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Desmesura

Madrid, 21/05/2012. Teatro Real. Rienzi (Dresde, Hoftheater, 20 de octubre de 1842). Libreto sobre la novela de E. Bulwer-Lytton y música de R. Wagner. Intérpretes: Andreas Schager (Rienzi), Anja Kampe (Irene), Claudia Mahnke (Adriano), Stephen Milling (Colonna), James Rutherford (Orsini), Friedemann Röhlig (Cardenal), Jason Bridges (Baroncelli), Carsten Wittmoser (Cecco), Marta Mathéu (Mensajero de la paz) y otros. Versión de concierto. Orquesta y coro (preparado por Andrés Máspero) del Teatro. Philharmonia Chor de Viena. Director: Alejo Pérez
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El rey Midas convertía todo lo que tocaba en oro y esa fue su perdición. Alguien mucho más nocivo para sus congéneres, y estéticamente menos valioso que el tal rey, sentía tanto amor por la partitura de Rienzi que se la llevó a su colección privada y, como destructor auténtico que era de hombres y cosas, ahora el autógrafo se ha perdido para siempre, y su magnífica obertura fue mancillada con fines mucho menos nobles que los que tuvo en su origen. Y conste que el Wagner que me interesa o puede interesar es el músico, no el ser humano.

A este título le persigue desde siempre la mala suerte. Con cortes que de todos modos hacen que la obra dure más de tres horas y resulte desesperada y desesperantemente desequilibrada, e impresione como algo que adolece de gigantismo (no hay casi número, si se omite la maravillosa plegaria del protagonista, que no pudiera -para su mayor ventaja- terminar antes). A estos problemas se les suelen añadir los de la ejecución propiamente dicha. Sólo he visto una versión escenificada en Múnich, en 1984, marcada por la excelentísima dirección de Sawallisch, el protagonismo (con alguna limitación) del gran René Kollo, una joven y adecuadísima Studer antes de que le cogieran los malos vientos de ‘assoluta’ (alentados por algún maestro célebre), y un resto entre correcto y anónimo. Luego fue una versión discreta en concierto en Barcelona (que la repetirá el año próximo con un protagonista cuanto menos discutible). Y ahora ésta que significaba el regreso tras un silencio de más de un siglo en Madrid. Buena idea (y como corresponde, debidamente puesta de relieve para que se sepa qué dirección artística maravillosa tenemos que agradecer, casi tanto como la de Mourinho en otro terreno, y también renovada), con algunos miembros del reparto bien pensados.

Pero… el protagonista, que era muy interesante, se enfermó y hubo que encontrar un sustituto (tarea nunca fácil y en este caso tal vez imposible). Schager es un líricoligero que ha ‘evolucionado’ y no canta mal, pero ni por dimensiones de volumen o extensión, ni por personalidad o belleza tímbrica consiguió más que un honesto intento, de resultados discretos y nunca exaltantes. Kampe parecía una elección ideal, pero su tendencia a forzar en roles pesados ha convertido a esta Irene en un monumento al grito pelado, casi una respuesta al ‘più forte’ que canta Scarpia en Tosca (para sólo citar uno de los momentos más consternantes, escúchese su intervención en el concertante del segundo acto). También tiene límites en el agudo, que resuelve tirando por la calle del medio, la mezzo Mahnke, de considerable volumen e interesante color, pero cuyo problema mayor radica en que lo que predomina incluso en las frases y recitativos más banales es uno de los peores vibratos que me ha sido escuchar últimamente en directo. Incluso Bridges, un cantante que apuntaba como interesante en París, exhibió agudos problemáticos. Bien en cambio Röhlig y Wittmoser, y en particular Rutherford. Mateu fue un oasis de paz en su noble línea y pureza tímbrica del Mensajero (no ocurrió lo mismo con partes menores a cargo de miembros del coro), pero de sobresaliente sólo hubo la autoridad y el color del canto de Milling, que no sólo no tiene aria, sino que por exigencias de la trama muere a mitad de la función.

Lo que nos deja con un coro reforzado y algo estridente en la cuerda de sopranos (principio del segundo acto), pero muy sonoro y entusiasta (y la parte es agotadora) y una excelente orquesta muy bien dirigida por Pérez, que cuando deje de exhibir una gestualidad que no deja que olvidemos por un instante que estamos frente a un maestro muy seguro de la valía de su batuta, seguramente justificará todas las bondades que de él se consignan (aquí mismo y en otros medios).

El público no muy numeroso aplaudió con cierto calor, pero aun siendo la primera función, el teatro no estaba muy lleno y hubo deserciones tras la pausa y durante el transcurso de los últimos actos (sin ir más lejos una persona sentada cerca de mí , tras un dúo de soprano y mezzo algo más que ‘contundente’, suspiró, dijo "no he venido a que me griten" y se marchó. Por un momento sentí envidia por no ser libre de hacer lo mismo, y ocurre, además, que faltaba la plegaria y que la obra me gusta y quería comprobar si hasta el final las cosas iban por los mismos cauces). Si no me equivoco, la última vez que estuve por aquí había más acomodadores, pero los vientos de la crisis soplan hasta para los teatros dirigidos por los popes más autorizados del mundo lírico actual.



Este artículo fue publicado el 07/06/2012

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