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El canto del cisne

Jules Massenet: Le roi de Lahore, ópera en cinco actos (1877). Libreto de Louis Gallet. Dirección escénica, Arnaud Bernard. Escenografía, Alessandro Camera. Vestuario, Carla Ricotti. Coreografía, Gianni Santucci. Iluminación, Vinicio Cheli. Giuseppe Gipali (Alim), Ana María Sánchez (Sitâ), Vladimir Stoyanov (Scindia), Federico Sacchi (Indra), Cristina Sogmaister (Kaled), Riccardo Zanellato (Timour), Carlo Agostini (Un jefe), Domenico Menini (Un jefe), Claudio Zancopè (Un soldado). Orquesta y Coro del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director musical, Marcello Viotti. Dirección y montaje del vídeo, Tiziano Manzini. Grabado en directo en el Teatro La Fenice de Venecia (Italia) en enero de 2005. 2 DVD (DDD) de 180 minutos de duración. Dynamic 33487. Distribuidor en España: Diverdi
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No es raro encontrar en la historia de la lírica europea títulos que supusieron un punto de inflexión en la carrera de sus autores, lanzándoles a una fama desmesurada: Il pirata de Bellini, Anna Bolena de Donizetti o Nabucco de Verdi son sólo algunos ejemplos italianos. En el caso de Massenet la ópera que marcó el inicio de una trayectoria sin vuelta atrás fue, precisamente, Le Roi de Lahore, del que Diverdi nos ofrece en primicia este DVD, grabado en el transcurso de las representaciones que tuvieron lugar en La Fenice de Venecia en enero del año pasado y que Mundoclasico.com reseñó puntualmente.

La elección del título en el teatro veneciano no fue casual: fue el último de una serie con la que Marcello Viotti quiso proponer algunos de los más significativos y no tan frecuentes títulos del repertorio galo. Para la ocasión se le encargó la elaboración de una nueva edición crítica, tarea en absoluto fácil; la ópera había sido terminada en julio de 1876, si bien sufrió modificaciones hasta su estreno en abril de 1877.

Pero no acaba ahí la cosa: inmediatamente después del estreno se incorporaron nuevos números, como el aria de ‘Kaled’ en el acto II (que nada aporta desde el punto de vista dramático, aunque sea una buena oportunidad solista para la mezzosoprano) o el preludio, recitativo y dúo entre ‘Sitâ’ y ‘Timour’ al comienzo del acto IV, ambos incluídos en la presente versión. Para los estrenos italianos -no olvidemos lo impresionado que quedó Giulio Ricordi por la partitura- hubo más cambios que afectaron sobre todo a los dos últimos actos, y posteriormente el dúo citado fue sustituido por una nueva escena dramática para la soprano –la dificilísima y expresiva aria 'De moi je veux bannir', cantada gloriosamente por Joan Sutherland en la grabación completa para Decca en 1979– ausente en esta ocasión.

En el último cuarto del siglo XIX comenzó el declive de un género, la grand-opéra, que estaba dando sus últimos coletazos. Todo compositor francés -y no sólo- que se respetara y aspirara a una fama duradera tenía que enfrentarse a él. Establecidas las bases en la década de 1830 con títulos como La Muette de Portici de Auber, Guillaume Tell de Rossini, Robert le Diable y Les Huguenots de Meyerbeer, hacia 1860 comenzó a dar los primeros signos de cansancio y apenas se consolidaron títulos como la póstuma L’Africaine de Meyerbeer o Hamlet de Thomas. Autores de la categoría de Gounod cosecharon sendos fracasos (La nonne sanglante y La reine de Saba). Con Massenet se produjo el canto del cisne, siendo el último autor en obtener verdaderos éxitos: Le Roi de Lahore (1877), Hérodiade (1881), Le Cid (1885) y Esclarmonde (1889) -quien quiera profundizar en el tema puede consultar el excelente volumen colectivo The Cambridge Companion to Grand Opera, Cambridge University Press 2003–.

La partitura massenetiana respeta formalmente las convenciones del género, con una acción distribuída en cinco actos -historia política dramática, historia de amor, el consabido ballet, grandes escenas corales-, añadiendo rasgos particulares deudores del exotismo musical que impregnó la escena francesa de la segunda mitad del siglo XIX. Pero lejos de anquilosarse, la obra está llena de tanta música, muchísima, como poco amable, las más de las veces de una gran belleza e inspiración, con ideas frescas, como pudo apreciar Chaicovsqui cuando examinó la partitura.

Pero vamos a lo que vamos, la representación: vaya por delante que es ante todo un trabajo de equipo, que alcanza un nivel medio solvente, con elementos excelentes, comenzando por el tenor titular. El albanés Giuseppe Gipali es un valor en alza que en Italia se está consolidando en el repertorio italiano. Con un volumen mediano y seguros medios, el bello color y el esmalte casan como anillo al dedo al protagonista, ‘Alim’. Su prestación es excelente a lo largo de toda la ópera: con un estilo y una dicción adecuados, saca gran provecho de la melodía massenetiana, de arrasador lirismo en los dúos con la soprano o en el aria del acto IV 'Ton amant seul revient!'. Me atrevería a decir que supera a Luis Lima en la hasta ahora única grabación comercial de la ópera.

A su lado la ‘Sitâ’ de Ana María Sánchez se sitúa un escalón por debajo. La cantante española, una soprano lírica en toda regla, posee un centro bello y cálido, en el que el canto se vuelve mórbido y matizado. El mejor ejemplo lo encontramos en el dúo con ‘Kaled’ o la magnífica 'O Timour! Tu me crois coupable', muy bien resuelta. Lástima que el registro agudo -sin ser recurrente en la partitura, sí es exigente-, sea un tanto tirante y presente ocasionales problemas. Tampoco es una actriz dotada, lo que reduce una prestación final que alcanza sus momentos más intensos en los dúos con el tenor, al final de los actos segundo y quinto respectivamente.

El barítono Vladimir Stoyanov fue posiblemente el mejor actor del reparto -es más comedido que el sobreactuado Sherrill Milnes-, además de un estupendo cantante. La voz es homogénea y sin fisuras, y el canto sólido, no deja adivinar algunas características que a veces aquejan a otros cantantes de origen eslavo. Su mejor momento, sin duda alguna, se produce hacia el final de la ópera, cuando entona magníficamente su 'Promesse de mon avenir'.

Correcta Cristina Sogmaister como ‘Kaled’: el timbre claro de mezzosoprano se adapta bien al papel del paje y rindió especialmente en el dúo con ‘Sitâ’, 'C’est le soir', quizá más que en su aria sucesiva 'Ferme les yeux'.

Los dos bajos de la ópera funcionaron muy bien: Riccardo Zanellato fue un ‘Timour’ con el peso que requiere el papel, como Federico Sacchi un ‘Indra’ que dominó su acto, gracias también a la escenografía; lástima que sus intervenciones fueran tan breves.

La dirección de Marcello Viotti es estupenda y elegante, como siempre ocurría con él. El director suizo –que murió prematuramente un mes después de estas funciones- se sentía cómodo tanto en el repertorio italiano como en el francés. Las indicaciones son siempre ajustadas, marciales donde la música lo requiere, pero alcanza sus mejores niveles en los momentos de mayor lirismo, la obertura y los dúos de los protagonistas, a los que acompaña excelentemente. A sus órdenes la orquesta se deja llevar por la melodía massenetiana y tiene una prestación de calidad. Lástima el coro, meramente correcto, mejor las mujeres que los hombres.

La puesta en escena de Arnaud Bernard es fundamentalmente respetuosa con la ambientación original de la obra, con momentos más acertados -el Paraíso- y otros menos felices -las tiendas del campamento militar del segundo acto-. Las referencias a la India son evidentes en las cúpulas de los templos o las famosas imágenes del palacio de Lahore. Sólo el Nirvana del tercer acto se aleja de esta pauta, ambientado en un jardin d’hiver de la Belle Époque, evocando las cortes de los maharajaes que en pleno Imperio Británico se divierten con danzas y acertadas proyecciones del cine mudo. El vestuario recrea de modo imaginativo la moda hindú del XIX a través de los ojos europeos. El cuerpo de baile no tiene un gran empeño, siendo eficaz la representación de la lucha entre los ejércitos. Por lo demás, la dirección escénica resulta un tanto confusa.

La calidad de la edición es buena, si bien el montaje en ocasiones se resiente cuando se observan pequeñas descoordinaciones entre imagen y sonido, probablemente porque se ha sobrepuesto una banda sonora que conjuga los mejores momentos de las funciones con los distintos planos que se tomaron. Por otra parte, la toma de sonido, en general buena, se resiente ocasionalmente del movimiento escénico y las voces de los cantantes no siempre llegan con la misma intensidad. Las notas están en italiano, inglés, alemán y francés, como los resúmenes de la trama que añaden el japonés, y los subtítulos que, afortunadamente, incluyen también el español.

En definitiva, en la discografía de esta ópera, tan parca, se agradece la propuesta de Dynamic, sin duda alguna con nuevos valores añadidos.

Este DVD ha sido enviado para su recensión por Diverdi



Este artículo fue publicado el 21/07/2006

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