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Trovatore liceista: segundo elenco de tres

Barcelona, 23/12/2009. Gran Teatre del Liceu. Il Trovatore, Roma, Teatro Apollo, 19 de enero de 1853. Libreto de S. Cammarano con agregados de L. E. Bardare y música de G. Verdi sobre la obra teatral homónima de A. García Gutiérrez. Dirección escénica: Gilbert Deflo. Escenografía y vestuario: William Orlandi. Intérpretes: Anthony Michaels-Moore (Conde de Luna), Alfred Kim (Manrico), Krassimira Stoyanova (Leonora), Irina Mischura (Azucena), Paata Burchuladze (Ferrando), Ana Puche (Inés), Vicenç Esteve Madrid (Ruiz) y otros. Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: José Luis Basso). Director: Marco Armiliato.
imagen Veintidós funciones con tres repartos distintos se dice pronto. Que estén invariablemente llenas (a veces agotadas) demuestra el ‘gancho’ que sigue teniendo esta obra entre el público y cuánto hacía que no se reponía en el Liceu (si uno mira la cronología, como siempre excelente, de Jaume Tribó, se estremece al ver que se dio año tras año desde su estreno en Barcelona y que sólo empezó a faltar -de modo poco evidente primero para precipitarse después- a partir de los primeros años del pasado siglo: las cronologías dicen mucho por sí solas…). Como aquí ya se ha reseñado una de las primeras funciones del primer elenco, aquí va la crónica de la última representación a cargo del segundo (el tercero no he llegado a verlo…) En particular en los dos primeros es evidente que lo de ‘primero’ y ‘segundo’ no tiene diferenciación de ‘nivel’ sino de quienes fueron los encargados de la primera representación. Porque, desde mi punto de vista, este ‘segundo’ elenco resultó mucho más equilibrado y sobre todo más ‘musical’ que el primero.

Incluso la dirección de Armiliato pareció más afinada, menos gruesa que lo que me había resultado el día anterior (aunque no logró evitar el desfallecimiento de algún metal en los primeros compases de la obra).

De la inexistente -y costosa- puesta en escena ya se ha hablado, de modo que no me extenderé sobre ella, y en cambio agregaré que de la coreografía de Berta Vallribera, en su punto ‘culminante’- el estrambótico ballet durante el coro inicial del tercer acto- se oyeron apagadas pero más que justificadas risas.



Kim, Stoyanova y Michaels Moore
© 2009 by Antonio Bofill


La más aplaudida -como en el primer elenco- resultó la soprano. Stoyanova es una cantante muy musical, de voz pura, una verdadera lírica angelical… y ahí está su limitación en este papel. Es cierto que ‘Leonora’ tiene momentos belcantistas y bellos piani, pero también que requiere un centro y un grave que la soprano se esmera en producir (y lo hace por su técnica, pero sin que el resultado sea convincente). Cantó un excelente ‘D’amor sull’ali’ (su mejor momento, ya que en el aria inicial, tras olvidar la letra, intercaló una puntatura extraña y poco oportuna, aunque bien resuelta, para luego arreglarse a su modo en la cabaletta, que no le resultó tan dura como en la que sigue al ‘Miserere’, un fragmento también pesado para sus medios), pero pareció estar escuchando un aria de concierto de Mozart (cuando digo el aria, no me refiero al recitativo precedente ‘Timor di me…’).

Se habla mucho de cuatro (o cinco) grandes cantantes para este título verdiano, pero si no tienen capacidad para decir y matizar, es inútil que tengan magníficas voces. Con lo cual doy por liquidada la estentórea prestación de Burchuladze, que sólo impresiona por su volumen en las frases cortas (aunque en algunos momentos la orquesta cubrió su poderoso instrumento).

En cambio, un maestro del recitativo es Michaels-Moore, cuya voz sonó ligeramente más nasal y velada que otras veces, y con algún problema de fiato durante el aria ‘Il balen’, pero en prácticamente todo el resto -algún agudo del terceto final del primer acto se oyó tenso- su ‘Luna’ me resultó sumamente rico, más incluso que en su personificación de hace años en París (vocalmente quizá superior a esta, pero no en lo escénico y en el fraseo).

Alfred Kim es un tenor con esmalte de tal, y con menos belleza de sonido que su predecesor, matiza más, intenta actuar y si el ‘do’ de ‘Di quella pira’ (no escrito) es más corto y resuelto gracias al trabajo, su ‘Manrico’ es algo más que un clarín (o trompeta) monótonos y no siempre entonados. Parece mentira que tras el magisterio de Bergonzi (que tampoco tenía un ‘do’ fácil en la dichosa cabaletta) nadie intente al menos resolver ‘Ah sí, ben mio’ de una manera más sutil.




Irina Mishura
© 2009 by Antonio Bofill

Mishura es una voz ‘eslava’, angulosa, metálica a veces en el agudo (el personaje le pide dar todo y al máximo para poder responder a sus exigencias: lo hace aunque el sonido no sea particularmente bello ni impactante); pero en cambio, qué intérprete de ‘Azucena’, qué atención a las palabras, qué capacidad (aunque incluso también ella tropieza con la respiración por momentos) para realmente cantar y decir la stretta que concluye el cuadro primero del tercer acto ‘Deh, rallentate o barbari…’. Desde luego no llega a su antecesora, otra Irina (Arkhipova), que de las que he visto en vivo ha sido la mejor de mis ‘Azucenas’ (justamente por la variedad en el acento en vez de insistir en el chorro de voz y en los graves de pecho), pero en un par de ocasiones me la recordó.

Los dos comprimarios principales cumplieron muy bien, en particular el ‘Ruiz’ de Esteve, siempre entusiasta.

El público aplaudió y salió más que contento. Claro, quisiera volver a encontrar yo un autor que en menos de dos meses presentara en el mismo país algo parecido a esta ópera y luego su hermana (no mayor, pero sí más concisa aún y más innovadora), Traviata, siguiendo ambas a corta distancia a Rigoletto. ¿Trilogía popular? A mucha honra. Como para decirle a Verdi esa frase tan típica de su escritura de cualquier época que ‘domina’ el conjunto del final del segundo acto: ‘Sei tu dal ciel disceso o in ciel son io con te’? La pregunta es tan retórica en la obra como en la realidad.


Este artículo fue publicado el 08/01/2010

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