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Un trono cerca del sol

Bruselas, 19/10/2004. Teatro de La Monnaie, Aida, El Cairo, Opera, 24 de diciembre de 1871. Libreto de A. Ghislanzoni y música de G. Verdi. Dirección escénica, escenografía y luces: Robert Wilson. Vestuario: Jacques Reynaud. Coreografía: Makram Hamdam. Intérpretes: Norma Fantini (Aida), Marco Berti (Radamès), Ildiko Komlosi (Amenris), Mark Doss (Amonasro), Orlin Anastassov (Ramfis), Guido Jentjens (Il Re), Michela Remor (Sacerdotessa), André Grégoire (Messaggero). Orquesta y coro de La Monnaie (maestro de coro: Piers Maxim). Director: Kazushi Ono.
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La temporada siguió (en cierto sentido, comenzó de veras) con un título que es, para muchos, sinónimo de “ópera”. Que es una gran ópera no en el sentido del género (al que rinde pleitesía y supera en la escena del triunfo y en algunos otros momentos, pero sin dejar de ser una obra esencialmente original e individual) sino en el de que es, simplemente, una obra inmensa, indestructible, que conserva intacta toda su fuerza y la capacidad de atracción al margen de rutinas, repeticiones y, cada vez más, dificultad para encontrar quien le haga justicia en todos sus aspectos.

Aquí se volvió a proponer en la puesta de Bob Wilson que, tras iniciar su marcha en esta misma sala, siguió su camino por Londres de la mano de quien fue aquí su entonces director musical, Pappano. No me voy a extender en las bondades, que sigo creyendo que mantiene intactas aunque ahora algunos protagonistas hayan agregado más movimientos “convencionales” o más movimiento, simplemente. Sigo sin encontrar particularmente inspirada la escenografía ni los vestidos de sacerdotes o esclavos, pero son puntos menores en una obra hecha sobre todo de luz cambiante que llega a su apogeo en la escena de ‘Amneris’ y del templo de Ftah, sencillamente las mejores que he visto nunca (la del templo esta vez tenía más sugestión y misterio que antes). Y si hay poca dirección de actores por el hieratismo, en apariencia, algún movimiento esencial de brazos sirve muy bien para indicar un estado anímico o un rasgo de carácter (y no siempre son “morcillas” a cargo de los actuales intérpretes que, en esta ocasión, en varios casos repetían).

Donde la cosa fue menos bien es en la dirección: sólo en el preludio, más bien “desestructurado” y con unas cuerdas que muchas veces sonaron luego casi agresivas, se ve que Ono no tiene una pasta enorme de verdiano. Tiene sí oficio, pero unos tiempos tan arbitrariamente rápidos -en las danzas por ejemplo- que lo dejan en la superficie de Verdi (y la muralla sonora del cuadro de ‘Amneris’ o de algún otro momento demuestra que tiene una peculiar concepción del equilibrio con la escena). Pese a eso, la televisión japonesa ha grabado esta vez la función (no así la anterior), que se podrá ver, imagino, aparte de quienes hayan grabado la transmisión directa.

Coro y orquesta funcionaron bien, aunque en el primero se echa algo de menos -por el empaste y el equilibrio entre las distintas voces- la presencia de Balsadonna, pero probablemente sólo se trate de una preferencia o de una cuestión de tiempo. Repetían, como he dicho, algunos. Y como entonces, el mejor rendimiento, la mayor consustanciación con las exigencias verdianas, fueron los de Komlosi en ‘Amneris”: la voz sonó con más volumen pero, también, con algo más de vibrato y su interpretación ha crecido. Se llevó la única ovación a telón abierto de la noche, y fue justicia.

Fantini ha crecido también vocalmente, pero sigue creciendo notas y persistiendo en cantar todo fuerte, hasta el último cuadro en que la voz sale impostada con un color blanco por el esfuerzo de la media voz. Cosa que no intenta siquiera Berti, una voz bellísima y enorme pero que parece decidido simplemente a demostrar la resistencia de sus pulmones y sus cuerdas vocales. En otros momentos se podía aceptar, según las calidades de un artista, una interpretación monocorde y toda músculos de ‘Celeste Aida’, que sin embargo es todo lo contrario, pero para eso el agudo final -los agudos en general- debía ser tan extraordinario como para compensar otras carencias. Aquí, justamente en ese como en otros momentos comprometidos se evidenciaron carencias técnicas y el fácil recurso a dar volumen o gritar sin preocuparse por la expresividad ni por un canto sin esfuerzo. Lo he alabado en otras ocasiones, pero esta parte, así como la canta ahora, no me parece para él o no en esta forma. En cuanto a fraseo, fiato, legato, son todas cosas que parecen pesar poco para Berti.

Doss ha mejorado dentro de lo posible y ahora no es pésimo como antes, sino pasable. Quien no me había entusiasmado mayormente en París como ‘Ferrando’ aquí se convirtió en una revelación en ‘Ramfis’ por volumen, belleza del timbre, prestancia escénica, extensión y seguridad en el canto. Y algo más: por primera vez con Anastassov vi (y oí por momentos, lo que no es poco) a Ramfis cantar en toda la escena del templo y no sólo en el dúo que la cierra. En la misma escena destacó de nuevo Remor, una voz que no se entiende por qué no encuentra más oportunidades.

Y para confirmar que las partes breves de esta obra lo serán, pero no fáciles, corramos un velo sobre el intérprete del ‘Mensajero’. En cambio, Jentjens fue un ‘Rey’ muy satisfactorio, aunque sus medios padezcan por comparación a los de Anastassov. En cualquier caso, la obra pasó como un soplo, demostrando en efecto que, por encima de algún reparo, sigue teniendo su trono “vicino al sol” gracias, sobre todo, a aquel terco agricultor de Sant’Agata que sigue siendo -seguramente a su pesar- una de las glorias de las que Italia -hoy tan necesitada de buena prensa- puede enorgullecerse.



Este artículo fue publicado el 03/11/2004

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Fotografía © 2004 by Johan Jacobs, publicada por cortesía del Teatro La Monnaie de Bruselas

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