinación).

Ricarda Merbeth tiene un material lírico apreciable, pero no me gusta su manera de emitir. Seguro que ese tipo de sonido tiene sus admiradores, por todo lo 'bello' que parecerá a muchos (concepto francamente subjetivo e inservible en cualquier análisis serio). Como ya he escrito en varias ocasiones, debemos entender el canto como algo orgánico y útil al servicio de la música. La técnica de Ricarda Merbeth resta capacidades: las vocales dan una vuelta excesiva antes de salir y las notas se perciben después del ataque, lo que va en detrimento de la precisión; esto también implica que, por muy expresiva que se sea, todo va a sonar falto de espontaneidad, lento, constreñido. Si el director aumenta el tempo, tiene que desimpostar para ir rápido, con lo que pierde cualquier proyección. El centro en general está muy hinchado para darle empaque, lo que evidentemente implica esfuerzos para poder ir a los extremos. Sieglinde no es un personaje especialmente exigente en tesitura, y la soprano no evidenció problemas a la altura del La; pero para una lírica, esa zona es como el tentempié de media mañana (siempre que planifique bien). Otro asunto sería un Do o un Re. Sí hubo problemas, y muchos, en la incomodísima zona grave de 'Der Männer Sippe', que la alemana no sabía bien por dónde sacar. Me convenció más en las partes 'amorosas' -donde dejó entrever buen gusto en el fraseo dentro de sus características- que donde se requería mayor dramatismo (exaltada conclusión, por ejemplo).

Orquesta y director fueron otro cantar. En la primera parte, ya me había dejado boquiabierto la maravillosa entrada de los contrabajos en Muerte y transfiguración, un rumor casi imperceptible. También, en general, el intachable equilibrio de unas familias que, por muy fuerte que puedan llegar a sonar, nunca pierden esenciales referencias, como la cuerda y la percusión. Salvo pequeñísimos accidentes, el metal y las maderas estuvieron en su sitio, con un fraseo provechoso, ya que Janowski permite estas parcelas de libertad a los profesores, tan capacitados que se me antoja difícil cualquier error. Un ejemplo fue el inolvidable solo del primer chelo en La valquiria, de una presencia, colorido y delicadeza en verdad emocionantes. Estas características precisamente abundaron en la obra de Strauss, más que la garra. Con Janowski todo es preciso pero suave, y sabe aumentar el sonido de forma poco traumática. Se trata de un concepto muy satisfactorio en general y en Muerte y transfiguración en particular, que incide en lo discursiva y técnicamente bien hecho antes que en despertar emociones primarias en el que escucha. El control y la experiencia son las palabras-clave en este director y, por mucho que en otras oportunidades me hayan entusiasmado interpretaciones más radicales de la obra de Richard Strauss, es imposible poner peros a esa excelente planificación: qué maravillosa variedad en el forte, qué plasticidad y rango dinámicos. Además, en La valquiria este estilo convergió con el de unos cantantes que tampoco eran muy dados a la explosión emocional, si bien por razones distintas, más arriba apuntadas; todo lo cual implica una escucha relajada que ayuda a la concentración y al disfrute de estas espectaculares músicas.

Este artículo fue publicado el 27/01/2010

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