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¿No hay más aperitivos?

Madrid, 11/03/2005. Teatro de La Zarzuela. Ruperto Chapí: La Venta de Don Quijote (comedia lírica en un acto- Libro de Carlos Fernández Shaw). Manuel de Falla: El Retablo de Maese Pedro. Enrique Baquerizo, Fernando Cayo, Julio Morales y Flavio Oliver. Orquesta de la Comunidad de Madrid; Coro del Teatro de la Zarzuela. Dirección musical: Lorenzo Ramos. Dirección de Escena: Luis Olmos. (Programa en conmemoración del IV Centenario de la primera edición del Quijote).
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De todas las obras que se pueden programar en la Conmemoración del Quijote no encuentro ninguna razón para incluir esta obra marginal de Chapí. No sólo podemos citar el Don Quichotte de Massenet, ya que hay obras sobre Cervantes y el Quijote que podían rescatarse como la de Mendelssohn de 1825, Donizetti de 1833, o bien las Canciones de Ravel o de Jacques Ibert.

En La Venta de Don Quijote no tiene gran interés el libreto, salpicado de perlas literarias como “En mi espada, ceñida de topacios,/ hay tronos y vergeles y palacios,/ cetros, imperios, porvenir de rosa…/ y todo es para ti, Filis hermosa.” La escenografía de Luis Olmos con esas enormes aspas de molino dentro de la venta era excesiva, y también la presencia de actores y actrices, aunque hago una excepción con el número del gañán por su gracia escénica en el que se acompaña la intervención de la orquesta  de unas ovejitas que se deslizaban por el decorado.

La dirección musical fue tan rígida en tempo y dinámica que ahogaba la expresividad, y me enteré de que se estaba interpretando unas seguidillas por el programa, que sino… Los largos diálogos convertían casi en anécdota la música, pero el barítono Enrique Baquerizo defendió bien su papel, pues, aunque hubo pequeños fallos en afinación, ocupó bien el escenario vocalmente con potencia y con buena presencia escénica.

Pasemos ya al plato fuerte de la noche. En El Retablo de Maese Pedro había unos errores de planteamiento escénico difícilmente justificables, como representar a Don Gaiteros alejándose de Francia, en lugar de acercarse a Zaragoza, o que la historia no es especialmente cómica como para que Sancho esté representado por un cubilete. Don Quijote no es un muñeco, y  no había en la representación ninguna separación entre títeres y público, En lugar de utilizar títeres, se pone a hacer pantomima a bailarines españoles que no están acostumbrados a hacerlo.

La dirección musical se caracterizó por no distinguir entre planos sonoros, y, por no marcar bien los acentos, lo que provocaba que los bailarines se perdiesen, y, teniendo en cuanta que hacían de títeres, había momentos que resultaban cómicos. Enrique Baquerizo parecía cansado comparando su intervención con la de La Venta, pero quien sí brilló fue el sopranista Flavio Oliver en el papel de Trujamán. Siempre he escuchado este papel interpretado por mujeres, así que la novedad en este caso fue especialmente feliz. Daba gusto escucharle y también verle en el escenario, ya que además de buen actor demostró gran agilidad con algunas “contorsiones escénicas”. Tuvo su gracia también que se escondiese en el baúl con las marionetas. Vocalmente es muy difícil y cansado este papel por la densidad de texto y la especial entonación que requiere, y Oliver reprodujo perfectamente la prosodia, y cantó con una dicción que hizo que por primera vez en la noche no necesitara seguir el texto por los sobretítulos.

Espero que los dos conciertos conmemorativos que programan la Orquesta y Coro Nacionales para el mes de abril rindan justo homenaje al Quijote. Pero, ¿han visto ya las obras programadas?.



Este artículo fue publicado el 21/03/2005

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