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Manchester vaut le voyage

Manchester, 10/05/2012. Bridgewater Hall. Alice Coote, mezzosoprano. Lars Cleveman, tenor. Orquesta Hallé. Sir Mark Elder, director. Wolfang Amadeus Mozart: Sinfonía nº 40 en sol menor K550. Gustav Mahler: Canción de la tierra. Concierto del patronazgo de Hallé en celebración del centenario del nacimiento de Kathleen Ferrier
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Como lo leen: Manchester vale un viaje si el motivo es ir a ver un concierto de la excelente orquesta de Hallé, la mas antigua de Inglaterra, bajo la dirección de Mark Elder. Y ya en tren de seguirla un poco a lo Michelin, aconsejo el Jury´s Inn Hotel, justo enfrente del Bridgewater Hall, para no mojarse mucho en un lugar donde sabe llover como en Macondo.

Al Bridgewater Hall, una moderna sala de conciertos de excelente acústica, la Hallé se mudó en 1996 luego de una vida en el Free Trade Hall, un lugar representativo de la gloria comercial victoriana equivalente a la Gewandhaus de Leizpig. El concierto que comento fue excepcional, uno de esos milagros que de vez en cuando logran salir de una relación de afinidad intensa entre una agrupación orquestal y su director estable.

Elder es un maestro en el arte de combinar cantabile con marcados nunca excesivos, y todo ello en tempi de sostenida intensidad. Gracias a ello, el primer movimiento de la Sinfonía 40 fue un modelo de tratamiento equilibrado de melodía y contrapunto, con seguras y sutiles variaciones de dinámica, por ejemplo un pequeño sforzando en el acorde inicial y alguno que otro rubato seguido de accelerandi, todo bien 'empacado' en un sostenido motto de urgencia hasta cada resolución contrapuntística. Levare y premura fueron las características del segundo movimiento y el menuetto del tercero fue acelerado y alivianado hasta las fronteras con el vals. Nada de pesadez o asertividad excesiva, sino siempre claridad de articulación, como corresponde a un buen Mozart. Arrolladoramente precisa fue la entrada de cuerdas en el cuarto movimiento con una intervención de los metales admirablemente sincronizada. ¡Qué violines y chelos tersos y calidos tiene esta orquesta, y qué seductor resulta a veces el sonido abierto y dulzón de las trompas! ¡Y qué entrañable e intensa la intervención de los contrabajos viviseccionando las texturas al comienzo de Der abschied (el Adios) que concluye la difícil sinfonía cantada de Mahler.

La canción de la tierra incluyó “el estreno mundial de la nueva orquestación de Colin Matthews” (sic) para el primer lied (Das Trinklied von Jammer der Erde). Se trata de un audaz ejercicio sugerido por Elder para adaptar la orquestación original, casi imposible de equilibrar no sólo con las acústicas de muchas salas de concierto, sino fundamentalmente con la voz del tenor. Lars Cleveman fue por ello el mayor beneficiado al poder proyectar su voz en fraseos que la orquestación original torna a veces inaudibles. En este sentido Matthews ha hecho un trabajo de erudita armonización, pero sospecho que no para el gusto de todos, ya que se extraña el crudo y extremo expresionismo de lucha a muerte entre el registro tenoril agudo y la agresividad y brillantez orquestal que Mahler parece haber insuflado con el propósito de aportar su visión del orientalismo chino al poema de Li-Tai-Po. Sin un registro robusto en el medio, Cleveman flaqueó en algunos momentos de la tercera estrofa (“Das firmament blaut ewig….") pero descolló en cambio en los pasajes de bravura de sus dos lieder restantes (Von der Jugend y Der Trunkene im Frühling)

En Inglaterra Kathleen Ferrier es un mito comparable a Callas o Tebaldi, y a cien años de su nacimiento, algunos aún recuerdan la fatídica función de Orfeo y Euridice dirigida por Barbirolli en el Covent Garden de febrero de 1953. Consumida por el cáncer a los cuarenta y un años de edad, y a despecho de la súbita pulverización de su fémur, Ferrier cantó hasta el final apoyada en el Amor de Adele Leigh. Y en su propio amor a un arte que la llevó hasta el final a través de un infierno órfico de inimaginables dolores físicos. Fueron dolores que parecen haber transformado las sesiones de célebre grabación de La canción de la tierra con Bruno Walter y Julius Patzak el año anterior en un esfuerzo sobrehumano perceptible en la expresión de su voz tan oscura y frondosa, incomparable para documentar el conflicto entre la vida y la muerte de la obra proyectado en el sufrimiento de la propia intérprete. No es mi grabación favorita en términos estrictamente musicales, pero aquí la música y la palabra son algo secundario, son simplemente el vehículo de una humanidad que los ha elegido para transformar el sufrimiento en canto. “Hasta aquí llegan los ecos” (Hither the echoes come). Michael Kennedy se permitió citar al ángel de El sueño de Gerontius para terminar su elogio de Ferrier en el programa de mano de un concierto donde estos ecos del pasado fueron reemplazados por el presente de una nueva gran intérprete.

¿Por qué Alice Coote me ha interesado positiva pero sólo moderadamente en alguna de sus interpretaciones operísticas? Tal vez porque es una cantante joven de esas que saben mejorar con el progreso del tiempo. O tal vez porque siempre la he visto en ópera y no en lied u oratorio. Sea como sea, en mi gran noche en Manchester, Coote reemplazó los ecos de la contralto Ferrier con un bellísimo y cálido timbre de mezzo apoyado en un passaggio de emisión abierta y robusta a la vez, y flota con reminiscencias de la joven Flagstad. Coote supo proyectar en la sala sus frases en mezzopiano con conmovedora expresividad, y la expansión del mezzoforte al forte en pasajes como Der Herbst in meinem Herzen währt zu lange (El otoño dura demasiado en mi corazón) tuvo toda la impronta épica del ángel de Ferrier.

Elder agregó al fraseo de Coote una meditada claridad en el detalle, ya sea en los chelos que subrayan “Man meint´ein Künstler habe Staub von Jade” (Podría pensarse que un artista ha esparcido polvo de jade), como en los rallentandi en Junge Mädchen pflücken Blumen (Jóvenes doncellas juntan flores). Y con sostenida premonición y alerta de detalle orquestal siguió acompañando la Hallé las alternativas de morbidez, extroversión y angustia histriónicamente insufladas por Coote y Cleveman. En Abschied la mezzo brilló fugazmente con operística desesperación en Wo bleibst Du? Du Lässt mich lang allein! (¿Dónde estás? Tanto tiempo me has dejado sola). Luego fraseó su progresiva aceptación de lo inevitable con un acompañamiento orquestal cada vez mas pristino y extático, seguido de un interludio orquestal desprovisto del pesado nihilismo de muchas versiones, algo así como una anticipación de un final capaz de resolver felizmente la angustia de la espera y la despedida insinuada a lo largo de toda la obra. Elder impuso un corto silencio antes de acompañar a Coote con afirmada y tranquila intensidad, como cantando al unísono la última estrofa y su proclamación de una verdad que no admite dudas: Die liebe Erde überall blüht…. Y esta contemplación mahleriana del final de la tierra en flor fue apoyada en cuerdas tersas y de clara intensidad, en contrapunto a una percusión misteriosamente luminosa.

Mahler insinuó a Bruno Walter que ni él sabía dirigir este final capaz de llevar al suicido. Elder -que parece ajeno a este tipo de Angst centroeuropea- me dijo que él veía esta conclusión como una resolución de paz suprema, tan perenne como los Ewig..ewig… finales. Cuando me acerqué a él, acababa de estrechar manos con el tenor y los líderes de cada grupo orquestal. La mímica del saludo a Coote fue particularmente significativa. En lugar del beso de rigor, le tomó las manos y apoyó brevemente su frente contra la de ella.



Este artículo fue publicado el 17/05/2012

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