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Bayreuth en el Liceu (y III): Tristan und Isolde

Barcelona, 06/09/2012. Gran Teatre del Liceu. Tristan und Isolde, drama musical en tres actos con música y texto de Richard Wagner. Estrenada en el Teatro de la Corte de Munich, el 10 de Junio de 1865. Intérpretes: Irene Theorin (Isolde); Robert Dean Smith (Tristan); Jukka Rasilainen (Kurwenal); Michelle Breedt (Brangänie); Franz-Josef Selig (Rey Marke); Ralf Lukas (Melot); Clemens Bieber (Un Joven Marinero); Arnold Bezuyen (Un Pastor); Martin Sznell (Un Timonel). Orquesta y Coro del Festival de Bayreuth. Peter Schneider, director musical. Ocupación: 95%
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Teatro casi repleto -esta vez sí- para la única función dedicada a esa obra maestra wagneriana que es Tristan und Isolde. Una función de alto voltaje, emocionante y -a juzgar por quien esto suscribe- de largo el título mejor servido de entre los tres seleccionados por el Festival para su visita a Barcelona: hay que admitir que el reparto presentado -con sus más y sus menos- es difícilmente superable en los tiempos actuales, y que en el podio hubo un maestro de ideas claras, conocedor del estilo wagneriano y dispuesto a llevar el espectáculo a lo más alto. Los cuerpos estables de Bayreuth hicieron el resto, y después de cinco horas y media de función, el público estalló -esta vez sí, muy merecidamente- en ovaciones interminables. Fue una función donde la implicación de todos los artistas pudo sentirse, y donde la emoción auténtica fluyó por el teatro notablemente.

Llevar a buen puerto una función de Tristan und Isolde es siempre una tarea ardua para cualquier teatro. Ya no solo por la complejidad de la partitura en sí, sino también por la dificultad de encontrar unos cantantes capaces de hacerle justicia a unos personajes de máxima exigencia. Son muchos, de hecho, quienes se han estrellado estrepitosamente contra alguno de los personajes de esta ópera. Y aquí, se puede decir, en líneas generales, que todo el reparto -y en especial la pareja protagonista- rindió a un notable nivel, y llegó al final con una salud vocal aún considerable. Podrá parecer una consideración superflua, pero quien haya escuchado funciones de este título en tiempos recientes, sabrá que es algo que no siempre sucede.

Irene Theorin probablemente esté en el mejor momento de su carrera, y compone una Isolde completa, posiblemente una de las tres mejores de la actualidad. La voz es poderosísima, de color hermoso, homogénea en todo el registro, cálida, siempre timbrada, y capaz de pasear por todas las aristas del personaje sin el menor problema. Además, frasea con gran sentido del drama: la suya es una Isolde extrema. Sus arrebatos de ira del primer acto son de los que despeinan -atacados sin temor, penetrantes, squillantes y afinados sus Do5 en las maldiciones en su relato del acto primero, como pocas veces se escuchan en un teatro-. Desde su enamoramiento con Tristan, compone una princesa fogosa, pero no renuncia a cantar con sensibilidad, ni a apianar cuando así lo pide la partitura. En el gran dúo de amor del segundo acto -ayudada por ese timbre tan cálido y ese fraseo implicado- alcanzó, junto a su compañero Robert Dean Smith, momentos de una emoción incomparable, que se pudo palpar en un teatro que enmudecía. En el tercer acto, es todo ternura, y su ‘Liebestod’, cantado a flor de piel, como solo las grandes pueden hacerlo, es sencillamente el broche de oro de una actuación que, con razón, entusiasmó al público, que estalló de inmediato en una sonora ovación. Además, posee -aún en una versión concertante- una presencia escénica impecable y llena de personalidad.

Tristan es un papel dificilísimo, en el que pinchan -en un momento u otro de la partitura- la mayoría de los tenores que lo enfrentan. Cualquier cantante lo tendría difícil para mantener el tipo, más aún al lado de una Isolde de la talla de la aquí escuchada. Su partenaire era el tenor Robert Dean Smith, que ha paseado últimamente el rol por los más diversos escenarios. Que es un punto más lírico de lo acostumbrado para esta parte, salta a la vista casi desde el primer segundo: la voz es sana y hermosa, pero no muy grande -aunque sí bien proyectada y sana de emisión-. Es el suyo un Tristan eminentemente lírico, siempre cantado sin forzar, y buscando la belleza del sonido. No suele ser lo habitual, y puede que al comienzo de la representación uno dude de hasta qué punto Robert Smith aguantará el tipo. Y, sin embargo, lo hace sin grandes reproches. Relativamente cómodo en los dos primeros actos -por una mera cuestión de volumen, quizás quede algo pálido al lado de una Isolde como la de Theorin, pero es que no siempre se canta junto a una fuerza de la naturaleza como su compañera, con quien se nota una química evidente, que es otra de las claves del éxito-, sabe dosificarse a lo largo de toda la función; y aunque sufre como casi todos en su tremenda escena del acto tercero, sabe disimularlo a base de conocer el papel en profundidad, tenerlo muy rodado y saber cuáles son exactamente sus puntos flacos. Así, usa sus propias debilidades -pero siempre sin llegar a la rotura del sonido, o a la rascadura- para resaltar la propia debilidad del Tristan moribundo, apoyado en un fraseo que opta por resaltar especialmente el perfil más romántico de su personaje. Llega cansado al final de la ópera, pero también bastante entero, y preocupándose por cantar su papel: es mucho más de lo que hacen muchos de sus compañeros asumiendo el mismo personaje.

Creo que, con todos los peros que se le puedan poner -que son muchos si se analiza la interpretación en profundidad-, la encarnación de Robert Dean Smith tiene la virtud de ser inteligente, y a día de hoy puede que sea una de las opciones más fiables para esta parte; aun cuando el timbre diste bastante de ser el heldentenor que pide el papel. Pero visto el panorama actual, pocas opciones más completas que él se me ocurren para enfrentar este rol con éxito. Fue igualmente celebrado, a mi juicio con toda justicia.

Notable asimismo la pareja de criados. Jukka Rasilainen no tendrá una voz hermosísima, ni será especialmente delicado, pero es un buen cantante, y sabe dibujar las diversas aristas del personaje de Kurwenal a través de la expresión: la heroicidad socarrona -y en ocasiones casi vulgar- de su fraseo en el primer acto, en el que llega a ensuciar el sonido con fines dramáticos cuando es necesario, da paso a una sensibilidad insospechada en el tercero -sin duda donde mejor rinde- y se muestra como un actor-cantante completo. Lo primero que hay que decir de Michelle Breedt es que demuestra disfrutar de esta música incluso cuando no está cantando -es inevitable no reparar en su expresión facial mientras escucha el preludio del primer acto- La cantante compone una Brangania bondadosa, esencialmente lírica, de timbre redondo y cálido. Quizás comience algo apocada en su primera conversación con Isolde, pero luego es un dechado de delicadeza, expresividad y buen decir, y va creciendo conforme avanza la función: sus advertencias a los amantes en el segundo acto -cantadas desde un palco del primer piso- fueron bellísimas, y la confirmaron como una artista de suma sensibilidad, que tiene en su musicalidad su mejor baza para sacar adelante este personaje.

Desconozco los motivos por los cuales Robert Holl no cantó la parte del Rey Marke, como estaba originalmente previsto. La sustitución tan solo se anunció en la ficha que se reparte a la entrada -no cuesta nada recordarlo por la megafonía del teatro…-, y más de uno y de dos se habrá sorprendido al ver aparecer en el segundo acto a Franz-Josef Selig, que -repescado desde su Daland de dos días atrás- se hizo cargo finalmente de la parte. Fue una suerte contar con un cantante de esta categoría para el papel: su poderoso instrumento de auténtico bajo cantante, homogéneo y bien timbrado, llenó de nobleza e intención dramática el extenso monólogo del monarca, que en manos de un mal cantante podría caer en el tedio. Por fortuna no fue así, y además, la caracterización psicológica de su Marke distó mucho de la de su Daland de dos días atrás, revelándose como un gran actor a través de la voz. Lo cierto es que en esta incorporación “sorpresa”, Selig confirmó una vez más la excelente impresión que me causa siempre que le escucho, y se reveló una vez más como uno de los más interesantes cantantes de su cuerda en la actualidad.

Hubo lujos asiáticos en las partes menores. Ralf Lukas prestó su rotunda voz para servir las pocas frases de Melot con una autoridad inusitada para esta parte. Tener a dos cantantes tan experimentados como Clemens Bieber -uno de esos secundarios siempre eficientes y curtidos en mil batallas- y Arnold Bezuyen -uno de los más reputados intérpretes del Loge de Das Reinhgold de nuestro tiempo- para los breves cometidos del Joven Marinero y el Pastor es un lujo que pocos teatros pueden permitirse, y aporta gran entidad a papeles hermosísimos cuando se hacen bien, a pesar de su brevedad. Martin Sznell cumplió adecuadamente como el Timonel.

Pero si algo terminó de elevar definitivamente el nivel de esta notable versión, fue la excelente versión que ofreció Peter Schneider desde el podio. El maestro demostró por qué es un Kapellmeister, se mostró como un profesional curtido en mil batallas, profundo conocedor de la obra, y ofreció todo lo que le había faltado a las lecturas de Weigle en los días anteriores: el suyo fue un Tristan und Isolde vibrante, construido como un todo, y lleno de pulso dramático. Además, su lectura de tempi esencialmente rápidos ayudó a potenciar toda la pasión presente en esta partitura. No tuvo miedo a obtener de la orquesta de Bayreuth sonoridades suntuosas, consiguiendo un sonido que recuerda, por su empaque y su empaste, a algunos grandes directores alemanes de post-guerra. En la versión de Schneider, ya desde el preludio del primer acto -toda una declaración de intenciones sobre lo que sería el resto de la versión- la orquesta pareció palpitar como los corazones de los amantes, y el auténtico color wagneriano apareció definitivamente. Parte de la gran emoción que se respiró en la sala se debe, sin duda alguna, al estupendo trabajo del director musical, que rindió a un nivel muy superior al de su colega de días anteriores. Además, contaba con un reparto que, en general -salvedad hecha de un Robert Dean Smith que sufrió algo más que sus compañeros para hacerse escuchar, pero sin embargo supo mantener siempre el tipo…- aguantó bien las arrebatadoras sonoridades de esta lectura llena de pasión.

Aun siendo conjuntos impecables, se debe señalar que el coro y la orquesta de los Festivales de Bayreuth acusaban quizá el cansancio lógico de haber interpretado la friolera de cinco funciones en seis días. El coro masculino cumplió con nota en sus breves intervenciones. En cuanto a la orquesta, dentro del sobresaliente nivel general -en el que impactaron sobremanera la ductilidad de las cuerdas, la riqueza de las maderas y la exactitud de los ataques del metal en la fanfarria de recibimiento al Rey Marke-, sí se notó alguna suciedad puntual en el sonido, que no se había apreciado en días anteriores, y que debe achacarse casi con total seguridad a la acumulación de funciones. Así y todo, hay que destacar algo sobre todo lo demás: fue absolutamente soberbio -y con razón Schneider le dejó levantarse en solitario al final de la ópera para recibir una sonora ovación con toda justicia- el largo solo de corno inglés durante el preludio del tercer acto, con el tema del Pastor.

Pero lo más importante de esta sesión única de Tristan und Isolde es sin duda la sensación de que la suma de los elementos creó un todo verdaderamente emocionante, y se vio una versión realmente completa de esta ópera tan difícil de montar. Como ya he dicho, el silencio sepulcral con el que el público siguió la representación -muy superior al de días atrás-, dejó patente un altísimo grado de implicación de los asistentes con lo que estábamos viendo. Cosas que no siempre suceden. Y la atronadora ovación de casi media hora que cerró la función pareció mucho más que una despedida a la compañía: se acababa de asistir a algo mágico, a algo grande, a una de esas funciones que dejan huella y permanecen en el recuerdo por mucho que pase el tiempo.

No quisiera cerrar estas crónicas sin hacer al menos una breve reflexión global sobre esta visita del Festival de Bayreuth al Liceu que, como ya he dicho anteriormente, no ha estado exenta de polémicas. Asumiendo que en general -quizá con la salvedad de este espléndido Tristan und Isolde- han sido unas funciones irregulares, y más allá de evaluar la pertinencia o no de esta visita precisamente en este momento de crisis -una crisis que ha afectado al Liceu particularmente durante la pasada temporada-, parece que uno de los errores de esta gira fue haberse excedido en el número de funciones programadas: no se consiguió llenar las dos funciones de El Holandés Errante y Lohengrin, pero sí que se llenó la única sesión programada de Tristan und Isolde. Así las cosas, lo más sensato parecería reducir de cinco a tres -una por título- las funciones presentadas en esta gira.



Este artículo fue publicado el 26/09/2012

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