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Una despedida en un final de temporada

Barcelona, 27/07/2012. Gran Teatre del Liceu. Aida, El Cairo, Opera, 24 de diciembre de 1871. Libreto de A. Ghislanzoni y música de G. Verdi. Dirección escénica: José A. Gutiérrez. Escenografía: Josep Mestres Cabanes. Vestuario: Franca Squarciapino. Coreografía: Ramon Oller. Intérpretes: Sondra Radvanosky (Aida), Marcello Giordani (Radamès), Ildiko Komlosi (Amneris), Joan Pons (Amonasro), Vitalij Kowaljow (Ramfis), Stefano Palatchi (Il Re), Elena Copons (Sacerdotessa) y Josep Fadó (Messaggero). Polifònica de Puig-Reig (maestro de coro: Ramon Noguera). Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: José Luis Basso). Director: Renato Palumbo
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Quienes protestaron durante la reciente crisis en el Liceu por la no supresión de este título fuera de abono en perjuicio de uno de los que sí se encontraban, ¿qué dirán ahora? Algunos se hacen lenguas y se declaran maravillados como si nunca hubiesen dicho nada. El caso es que el lleno de las funciones de Aida da la razón a los que tuvieron que tomar la decisión y punto. No hace falta defender ni a Verdi ni a esta obra; se defienden solos y muy bien (los que los ataquen tendrán sus razones, que son también su problema o sus problemas).

En los carteles de publicidad en las calles de Barcelona hay una foto, el título de la obra, el nombre del autor, las fechas y la siguiente leyenda: “Una escenografía histórica con un reparto estelar’. Lo primero es cierto, lo segundo a medias (el reparto son en realidad dos aunque con cambios inevitables por las cancelaciones que al parecer deben producirse en cualquier teatro que hoy se precie: si son a último momento o ‘misteriosas’, mejor). Con respecto al aspecto escénico, y sugiriendo que, de seguirse reponiendo esta versión (que cuenta con la aprobación incondicional del público, no sólo local), se piense en cambiar la coreografía, cada vez más débil y confusa, no tengo más que repetir lo que he dicho hace unos años:

“Los viejos telones pintados por Mestres Cabanes en 1945 siguen haciendo su efecto (restaurados por Jordi Castells), aunque frente a la aceptación casi general hay voces que los acusan de ‘kitsch’, ‘arcaicos’, etc… No me parece. El baldaquín es una proeza técnica, lo mismo que las columnas, y la ópera se ve bien así aunque admita enfoques más modernos o de otro corte.”

Momento de la representación

© 2012 by A. Bofill /Teatro del Liceu

Por lo que se refiere al reparto estelar, fueron dos, pero sólo he visto el primero tanto por falta de tiempo como de real interés. Este primer elenco pone sobre el tapete, siendo en conjunto bueno o discreto, los problemas para interpretar hoy Verdi, y en particular sus obras más conocidas. El primero es la ausencia de tenores para la última parte de la producción verdiana (con alguna excepción). Giordani ha sido un buen tenor lírico de excelentes agudos; hoy, el registro alto resiste pero con fatiga y a base de esfuerzo, el fiato es corto, los centros y graves son deslucidos y la media voz no existe. Como actor, no es una novedad, nunca ha sido convincente. Su próximo ‘Don Alvaro’ en el mes de octubre (si las huelgas y la fama siempre bien justificada de ‘gafe’ del título lo permiten) no inspira más que preocupación, pero es cierto que los otros dos colegas (salvando, en parte y quizás, a uno) ofrecen las mismas o menos garantías.

Se habla, también, en general, de la falta de ‘voces verdianas’, cosa que todos saben qué es pero que es bien difícil de definir, sobre todo si se tiene en cuenta los creadores de algunos papeles ‘clave’ que nada tenían que ver con el estilo que, en parte gracias al verismo, se había impuesto (y sigue en gran parte) en la interpretación de Verdi.

Komlosi es la Amneris que más he visto últimamente. Su agudo está más áspero (de las primeras y peligrosas estrofas del acto segundo sólo la última estuvo exenta de problemas) y le cuesta más sostener las notas sin que haya alguna cesión, pero es una excelente artista, conoce la parte y si su timbre presenta angulosidades y falta de suntuosidad estamos frente a una mezzo.

El esperado debut y triunfo de Radvanovsky apuntan a su volumen y extensión (notables el primero en el centro y la segunda en el agudo), a la valentía de su canto. Seguramente es hoy la mejor, o de las mejores, intérprete de la parte. Y sin embargo … sus graves son bastante débiles (‘Ritorna vincitor’ fue un ejemplo típico) y si mejoran en los actos tercero y cuarto eso se debe a que oscurece la voz. En los piani el timbre pierde esmalte (en realidad no son verdaderas medias voces) y reaparece el vibratello que ha conseguido reducir o reconducir en otros momentos. Como intérprete es eficaz pero intenta todo el tiempo subrayar lo que dice (que, sobre todo en los momentos rápidos, no se entiende. Sus ‘r’ simples y dobles siguen siendo imposibles) y en esta ocasión he visto casi todo el tiempo su perfecta dentadura.

Momento de la representación

© 2012 by A. Bofill /Teatro del Liceu

Kowaljow fue un muy buen Ramfis, a veces con un grave poco resonante y Palatchi demostró una alarmante imposibilidad de llegar al agudo. Fadó repitió su muy correcto Mensajero y Copons cantó bien las frases de la Sacerdotisa.

El coro estuvo excepcional, con la colaboración y el refuerzo de la Polifónica de Puig-Reig, y las voces graves y sus contrastes entre notas susurradas y pianísimo y los agudos vigorosos hicieron un efecto maravilloso en la escena en el templo y el comienzo del acto del Nilo.

Palumbo fue saludado atronadoramente desde el principio. Dirigió bien, lo que, en mi opinión, no quiere decir muy bien. Contrastes extremos (siempre a favor del sector de los metales -no hay escena del juicio equilibrada si se desencadena el fragor que aquí se oyó-), tiempos y dinámicas extraños en las danzas de todo el segundo acto sobre todo (a la coreografía ya hemos aludido y mejor dejarlo ahí). La orquesta sonó, eso sí, muy bien y sin duda fue este su mejor trabajo en una ópera italiana de la temporada, pero convendría no confundir niveles.

Y no me he olvidado de Amonasro. Pero en este final de temporada, y si las huelgas convocadas a partir del 30 lo permiten, en ese papel se despide Joan Pons. El rey etíope es un personaje que le sienta mejor que otros en estos momentos y hubo sólo un par de momentos en que la respiración lo obligó a subterfugios. Dicho esto, se debe reconocer que, por ejemplo en el concertante del segundo acto, su voz fue la que más y mejor se oyó (justamente, una voz ‘verdiana’). Recordé toda la función aquel lejano 1977 en que lo escuché por primera vez en esta misma ópera cuando aún era bajo y cantaba un buen Ramfis. Notable camino, excelente carrera (no olvidaré nunca su Falstaff -para mí su mejor papel junto con Scarpia- en una gran producción liceísta dirigida por Pasqual): muchas gracias y muy feliz ‘vida nueva’.

Como no estaré hasta octubre en Barcelona, otro colega se ocupará del Festival Bayreuth en homenaje al centenario wagneriano que tendrá lugar en septiembre.



Este artículo fue publicado el 03/08/2012

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