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Liebesliederrequiem

Johannes Brahms: Ein Deutsches Requiem, op. 45 (arreglo de la parte orquestal para dos pianos del compositor). Susan Gritton, soprano; Hanno Müller-Brachmann, barítono. Choir of King’s College, Cambridge. Evgenia Rubinova, piano I; José Gallardo, piano II. Stephen Cleobury, director. Productor: John Fraser; ingeniero de sonido: Arne Akselberg. Un disco compacto DDD de 65’14’’ minutos de duración, grabado en la Capilla del Jesus College de Cambridge entre el 22 y el 25 de abril de 2006. EMI Classics 3 66948 2
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Da gusto leer unas notas como las de la carpetilla de este disco, firmadas por Nicholas Marston -ojo, sólo en inglés, pero muy bien escritas-, cuando se nos recuerda que en la época de Brahms no existían los discos y el piano hacía las funciones domésticas del actual lector de cedés, y que por esa razón comercial -y no otra- Brahms se animó, a instancias de su editor Johann Rieter-Biedermann, a la tarea de adaptar su Requiem alemán para dos pianos. Sin embargo, parece que la tarea agotaba la paciencia del buen Johannes, quien previamente y como era de ley, ya había tenido que hacer la correspondiente reducción para piano -uno solo- con línea vocal.

No obstante, el arreglo no pretende la sustitución de la orquesta por los pianos para acompañar al coro, sino que, como es lógico -no se pierda de vista el contexto- se trata de proveer una partitura de uso doméstico o académico para el aprendizaje y la práctica de la obra sobre el teclado (a cuatro manos o bien sobre dos instrumentos). Cabe suponer, por otra parte, que Brahms echaría mano de sus propios archivos a estos efectos, pues no se olvide que el germen de lo que hoy es la segunda secuencia del Requiem estuvo en el ‘Scherzo’ de una sonata para dos pianos que nunca vio la luz.

Aunque, como también es lógico, la ocasión la pintan calva y a nadie se le escapa que la primera opción (usar el arreglo como acompañamiento para el coro) es demasiado tentadora, sobre todo en un país tan orgulloso de su tradición coral como Inglaterra. Así, terminado el trabajo en octubre de 1870, ya en julio del año siguiente se pudo escuchar el Requiem de esta guisa en el domicilio particular del afamado cirujano londinense Sir Henry Thompson (en la velada, una de las partes de piano la tocó Cipriani Potter, el primer director de la Royal Academy of Music). Lo cual no es sino una de las primeras pruebas del éxito mercantil de la operación.

El disco que hoy se comenta debe, pues, enmarcarse en esa tradición. El Coro del King’s College de Cambridge es una de las agrupaciones inglesas con más solera (fundado por el rey Enrique VI a mediados del siglo XV, por sus filas han pasado músicos que después han ganado celebridad, entre los más recientes el tenor Robert Tear o el director Sir Andrew Davis), que si bien mantiene como empleo principal los servicios religiosos en su gloriosa Capilla, sus actuaciones y grabaciones se extienden a un ámbito mayor, desde los villancicos a la música contemporánea. Por su parte, Stephen Cleobury lleva veinte años ejerciendo como director de música del College.

Por lo tanto, en esta grabación -de buena toma sonora- no sólo se escuchan dos pianos en lugar de la orquesta, sino que en el coro las sopranos y contraltos se sustituyen por voces masculinas de tiple y contratenor. Ambos factores condicionan la interpretación de modo evidente, pues además de resultar imposible que los teclados recreen la carnosidad y el color ocre de la orquesta brahmsiana, las voces agudas presentan limitaciones naturales ineludibles (sin perjuicio del número de coristas intervinientes: el disco no lo especifica, pero oficialmente son 16 choristers y 14 choral scholars).

Todo ello hace que, a la primera, esta interpretación suene extraña: falta la fuerza y la amplitud a las que estamos acostumbrados, y en su lugar encontramos una lectura más ligerita y recogida. Pero a la segunda, esos defectos se convierten en virtud y uno aprecia en lo que vale -y vale mucho- el empaste y el canto diáfano de un coro a pequeña escala (los pianísimos son emocionantes), que además pronuncia perfectamente el alemán, y sobre todo uno aprecia la secularidad pretendida por Brahms: escúchese en la frase del segundo número ‘und ist gedüldig darüber’ cómo los pianos juegan desmenuzando el sonido original de arpas, cuerda y madera; y encuéntrese uno en la cuarta secuencia ‘Wie lieblich sind deine Wohnungen' con el delicioso espíritu mundano del autor de los Liebesliederwälzer.

Susan Gritton y Hanno Müller-Brachmann son dos cantantes excelentes a quienes sólo cabría reprochar cierta desproporción (por exceso) de sus voces en relación con el conjunto; pero ambos ‘dicen’ el texto con la mejor elocuencia. Y a los dos pianistas hay que agradecerles que hayan sabido prestar su inteligencia para combinar adecuadamente la tarea de acompañantes con la interpretación muy seria de una partitura que, aun reducida, sigue siendo brahmsiana por los cuatro costados.



Este artículo fue publicado el 21/11/2006

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