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Festival de Guitarra de Córdoba (I): los clásicos

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A pesar de la crisis, de los recortes que suelen empezar por la cultura, del estado de abatimiento de gran parte de la ciudadanía, volvió el Festival Internacional de la Guitarra a Córdoba por trigésima segunda ocasión. Por supuesto, con evidente poda presupuestaria (un 20%), pero con un gran tino para compensar todo ello en una cuidada y equilibrada programación. La receta del éxito de anteriores ediciones se ha aplicado nuevamente aunque con impacto notable en lo cuantitativo. Pero lo mejor de todo es que el público ha vuelto a responder masivamente (en torno a 21.500 espectadores).

Obras para guitarra y orquesta

El 3 de julio tuvo lugar en el Gran Teatro de Córdoba el concierto inaugural del festival a cargo del guitarrista Pablo Sainz Villegas y la Orquesta de Córdoba dirigida por José Luis Temes. Sendas obras de los llamados compositores del exilio (Concerto Grosso de Jesús Bal y Gay y Rimas infantiles de María Rodrigo) escoltaban los títulos guitarrísticos: el estreno absoluto de Concierto de Córdoba de Tomás Marco y la célebre Fantasía para un gentilhombre de Joaquín Rodrigo. El Concierto de Córdoba, sin duda el plato fuerte de la velada, nos pareció un lógico complemento de la otra obra estrenada apenas dos semanas antes por la Orquesta de Córdoba, Mezquita Catedral, también de Tomás Marco. Inspirada en el famoso Soneto a Córdoba de Luis de Góngora, la obra supone una interesante simbiosis entre experimentación sonora (más por parte del solista) y evocación expresiva en un esquema formal tradicional. Desde luego que la prestación de Pablo Sainz Villegas se reveló ideal para las exigencias de la obra. No obstante, el guitarrista riojano se desenvolvió con comprensible mayor comodidad en la Fantasía para un gentilhombre, excelentemente arropado por Temes, con cuyo éxito Sáinz Villegas se vio obligado a ofrecer dos bises: Recuerdos de la Alhambra de Tárrega (heterodoxa interpretación, de seco trémolo) y un espectacular Tango en Skäi de Dyens. Sería interesante que el festival ahondara en el repertorio concertístico para guitarra, más nutrido de lo que se cree; e igualmente interesante sería poder contar con Pablo Sáinz para algún futuro recital.

En el mismo Gran Teatro tuvo lugar otra importante cita (8 de julio) en lo que respecta a obras para guitarra y orquesta, en esta ocasión con la Filarmonía Leo Brouwer, el interesantísimo proyecto pedagógico que pretende, además de formar a jóvenes músicos, revitalizar el panorama creativo de la ciudad. Así, junto a obras de conocidos autores (Cimarosa, Martínez-Rücker, Holsinger…) asistimos al estreno de tres obras de jovencísimos compositores -From Shimmers on Dust Clouds de Roni Glaser, Siete Segundos de Belén Romero, Entre los suspiros del alma de Juan Manuel Cutiño- además del reestreno (tras su primera interpretación un año antes a cargo de los mismos intérpretes) de la inspirada Trimilenaria de Miguel Linares. El aseado concurso de la Filarmonía Leo Brouwer en obras tan dispares, de exigente despliegue tímbrico en casi todas ellas, así como la profesionalidad de los guitarristas Mª José Tirado, Rosa Borrego, Almudena Pardal y Alfonso Linares que intervinieron en cada una de ellas, llevaron a buen puerto este originalísimo concierto cargado de aire fresco.

El festival de Gallén … de nuevo

Hace cinco años abrimos una reseña del festival de guitarra para Mundoclasico con el elocuente título El festival de Gallén. No nos resistimos a subtitular el presente artículo autoplagiándonos porque el recital de Ricardo Gallén (7 de julio, Teatro Góngora) ha marcado un hito artístico difícilmente superable. Bajo el sugerente título de “Obra integral para laúd de Bach”, el guitarrista linarense fue sumergiéndonos en esa magia y ese ambiente ceremonioso tan característico de sus recitales y que aquí, más que nunca, se reveló como medio imprescindible para acceder al mundo expresivo de Bach. El sonido de Gallén -sutilísimo, fino, esencial- fue obligando a la audiencia a sucumbir a su magia, a perder la noción del tiempo y del espacio. Nuevamente Gallén obró el milagro: sublimar la guitarra en beneficio de la Música.

Señalar un momento o fragmento concreto de estas dos horas de Música -así, con mayúsculas- sería injusto con el conjunto. El grado de profundización, de interiorización, de vivencia de esta música por parte de Ricardo Gallén es tan inmenso que ahí radica la genialidad: en su comprensión global. De ahí la expresividad, la purísima articulación melódica, la brillantez al tiempo que sobriedad de los adornos, el justo contraste rítmico, la facilidad técnica… El público, que aplaudió con moderación cada obra, probablemente embriagado con tanta verdad artística, despertó al finalizar el programa -ahora sí- con atronador entusiasmo.

Por su parte el estadounidense Eliot Fisk (10 de julio, Teatro Góngora) volvió al festival tras varios años de ausencia para ofrecer un esperado recital con un arriesgado programa como suele ser habitual en él. Fisk suele ser presentado como modelo de guitarrista virtuoso y desde luego es algo que lo encarna a las mil maravillas, incluso en sus excentricidades (gestos, posturas, movimientos súbitos de manos…). Su modelo está en las antípodas del de Gallén, sólo hay que fijarse en ambas versiones de la música de Bach. Pero, desde el virtuosismo, desde lo espectacular, el concierto de Fisk fue importante. Eso sí, habría que olvidarse del amaneradísimo Barrios del comienzo (no tanto la portentosa Danza paraguaya que ofreció como bis) o del extremo Bach. Pero las Seis sonatas de Scarlatti, sorprendentemente idiomáticas y, en manos del americano, más “guitarrísticas” que nunca, o los apasionantes Caprichos 2, 17, 11 y 24 de Paganini que remataron la velada tras un vehemente y poco ibérico Albéniz, dieron buena cuenta de la altura artística de este músico y de por qué figura entre los grandes de la guitarra clásica mundial.

El día anterior (9 de julio, Teatro Góngora) había tenido lugar una de las más igualadas finales del Concurso Internacional del Festival de Guitarra de Córdoba, ganada en esta novena convocatoria por el australiano Callum Henshaw. Como suele ser habitual, la segunda parte estuvo protagonizada por el ganador del concurso anterior, aquí el rumano Mircea Gogoncea quien, algo confundido, planteó un programa tal vez demasiado pretencioso (una guitarrística vuelta al mundo con obras de Giuliani, Granados, Brouwer, Bach…) para el formato que disponía. No obstante, su derroche técnico, si bien de gélida expresividad, asombraron al público. Si este joven guitarrista logra sortear las trampas de su propio virtuosismo en las que a menudo cae, tiene un futuro prometedor.

El 11 de julio (Teatro Góngora) acogió al dúo de los hermanos Sergio & Odair Assad, reconocido por no pocos como el mejor en el panorama internacional, que regresó al festival una vez más después de dos años. Fue una experiencia musical agridulce pues cuando los presentes ya teníamos la certeza de que estábamos ante un concierto absolutamente excepcional, éste tuvo que ser suspendido a la mitad de la segunda parte debido a un calambre en la mano izquierda de Odair, que venía acusando molestias en la misma desde minutos antes. Jamás un público, puesto en pie y aplaudiendo a rabiar, fue más entendido, comprensivo y sensible ante semejante incidente. Nada quita, no obstante, la excelencia del acercamiento único de los Assad a la música brasileira a través de las obras de Nazareth, Canhoto, Bonfa, Sardinha, Gismonti, Villalobos, Gnattali, Jobim, etc…, en base a una técnica y musicalidad extraordinarias.

Manuel Barrueco cerró el ciclo clásico fiel a su cita cordobesa. En un programa algo convencional a priori, logró meterse al público en el bolsillo con una primera parte dedicada a Bach (Suite para violonchelo nº1) y Scarlatti (fantástico en las poco frecuentes, guitarrísticamente hablando, Cinco sonatas escogidas). Su equilibrio entre limpieza sonora y expresividad volvieron a ponerse de manifiesto en las piezas de Granados (Danzas españolas nº5 y 10) y Albéniz (Córdoba y Torre Bermeja) tras un inciso contemporáneo con la interesante obra Little lute music in memory of John Dowland de Dmitri Yanovsky. Barrueco hizo justicia a su legendaria elegancia y musicalidad durante todo el concierto pero de manera especial en el segundo de los tres bises ofrecidos: Reverie de Robert Schumann en la transcripción de Tárrega (junto a la Danza Mora y Alborada del español).

Egberto Gismonti (13 de julio de 2012)

® Festival de la Guitarra de Cordoba


Siempre es difícil, por no decir imposible, encasillar o clasificar a Egberto Gismonti. De hecho ahí radica la esencia de su poderosa personalidad musical y eso mismo demostró el 13 de julio en el Gran Teatro con un programa íntegramente compuesto por creaciones propias. En su habitual atmósfera taumatúrgica, Gismonti se dirigió al público y alabó la singularidad del festival cordobés y la importancia de éste en su vida. Gismonti dedicó la primera parte del concierto a sus guitarras de diez y doce cuerdas, destacando la inagotable inventiva a la hora de extraer sonoridades inéditas -rítmicas, melódicas, tímbricas…- del instrumento. Acaso menos experimental y más impresionista nos pareció la segunda parte, aunque sin solución de continuidad, dedicada íntegramente al piano demostrando la fantástica versatilidad de este inmenso músico brasileño.



Este artículo fue publicado el 07/08/2012

Más información


XXXII Festival Internacional de la Guitarra de Córdoba. Teatro Góngora, Gran Teatro de Córdoba, Teatro de la Axerquía .... Córdoba, del 3 al 14 de Julio de 2012.

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Comentarios:


TSSE 08/08/2012 11:21:27
He escuchado Recuerdos de la Alhambra en directo a Sanz Villegas y su interpretación no me parece en absoluto heterodoxa, sino muy sentida y adecuada a la letra y espíritu de la obra más conocida de Tárrega. Y con su trémolo reposado, que no seco, se arriesga brillantemente y se aparta, con la valentía que sólo da la seguridad en una obra bien trabajada, del fácil truco de usar una velocidad excesiva como camuflaje de trémolos irregulares en pulsación y duración.


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