Ópera y Teatro musical

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Rinaldo Liberato

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Con Robert Carsen como regisseur, nadie en Glyndebourne esperaba ver en escena el héroe de la Gerusalemme Liberata de Tasso que inspiró esta vibrante obra de un Haendel de 26 años. Pero Carsen superó toda expectativa cuando el telón se abrió mostrando a Rinaldo como un alumno de pantalón corto escondiendo una foto de su primer amor, una nena de trenzas en la tapa de su pupitre, en un aula de colegio contemporáneo aún vacía. Enseguida llegan otros alumnos que se burlan de la foto y zamarrean a Rinaldo para luego entregarlo a la maestra, una verdadera Cruella de Vil con tacones y andar de vampiresa, que se complace en torturar aún mas al párvulo, antes de escribir en la pizarra el tema de la lección de aquél día: las cruzadas. Rinaldo queda luego sólo en el aula y comienza a soñar despierto. De allí hasta el final seguimos su visión de niño de una aventura enteramente escenificada en la escuela. Goffredo y Argante parlamentan en la sala de profesores, el primero con todos los alumnos con pechera de cruzados y espadas de madera, y el segundo con un séquito de amazonas sarracenas de velo y túnica negra, que se quitarán luego las túnicas para dejar ver a las guerreras de Armida, la perversa maestra de Rinaldo. Son unas niñas semi-punk, y de uniforme desaliñado, que raptan a nuestra Almirena, la prolijita novia en trenzas de Rinaldo para llevarla a los suplicios del dormitorio femenino. Así avanzan las cosas hasta la épica batalla final, un salvaje partido de béisbol entre los cruzados y las punk. También hay un juego de hockey, como corresponde en esas escuelas que torturan con deportes.

Antes de caer el telón, y vuelto de la fantasía a la implacable realidad escolar, el solitario alumno Rinaldo nos despide mientras escuchamos la moraleja final, apabullante cuando suena en el aula vacía: “E felice è sol quaggiù …Chi dà meta a un vano cor. “

Momento de la representación

© 2011 by Bill Cooper

Para que el lector comprenda cómo vivimos en Inglaterra, cabe advertir que en esta isla, la idea de escenificar una ópera como metáfora de escuela es algo novísimo. Peter Konwitschny utilizó estos experimentos en Hamburgo y el Liceu hace muchos años con su Lohengrin y hay muchos mas ejemplos. Pero, en el país del mejor teatro, los reaccionarios operísticos capitaneados por algunos insularísimos críticos han logrado que ni este director, ni Neuenfels sean siquiera invitados a experimentar con “el arte lírico”. Aún cuando dependiente de las garras financieras de donantes y mecenas conservadores, Glyndebourne ha logrado experimentar como nadie con puestas innovadoras y fundamentalmente con Haendel, a partir de la memorable Teodora de Peter Sellars, donde los cristianos sucumben bajo inyección letal por mandato del presidente de los Estados Unidos hasta el Giulio Cesare de David Mc.Vicar, con Cleopatra bailando agitadamente sus coloraturas con pasos de rock'n'roll en un ambiente colonialista del siglo XIX.

El triunfo de Carsen fue rotundo por lo irresistible, porque ¿quién entre el público no ha soñado de niño como este Rinaldo? Nada mejor que representar la conmovedora ingenuidad e idealismo cantados en tantas óperas de Haendel, como una suave tomadura de pelo. Son valores aparentemente tan pasados de moda que sólo a través de un humor delicado y cuidadoso es posible demostrar que la inocencia, aún reducida a una mínima expresión, no deja de anidar en todos nosotros.

Armida y sus alumnas

© 2011 by Bill Cooper

 

También el elenco fue de excepcional claridad, comenzando por el protagonista de Sonia Prina, una mezzo físicamente menuda, arrojada en su actuar y poseedora de un registro parejo y sólido, de asertiva proyección. Anett Fritt Fritsch, llamada a último momento para reemplazar a una indispuesta Sandrine Piau (Almirena) , se consagró por su timbre calido y consumado fraseo en su 'Lascia qu´io pianga' y Brenda Rae fue una Armida histriónica en su habilidad para sincronizar su deambular de gata villana con una voz, clara, penetrante y comprensible hasta la última sílaba. Varduhi Abrahamyan cantó un Goffredo de firme apoyo y entonación y Luca Pisaroni enfrentó con distensión y seguridad los difíciles pasajes de fraseo y coloratura de Argante. Gran novedad fue Tim Mead (Eustazio) un contratenor de voz firme en apoyo, y clara y abierta en proyección y consumado mordente de fraseo.

Finalmente, la juventud de Haendel cuando compuso esta obra fue evocada desde el foso con color, expresividad y premura por la Orchestra of the Age of the Enlightment, bajo la dirección de Ottavio Dantone. Los énfasis fueron casi expresionistas por su vitalidad, el cincelamiento de las texturas y en general una expresividad abrupta, todo lo contrario de esas parsimonias haendelianas capaces de poner a dormir a una sala entera. Esta gloriosa expresividad fue contenida en tiempos precisos, una exposición dinámica segura y una plenitud armónica de variado cromatismo.



Este artículo fue publicado el 19/08/2011

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El estreno de 'Rinaldo' en Glyndeboune ha tenido lugar el pasado 2 de julio, y las representaciones se prolongan hasta el 22 de agosto.

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