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La magia de aquellas horas

Venecia, 07/07/2009. La Fenice. Götterdämmerung, tercera jornada de Der Ring des Nibelungen, en un prólogo y tres actos. Libreto y música de Richard Wagner. Regisseur, Robert Carsen. Una producción de Robert Carsen y Patrick Kinmonth. Escenas y vestuario, Patrick Kinmonth. Realización escénica para el Teatro La Fenice: Patrick Kinmonth y Darko Petrovic. Vestuario, escenas y partes de los decorados realizados en el laboratorio de la Oper der Stadt Köln. Personajes e intérpretes: Stefan Vinke (Siegfried), Gabriel Suovanen (Gunther), Gidon Saks (Hagen), Werner Van Mechelen (Alberich), Jayne Casselman (Brünnhilde), Nicola Beller Carbone (Gutrune), Natascha Petrinsky (Waltraute), Ceri Williams (Primera Norna), Julie Mellor (Segunda Norna), Alexandra Wilson (Tercera Norna), Eva Oltiványi (Woglinde), Stefanie Irányi (Wellgunde), Annette Jahns (Flosshilde). Orquesta y Coro (Director del Coro, Claudio Marino Moretti) del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director, Jeffrey Tate.
imagen Llega en este verano veneciano la tercera jornada del Anillo en la producción de la Ópera de Estado de Colonia con la dirección musical de Jeffrey Tate y conducción escénica de Robert Carsen. La expectativa alimentada por las dos exitosas jornadas anteriores que vimos en sendas temporadas pasadas era muy alta y el espectáculo de la Fenice no ha traicionado aquellas esperanzas.

Comenzaré por el equipo vocal. La Brunilda de Jayne Casselman es la tercera de esta serie que nos ha mostrado tres sopranos diferentes en esa responsabilidad. En Walküre habíamos apreciado a su colega Janice Baird en el mismo papel. Baird no era sublime y lamentábamos en ella la falta de una voz con aquella emisión acerada que pudiese satisfactoriamente empalmarse con los cobres de la orquesta. En este Wagner, creo que esa cualidad es requisito imprescindible. Casselman tiene menos vibrato que Baird pero ésta mostró una autoridad que faltan a Casselman. Baird si bien carente de emisión fija disponía de un volumen, sobre todo en los graves, que bien ayudaron a formar el personaje de la heroica amazona de los dioses. Siguiendo analizando esta telaraña de Brunildas creo que los agudos de la responsable del papel de este año fueron eso si mucho mejores que los de la cantante del papel en Siegfrid, Susan Bullock. Casselman es, como decía, soprano de voz pequeña y juega con inteligencia sus cartas cuando el papel le permite adoptar colores más melancólicos que heroicos. Dicho esto, en general sus posibilidades, por los menos en esta producción, estaban muy por debajo de cuanto la música pide. Su centro no puede con la orquesta y su agudo en el forte es cerrado Confieso que durante el espectáculo temí una catástrofe en la sublime escena de la inmolación pero todo fue muy aceptable. Allí cantó  mejor que en el resto de la noche -tal vez antes estaba ahorrando energías- y, sobre todo, encontró un aliado formidable en Robert Carsen quien no sé cuánto casualmente, le permitió cantar toda la escena en la boca del escenario a telón cerrado. El libreto de Wagner de alguna manera justifica la elección, ya que indica que Brunilda antes de la catástrofe se dirija al “mundo”, lo cual bien puede interpretarse como “la platea”. Este final así se resolvió más bien en un recital casi de cámara y eso hizo que la inteligente artista pudiese sacar el máximo provecho a esta situación ocasionalmente tan favorable.



Stefan Vinke, excelente como siempre. Gran cantante y estupendo actor. Si bien en un primer momento su trabajo no respondió al sublime recuerdo que había dejado su actuación reciente en Die Tote Stadt de Korngold, se entendió después que el tenor estaba, también él, reservando fuerzas para lo que le esperaba después del extenso primer intervalo. En las grandes escenas que sucedieron a la pausa su labor resultó brillante.

Uno de los grandes protagonistas de esta última jornada es Hagen. El papel fue abordado por Gildon Saks de manera muy solvente en lo teatral sin llegar a la trascendencia en cuanto se escuchó. Gunther fue Gabriel Suovanen que dispone de bello timbre pero que, tal vez cansado nos pareció en su inseguro apoyo al límite de cuanto el papel exige. Muy bien la Waltraute de la mezzo austriaca Natascha Petrinsky que desempeñó bien su breve y hermosa parte. De gran eficacia tanto vocal como teatralmente el Alberich del belga Wener van Mechelen, artista refinado y de experiencia, que muestra en escena que los seminarios que frecuentó con Schwarzkopf y Fischer-Dieskau han dejado poso. La Gutruna de la bella Nicola Beller Carbone fue excelente en todo sentido. Excelente los números de conjunto de los tercetos femeninos y también del muy eficaz coro.

Tate ha tomado tiempos muy lentos. Consigue unos reflejos aterciopelados y hacer brillar timbres de cobres y maderas de forma mórbida lo que no le impide abrirse a las olas gigantes de lo sublime. Los famosos números orquestales fueron servidos de manera memorable y de enorme emoción en el pequeño teatro veneciano resultó la vorágine de la marcha fúnebre ante un telón cerrado, todo acero. La orquesta respondió muy bien, incluso en los tan comprometidos solos de los bronces. La visión humanista del director se enlazó perfectamente con el enfoque que de esta Tetralogía, una tetralogía muy nuestra, exhibió el responsable escénico.



Cuidadísimo el trabajo actoral sobre cada uno de los intérpretes por parte de Carsen, quien concibió soluciones escénicas de gran inteligencia dentro de una estética no convencional. Todo fue de minuciosa coherencia, cada gesto justificaba una palabra, cada palabra nacía de un gesto. Discutible a veces. Gran artista siempre. El comienzo muestra un desván donde las Nornas barren obsesivamente entre montañas de trastos que conviven con el sagrado tronco caído del “fresno del mundo”. Se vio después un Rhin casi sin agua y con desechos de descarga urbana, neumáticos y bañeras incluidos. El cadáver de Sigfrido sobre la mesa y las llamas del hogar detrás. El dialogo de Brunilda descalza con su hermana de tacones altos en aquel dialogo entre los motivos de la pasión y las razones de la lógica fue de la mejor eficacia. El final, después del canto de Brunilda, es de enorme intensidad. Terminado el canto, se alza el telón para mostrar un escenario despojado sobre la que cae una lluvia (¿salvadora o ácida?) bajo la cual la Walkyria camina, hacia el fondo.

En estas latitudes es ocupación de los aficionados comparar esta versión cuidadísima, “humana” y coherente con la otra tecnológica y espectacular que se ha visto hace pocas semanas en Florencia (Mehta/ Fura dels Baus). No puedo opinar personalmente porque lamentablemente me falta la experiencia de aquel Crepúsculo. Escucho que ambas versiones son incomparables pero percibo de todas maneras mucha satisfacción en quien participó en cada una de estas experiencias. En estos tiempos, el que todavía haya alguno que se preocupe de emociones de este tipo da algo de esperanza.

Lleno completo de un público que contó con poquísimos desertores. La gente manifestó generosamente y de pie su admiración y afecto al maestro Tate pero fue un poco frío con la compañía vocal.

Esta jornada concluye las tres de la Tetralogía que presentó con estas direcciones musical y escénica La Fenice. Había saltado el prologo pero los responsables del teatro nos confirma que lo tendremos el año próximo, también hacia julio.

Como escribía Albert Lavignac en su histórico y devocional Viaje artístico a Bayreuth: “por más lentamente que se corra el telón, siempre se nos arranca demasiado pronto de ese hermoso ensueño para volver a la realidad de la vida.” El célebre profesor del Conservatoire de Paris habría gozado de aquella noche en la que la irrealidad del escenario abría a una bellísima noche de verano veneciana difícilmente catalogable como real. La magia de aquellas horas pudo prolongarse, de esa manera, un poco más durante el camino entre La Fenice y el parking de Piazzale Roma.


Este artículo fue publicado el 14/08/2009

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