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D.Q. ... pasajero en tránsito... ¿a dónde?

San Sebastián, 04/08/2005. Auditorio Kursaal. D.Q. ... pasajero en tránsito, un espectáculo de Rafael Amargo. Rafael Amargo, dirección y coreografía. Carlos Padrissa y Rafael Amargo, dirección de escena. Juan Esterlich, dramaturgia. Música de José Soto ‘Sorderita’, Lagartija Nick, José María Cano y Nacho Cano, Frank T. Dnoe, David Moreira, Rafael Gabarri, Henry Purcell e Isaac Albéniz. Compañía Rafael Amargo.
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Cual no sería mi sorpresa al descubrir que para Carlos Padrissa, de la Fura dels Baus, los quijotes del siglo XXI son los jovenzuelos obsesionados con los videojuegos. Un planteamiento al que no le falta lógica, pues pocas comparaciones se me ocurren más acertadas que la establecida entre el hidalgo devorando libros de caballerías obsesivamente y el adolescente encerrado durante horas e incluso días en su habitación para destripar el juego de rol o el shoot’hem up de turno. Casualmente, en una especie de arrebato precognitivo, la noche anterior al espectáculo me entró una nostalgia súbita y me puse a jugar un rato a algunos de mis videojuegos favoritos de la época de ‘maquinero’ por la que yo también pasé, y en especial al Ghosts and Goblins, ese mítico juego de plataformas en el que un armado caballero comienza matando zombis en un cementerio y termina luchando con todos los diablos del infierno para liberar a su princesa de las garras de Lucifer. Practicamente una historia de caballerías en toda regla, en la línea de los juegos surgidos de la factoría japonesa Capcom, creadores de otros títulos tan conocidos como la saga Megaman, Final Fight o Street Fighter 2, este último considerado uno de los mejores videojuegos de la historia por no pocas revistas especializadas.

Es más que probable que al lector de más de treinta o treinta y cinco años esto que estoy diciendo, que es sabiduria popular entre muchos jóvenes de mi generación, les suene a chino. Por eso fue tan arriesgada la propuesta de Quincena Musical de inaugurar el festival de este año con un espectáculo basado en videojuegos y en comic japonés. Arriesgada porque no hace falta aclarar que la media de edad del público que asiste a Quincena muy probablemente sea superior a los cincuenta años, y muchos guiños del espectáculo diseñado por Amargo-Padrissa estaban dirigidos a receptores mucho más jóvenes. Y lo cierto es que mientras yo podía identificar a Lara Croft, la heroína de Tomb Raider, al mercenario de Quake o a los soldados futuristas de War Hammer 40.000, estoy convencido de que a la gran mayoría de los presentes en el auditorio este tipo de detalles se les escapaban, por la sencilla razón de que pertenecen a hábitos recreativos de una época distinta.

Para que se hagan una idea de los derroteros que sigue el espectáculo, pienso que lo mejor es que les copie aquí parte de la sinopsis: ‘La historia parte con dos jóvenes japoneses, Bidanshi y Akira, absesionados por el manga, la informática, Internet y los videojuegos. [...] Bidanshi vive en Japón y se comunica con su amigo a través de una webcam. Akira es sordomudo; es precisamente él quien descubre las novelas de caballerías. Ambos personajes se enamoran de El Quijote, tomando los papeles de los propios Alonso Quijano y Sancho Panza. Es tal la influencia del mundo informático en los dos jóvenes, que, a través de un espejo imaginario, penetran en el mundo fantástico del videojuego, en el que se desarrollarán una serie de historias quijotescas que recrean las originales. Los menús del videojuego creado por los jóvenes corresponden a los siete capítulos de la obra: las bodas de Camacho, las cuevas de Montesinos, el romance de las Dulcineas, los molinos de viento, etc. [...] La historia concluye en Barcelona, creando, al final, en el espectador, la incertidumbre de si lo que ha vivido a través de este Quijote de nuestros días ha sido el sueño de un loco o la realidad misma. Don Quijote cabalga entre lo japonés y lo barcelonés, lo medieval y lo futurista, pero siempre bajo la mirada del flamenco.’

Si alguno se pregunta bajo los efectos de qué tipo de sustancia se le puede ocurrir a alguien una historia tan descabellada como esta, es porque todavía no ha visto lo que ocurre sobre el escenario, que es una sucesión de eventos absolutamente dispares en los que Sancho Panza se pone a bailar break-dance, hay un mini-concierto de heavy metal, se ven unos guerreros de sumo, acto seguido el Kursaal se convierte en una discoteca con gogos, se escucha a Purcell, a Albéniz, a Mecano y a Lagartija Nick, y por supuesto se forman unos cuantos tablaos flamencos para lucimiento de Amargo y compañía. El resultado es confuso porque el guión del espectáculo también lo es, y a menudo el espectador no tiene claro si lo que está presenciando es una historia con una continuidad narrativa o cuadros independientes, y en tal caso cual es la razón de la inclusión en la dramaturgia de algunas de las cosas que suceden. Pero bueno, se supone que la intención es la de ‘introducir al espectador en un mundo onírico y futurista’...

La dirección escénica de Amargo y Padrissa debe mucho a las manera de La Fura dels Baus, con su espectacularidad tecnólogica, sus gentes encaramandose por las paredes del escenario, sus retos a las leyes de la geometría euclidiana y, desde luego, su efectismo y efectividad visual. Las paredes de la caja escénica son sustituidas por tres grandes lonas que crean una enorme pantalla panorámica, en la que se van proyectando los fondos de decorado, mosaicos vivientes (hacia el final había uno con ristras de chorizo y pezuñas de cerdo que era deliciosamente absurdo), y las escenás fílmicas que se intercalan con los números de baile y que son las que hacen avanzar la historia (si no me equivoco, está previsto el estreno de una película sobre esta historia allá por el mes de diciembre, con el propio Amargo como protagonista). La calidad de las proyecciones y de la infografía era muy elevada, y algunos efectos como los rayos que se proyectan justo al inicio del espectáculo resultan sobrecogedores.

El aspecto más discutible fue desde luego el del baile, que como no podía ser menos fue sobresaliente en lo que respecta al flamenco pero que en lo demás dejó bastante que desear. Los miembros de la compañía de Rafael Amargo no demostraban poseer una técnica muy sólida en todo lo que no fuese flamenco, y a conceptos como el de coordinación, que es la que crea la belleza en los conjuntos, parecían darle nula importancia. Por fortuna para ellos el constante despliegue visual de la escenografía hacía no reparar demasiado en ciertos errores, algunos de ellos garrafales, que le hacían a uno preguntarse cuanto tiempo le dejan a Amargo sus otras actividades mediáticas para entrenar a su compañía. Pero al fin y al cabo el flamenco, que es lo suyo realmente, lo hicieron muy bien y con mucha intensidad. Amargo deleitó una vez más a los donostiarras con su peculiar estilo a la vez elegante y visceral, y por decirlo de alguna manera, narrativo. Arropado por músicos que le conocen tan bien se puede permitir experimentar como lo hace. En cuanto a sus registros actorales, debería plantearse el asunto seriamente. Por lo que respecta a los cantaores, los habituales de Amargo y a los que ya se ha podido escuchar aquí con anterioridad, son sencillamente excepcionales, en especial las mujeres y en concreto María La Coneja.

Se trató en definitiva de un espectáculo muy visual y muy efectista, pero confuso, deslabazado y muy largo con respecto a lo que es el contenido real de lo que trata de contar. Si a esto le sumamos que la historia es difícilmente asequible incluso para aquellos pocos que pueden dominar algunos de los códigos que maneja, el resultado es un gran despliegue de medios al servicio de algo que se podía haber gestionado con mucha más economía y eficacia, ya que así tal cual uno sale del auditorio preguntándose qué es lo que ha visto en realidad.



Este artículo fue publicado el 08/08/2005

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Referencias:


Rafael Amargo


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