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El almirante y su nave

Lucerna, 05/09/2011. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna en Verano. Yefim Bronfman, piano. Koninklijk Concertgebouworkest. Andris Nelsons, director. Ludwig van Beethoven: Obertura de Las Ruinas de Atenas, op. 113; Concierto para piano y orquesta nº 5 en Si bemol mayor, op. 73; Nikolai Rimski-Korsakov: Schéhérazade, suite sinfónica op. 35. Ocupación: 100%
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Para su segundo y último concierto en el Festival de este año, los del Concertgebouw han escogido un programa “de los que hacen afición”, y que, a la vez, contiene una de las obras que, por mil y una razones, no podía faltar en esta edición dedicada a la temática nocturna. No obstante su popularidad, el cartel encierra un dato curioso, pues nunca antes en el Festival de Lucerna se había tocado la obertura de Die Ruinen von Athen. Nelsons y su orquesta dieron una versión con nervio, desde luego históricamente informada pero sin radicalismos.

El mismo criterio inspiró su interpretación del Concierto Emperador, puesto al día en acentos y en tiempos, pero a la vez disfrutando del vibrato suficiente como para exhibir la espléndida cuerda de la orquesta. Aunque aquí el protagonista fue el pianista uzbeco Yefim Bronfman (Tashkent, 1958): le costó entrar en calor, y las cascadas de notas que abren su parte salieron un tanto embarulladas, pero después de que la orquesta sirviera a lo grande su extensa introducción, Bronfman demostró una vez más porqué es uno de los buenos.

Creo que la personalidad de Bronfman le viene muy bien a Beethoven: su pianismo serio, riguroso, su sonido poderoso le sientan estupendamente a esta obra, de modo que el diálogo con la orquesta siempre es de tú a tú -además, se agradece comprobar que solista y director se escuchan mutuamente-, tanto en los momentos de mayor rotundidad como en los más íntimos. Y la técnica del solista está más allá de cualquier duda: qué gusto da escuchar con claridad todas las notas en los pasajes más complicados, y sobre todo qué gusto da escucharlas cuando el virtuosismo está al servicio del carácter de la pieza.

El Adagio de esta obra siempre es algo muy particular, y escucharlo en las manos serenas de Bronfman sobre el cálido terciopelo del Concertgebouw, aún más (qué pena que la transición al Rondò quedase marrada por un teléfono móvil, pero en fin, en todas partes cuecen habas). Al público le entusiasmó la interpretación, y sus aplausos fueron correspondidos por Bronfman con uno de los Estudios de Chopin.

Si a Nelsons ya se le conoce en este mundillo por “el almirante”, ninguna obra mejor que Schéhérazade para lucir sus galones y entorchados. Y a fe que lo hizo, pues desde el primer momento la singladura resultó apasionante. El movimiento ondulante del tema que rige el número inicial de la pieza dejaba bien a las claras que Nelsons sabe guiar su nave con la pericia necesaria para tomar las olas con suavidad, con el cabeceo decidido de quien tiene claro el rumbo. Confieso que, como el sultán de la historia, en ese momento deseé que la música no se acabase nunca, y por lo tanto agradecí infinitamente a Nelsons que no hiciera pausa alguna para entrar en “La leyenda del príncipe Kalender”.

Sí, Nelsons supo dar a la cosa su espíritu de aventura y su ambiente fantástico, gracias a un entendimiento más que evidente con la orquesta, que le siguió como un solo hombre. Nelsons juega con los gestos, las miradas, las sonrisas y con su batuta; las da todas, dirige las frases de cabo a rabo y a la vez no se olvida de ningún detalle; ni un solo pizzicato escapa a su batuta, mientras su mano izquierda dibuja todos los arabescos (y en esta obra hay unos cuantos); pone cara de embeleso para los arrumacos del príncipe y la princesa; da saltos como un poseso en la conclusión del segundo episodio; y mantiene firme el timón que le lleva al fatal encuentro con el guerrero de bronce, para acunar dulcemente a su orquesta en las últimas frases, sostenidas con la punta de los dedos.

Esta noche también tuve la impresión de que el Concertgebouw es la mejor orquesta del mundo. Empezando por su ya veterano concertino, el búlgaro Vesko Eschkenazy, cuyas intervenciones fueron precisas y preciosas a más no poder. Siguiendo nuevamente por esa madera llena de colores mágicos. Y acabando por todos los demás: que se escuche tan claramente diferenciadas a la cuerda, la madera, el metal y la percusión en el naufragio de Simbad dice tanto en favor de Rimski, como de Nelsons y de estos músicos increíbles.

El público se volvió loco: no había para menos. Y el almirante, que es un hombre humilde, no tomó ningún aplauso sólo para sí, sino que siempre los redirigió a sus aguerridos marinos, que correspondieron con una de las Danzas Eslavas de Dvorák (y aún llegaron a poner otra propina en atriles… pero ahí se quedó). A propósito, este concierto será editado en DVD.



Este artículo fue publicado el 08/09/2011

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