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Opresión

Viena, 26/06/2012. Staatsoper. Don Carlo (París, 11 de marzo de 1867, versión revisada para el Teatro alla Scala de Milán, de 1884), libreto de J.P. Méry y Camille Du Locle, traducción italiana de A. de Lauzière-Thémines y A. Zanardini), música de G. Verdi. Puesta en escena: Claudio Abbado. Escenografía: Angelo Linzalata. Vestuario: Carla Teti. Intérpretes: Ramón Vargas (Carlo), René Pape (Filippo), Krassimira Stoyanova (Elisabetta), Luciana D’Intino (Eboli), Simon Keenlyside (Rodrigo), Eric Halfvarson (il Grande Inquisitore), Dan Paul Dimitrescu (Un frate/Carlo V) y otros. Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Thomas Lang). Dirección de orquesta: Franz Welser-Möst. Aforo completo
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De la nueva presentación escénica (la Ópera ya posee la horrorosa de Konwitschny para la versión francesa), que no contentó a muchos, lo que hay que destacar es el clima de agobio que termina materializándose en la prisión de Carlo, al que somete a un espacio estrecho que termina aplastando casi literalmente a Rodrigo aunque la muerte le venga por la bala del brazo de la Inquisición. Y, justamente, el cuadro de ‘gran ópera’ (?) del que aquí es el final del segundo acto, es de una lobreguez absoluta, en la que poca diferencia (salvo por la sangre) hay entre un pueblo famélico y temeroso y los condenados. Como adrede, se ve el número comparativamente escaso de sacerdotes que, junto con una corte esperpéntica y un Rey desquiciado se enfrenta a los ‘intelectuales’ flamencos entre los que se encuentra Posa y a los que capitanea el Infante, mientras la reina queda aislada.

En ese contexto, el ‘Andiamo a festa!´ de Filippo parece especialmente siniestro cuando se ve lo que se entiende por ‘fiesta’ (ojalá fueran los toros, aunque me cuento entre los que consideran una salvajada las corridas). Ese colmo de frialdad, cinismo y crueldad que es el Inquisidor, inquieta más porque parece una persona normal y ‘desvalida’. En medio de tanta negrura resaltan los colores de los vestidos, pero incluso allí, el velo que Eboli usa y cuya canción entona con desparpajo e intención, se convierte en el velo del exilio en el claustro (no está especialmente marcado, pero personalmente lo he notado con fuerza por primera vez).

Con ese marco y un reparto de lo más equilibrado, si no electrizante en todos sus aspectos, había para hacer una excelente representación. Pero el problema principal ha sido la dirección de Welser-Möst, un maestro que puede aburrir incluso en un concierto de Año Nuevo y en repertorio que se le supone más afín que el italiano. Por supuesto que la orquesta y el coro sonaron estupendamente, pero aparte de algunos tiempos lentos hasta el extremo, lo peor fue que pensara que el ‘acento’ de Verdi se consigue con énfasis y más énfasis, lo que significa volumen, siempre peligroso en esta sala, con ese foso y esa gran orquesta.

 

Vargas y Stoyanova

© 2012 by Michael Pöhn/Wiener Staatsoper

Que Vargas se haya oído, siendo su voz la de más pequeño formato y probablemente no la ideal para el protagonista, es buena muestra de su musicalidad, profesionalidad e inteligencia. No se ha caracterizado nunca por ser un gran actor y aquí le costó entrar en el personaje, pero dio todas las notas con valentía y sin acudir a subterfugios.

La más aplaudida fue Stoyanova en su gran aria del último acto, una cantante de técnica excelente, estilo y capaz de afrontar los varios momentos de tesitura central y grave. Claro que, por más que cambien los personajes, parece estar siempre cantando el mismo (y aquí, probablemente por la peculiaridad de su Elisabetta, algunos agudos resultaron fijos y su gran especialidad que son las notas filadas encontraron en el cuarteto del tercer acto alguna resistencia).

Con placer puede decirse que Luciana D’Intino superó con mucho su actuación de hace dos años en París: hay siempre diferencias de color entre agudo y los otros registros, pero su Eboli fue convincente, afinada y segura. También por suerte Halfvarson tuvo una buena noche en que las notas sostenidas no le ocasionaron casi problema y siempre es un excelente artista. Insuficiente por lo apretado de sus agudos fue el Monje de Dimitrescu.

Keenlyside y Pape

© 2012 by Michael Pöhn/Wiener Staatsoper

De modo que lo electrizante se redujo a Posa y el Rey. El encuentro de ambos en el final del primer acto hizo que saltaran chispas. Pape parece haber encontrado otro gran papel no sólo para su lucimiento personal sino para investigar los recovecos de uno de los grandes personajes creados por Verdi (en ese sentido, su visión íntima del gran monólogo no tuvo la ayuda del director).

Ya me he ocupado en otra ocasión del Rodrigo de Keenlyside que consigue incluso superarse a sí mismo en el fraseo y en la intención de cada palabra (su admirable italiano no es lo menos interesante) y en un canto que no intenta impresionar por la fuerza de los pulmones: es elegante, lírico, reservado, orgulloso, tierno cuando se trata de sus dos amores (el Infante y Flandes).

No sé por qué (se trata de una ironía) este genial Verdi resulta cada año más ‘contemporáneo’ y ‘negro’. Es claro que los únicos que se ‘salvan’ (si eso es una salvación) son el ex emperador (que ha renunciado previamente al mundo) y el poder -nunca mejor dicho- religioso.



Este artículo fue publicado el 19/07/2012

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