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Moder(n)ato assai

Gustav Mahler: Sinfonía nº 9 en Re mayor. Philharmonia Orchestra. Esa-Pekka Salonen, director. Productor: Misha Donat; ingeniero de sonido: Jonathan Stokes. Un disco compacto de 78 minutos de duración, grabado en vivo en el Royal Festival Hall de Londres el día 22 de marzo de 2009. Signum Classics SIGCD188. Distribuidor en España: LR Music
imagen Seguramente es pronto para describirlo como escuela, pero tengo la impresión de que, de unos años a esta parte, algo está cambiando de manera muy radical en la interpretación mahleriana. O, más bien, de que una tendencia sólo subyacente durante el imperio de Leonard Bernstein empieza a imponerse. Diría que se acaba el Mahler-espectáculo, el Mahler-cataclismo, y que se extiende sin prisa pero sin pausa un Mahler de dimensiones más humanas que planetarias.

Por supuesto que en las tres primeras sinfonías, y en la Octava, el elemento teatral es fundamental, incluso -a otro nivel- también en la Cuarta, y el final feliz tiene que ser feliz; pero ya no apabullantemente feliz. Tanto más, pero al revés, sucede en las otras cuatro sinfonías, en las que me parece que la corriente actual lleva a presentarlas poniendo en duda cuanto tengan de conflicto irresoluble con el mundo y sus miserias; o, al menos, relativizando de forma insistente ese conflicto. Naturalmente, no estoy hablando de ningún compromiso entre el rasgarse las vestiduras en cada compás -como hacía el gran “Lenny”-, y las autopsias a que nos tiene acostumbrados Pierre Boulez.

No; me refiero a un verdadero tertium genus que Claudio Abbado ya venía practicando desde hace tiempo, y que se caracteriza por mirar la partitura desde una cierta distancia a fin de que el discurso fluya con la libertad suficiente como para que cada uno de los oyentes pueda tomar de él el mensaje que prefiera, sin estar condenado de antemano a comulgar con una determinada doctrina. Esto es principalmente aplicable a una obra tan propensa a las interpretaciones extremas como la Novena sinfonía; y esto es lo que vengo percibiendo en los últimos registros discográficos que de ella han caído en mis manos, como el de Simon Rattle (EMI), el de Jonathan Nott (Tudor), o este de Esa-Pekka Salonen.

Aquí, el motivo que propulsa el monstruoso primer movimiento no se dice suspirando, sino que camina con buen paso desde el primer compás, de modo que el desarrollo (4’51’’ en adelante) se presenta ligerito. Claro que tiene su punto de inexorable, pero sin aplastar -óigase el pianísimo del coral de maderas y metales en 13’45’’, o las disonancias de los trombones en 16’55’’, y en general todas las explosiones, subrayadas con una percusión restringida-. Particularmente “moderna” (por más escurridizo que sea el término, no encuentro otro mejor) me suena la conclusión de este movimiento, en la que Salonen controla con mano sabia los planos sonoros -la insinuación de los violines al retomar el motivo inicial (19’20’’), la perorata de la flauta y la trompa a continuación-, para terminar en una auténtica rêverie.

En el segundo tiempo, Salonen vuelve su mirada hacia el “Titán” con un tiempo amplio pero no machacón, de modo que cuando irrumpe el vals (2’41’’) no hay necesidad de muecas ni efectos grotescos. Sin prisas en el Rondò, y sin enfatizar demasiado su Burleske (no hay sarcasmo ni siquiera en el clarinete que se cuela -8’32’’- en el intermedio de las arpas); pero se escucha absolutamente todo en un despliegue virtuosístico de la orquesta, y la coda desprovista de atropellos resulta un festival sonoro.

El milagroso empaste de la cuerda -¡qué empuje soberano de los contrabajos!- sirve para introducir el adagio sin desesperación; los intermedios, que Mahler quería “sin emoción”, suenan justamente así. Y sin embargo, cuánta emoción hay -pero qué bien contenida- en la tercera presentación del tema principal (6’35’’), arrastrada por una imparable corriente de fondo. Salonen hace el anticlímax (13’55’’) impresionante, pero el epicentro del seísmo no sale a la superficie, de modo que el final, sereno, con pausas larguísimas, queda a la libre interpretación de quien lo escucha.
 
Si es cierto -y no hay porqué dudarlo- que este registro corresponde a la interpretación de un único concierto, hay que quitarse el sombrero ante el trabajo de Salonen y sus músicos. Claro que al comienzo la cuerda está algo destemplada, pero a los cinco minutos ya hay pruebas evidentes -las trompas, por ejemplo- de la grandísima clase de la Philharmonia. Por lo demás, la toma sonora es de calidad (a pesar de que el Royal Festival Hall no es el mejor sitio del mundo para grabar), y en el cuadernillo -sólo en inglés- se incluyen unas notas extensas e instructivas, así como las biografías del director y de la orquesta (en ésta, por supuesto, no hay ni rastro de Walter Legge).


Este artículo fue publicado el 23/07/2010

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Referencias:


Esa-Pekka Salonen