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De Pesaro a Bruselas (I)

Bruselas, 08/11/2005. Teatro de La Monnaie. Il Viaggio a Reims, (Teatro Italiano, París,19 de junio de 1825). Libreto de Luigi Balocchi y música de Gioacchino Rossini. Dirección escénica: Luca Ronconi. Escenografía: Gae Aulenti. Vestuario: Giovanna Buzzi. Intérpretes: Carmela Remigio (Corinna), Daniela Pini (Marchesa Melibea), Désirée Rancatore (Contessa di Folleville), Rena Granieri (Madama Cortese), Riccardo Botta (Il Cavaliere Belfiore), Lawrence Brownlee (Conte Libenskof), Michele Pertusi (Lord Sidney), Giovanni Furlanetto (Don Profondo), Bruno Praticò (Barone Trombonok), Riccardo Novaro (Don Alvaro), Shadi Torbey (Don Prudenzio) y otros. Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Piers Maxim). Director: Rani Calderon
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Pese a la velocidad de las comunicaciones, casi un cuarto de siglo ha tardado la famosa puesta que exhumó este peculiar dramma giocoso en pasar del sur al norte de Europa. A decir verdad, la obra ya había llegado a Bélgica gracias a la atención vigilante de Jean-Louis Grinda en Lieja y con la batuta privilegiada de Alberto Zedda. La versión escénica era modesta, por comparación (no se pueden comparar los presupuestos de los respectivos teatros) y en el reparto había menos nombres brillantes pero sólidos y, naturalmente, un solo elenco (porque no se trataba de once funciones como aquí).

Pero en cualquier caso, bienvenido sea el tardío encuentro porque tiene mucho de lo ‘europeo’ que -con oportunismo por la ocasión de la coronación de un monarca que no dejaría mucha huella, pero con mucha sagacidad y algo de ironía- Rossini plasmó en la obra (que después aprovecharía en parte para Le Comte Ory). Visto lo que cuesta todavía hoy, ciento ochenta años antes es casi milagroso. Como lo es la música y como lo es la puesta, tan innovadora entonces, tan ‘conocida’ hoy (ha pasado por Milán, Viena y Bolonia, y seguro que se me escapa alguna otra ciudad), tan vivaz, burlona y brillante siempre.

La filmación en video de Manuela Crivelli veía al rey y sus cortesanos caminando por las calles de la capital de Europa para terminar corriendo por las escaleras de la misma Monnaie hasta llegar a entrar justo en el momento adecuado en la sala para la apoteosis final. Y el efecto es siempre el mismo.Como lo son los títeres -en este caso el Theater De Spiegel, sensacional- que en ese pequeño ballet de la segunda parte recrean un momento de magia y felicidad puras, que retrotraen a los mejores momentos de la infancia.

Claro que imagino que Ronconi no habría aprobado las morcillas de Praticò, que desde interrumpir el aria de ‘la Folleville’, que llevaba una incrustación anticipativa de la cadenza de la locura de 'Lucia' (otra cosa absurda), para recordar a la intérprete que no estaba cantando Donizetti, hasta insertar a Romano Prodi como tema de canto para ‘Corinna’ al final, hizo lo que quiso con un texto que habló más que recitó o cantó, con otras actitudes de efecto seguro pero muy poco en el nivel del espectáculo. Pero el director de orquesta tampoco intervino para poner las cosas en su sitio. Y debían haberse alternado, pero como en el caso de algún cantante, nunca se supo por qué nos quedamos en uno.

Y no es que yo sea un admirador incondicional de Carlo Rizzi, pero un teatro debería informar el motivo de la ausencia repentina (había figurado aún en el programa hasta poco antes del comienzo de las representaciones) de una figura, sobre todo si tiene la importancia de un cantante principal (ocurrió también con Pini) o de un director de orquesta.

Rani Calderon es un hombre joven y enérgico, pero no sé si es Rossini (o si lo es ahora) su punto más fuerte. Más bien sonaba a Verdi (desde la escena inicial, que más que vivaz y ágil, fue violenta) y no lograba construir el crescendo sino en forma dura y casi cacofónica, como llevaba los dúos en forma metronómica y monótona (en particular el de ‘Corinna’ y ‘Belfiore’), y eso no fue de ayuda a veces para los cantantes: alguno, como Granieri, decidió apelar a sus pulmones para asegurarse de hacerse oir, pero en el camino se perdió la calidad del timbre, apareció el trémolo en la zona centroaguda, las agilidades de su aria fueron confusas y poco precisas. Rancatore salió a exhibir su agudo, que es aún bueno pero empieza a sonar metálico y no siempre bello, pero con un grave pequeño y de poco peso. Los personajes son aquí ‘tipos’ sin mayor psicología, pero la puesta los convierte en arquetipos y cuando uno se sale por peteneras -como fue el citado caso de Praticò y en parte los que acabamos de nombrar- el efecto no es el mismo.

Ejemplo de lo contrario, y por tanto de canto, estilo y actuación dignos del mejor Rossini, fueron Pertusi (con una memorable lección en el aria de ‘Sidney’) y un Furlanetto que parece vuelto a los mejores tiempos en un divertido -pero sobrio- ‘Profondo’ capaz de hacer frente al sillabato de la peligrosa ‘Medaglie incomparabili’ (el mayor aplauso de la velada).

Remigio estuvo cerca, si no tuviera un grave bien proyectado pero no particularmente agradable, y si su actitud no fuera un punto relamida, aunque en ‘Corinna’ esto puede aceptarse: el papel se las trae, y tras una correcta pero no excepcional primera intervención, en las restantes y en particular en la escena final estuvo a la altura del mismo.

Una agradable sorpresa fue la mezzo Pini, de buen volumen y excelente color, aunque tal vez le falte adquirir la seguridad para no forzar inútilmente en algunos momentos y obtener al principio una flexibilidad mayor. Brownlee no tiene la figura para el conde ruso, pero sus medios no son desdeñables, pese a que la respiración no siempre juega en su favor y más de un agudo resulta en exceso abierto. Botta presentaba un buen ‘Belfiore’, muy musical aunque con alguna tensión en el registro agudo.El joven Riccardo Novaro pareció por momentos algo bisoño como ‘Alvaro’ pero tiene innegables dotes y voluntad.

De la serie de comprimarios -todos entre discretos y correctos- destacó Torbey, pero este joven bajo vencedor del tercer premio del Concurso Reine Elisabeth último, si demostró gran simpatía y buen timbre, evidenció una rigidez en el agudo que para mí es una novedad y no de las más gratas. De todos modos, esperemos que esta ‘irrupción’ de Pesaro indique que también Bruselas empieza -con notable retraso- a sensibilizarse a los títulos más raros de Rossini y en general al belcanto italiano: la respuesta del público (la búsqueda afanosa de entradas) debería ser un acicate.



Este artículo fue publicado el 21/11/2005

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