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Amar. beber y cantar

Madrid, 14/02/2007. Teatro Real. Sala Gayarre. Solistas de la Orquesta Titular del Teatro Real: Ara Malikian y Jan Poda, violines, Rui Wasada y Hanna Ambros, violas, Rafael Ramos y Josep Gal, violoncellos, Pilar Constancio, flauta, Luis Miguel Méndez, clarinete, Miguel Ángel Ortega, piano. Patricia Barton, harmonium. Obras de Alban Berg, Richard Strauss, y Johann Strauss II en transcripciones de Alban Berg, Anton Webern y Arnold Schoenberg. Ciclo Contextos. Asistencia: 90% del aforo
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El tercero de los conciertos de cámara que el Teatro Real ha organizado en su flamante Sala Gayarre, en el octavo piso del edificio, nos propuso un atractivo programa, con origen en la Segunda Escuela de Viena, abarcando el período de 1913 hasta 1925, y una excursión hasta 1940/41 para la obra de Richard Strauss, más bien post-romántica. Pero nos presentó a Berg, Webern y Schönberg en sus facetas más amables, como para demostrar que fuera de su disciplina innovadora eran también capaces de mostrar un lado que pretendía divertir.

Pero vamos por partes: el concierto se inició con las Cuatro piezas para clarinete y piano op 5, del año 1913, de Alban Berg. Se trata de una obra de juventud -tenía entonces 28 años- y una de las pocas de su escaso repertorio de cámara. Son piezas en general tranquilas -solamente en la última hay un momento de arrebato- pero que pintan varios estados de ánimo, bastante ensimismadas. El lenguaje es cromático y atonal pero a pesar de ello dejan una impresión de sosiego y calma. Otro típico ejemplo del afán de aquella época de querer expresarse de forma resumida y sucinta. La versión fue excelente, con una sonoridad del piano muy adecuada y una técnica del clarinete ajustada a esta música tan sensible. Me gustó particularmente una larga nota sostenida que se va muriendo suavemente hasta lo inaudible, al final de una de las piezas. ¡Impresionante!

Voy a saltarme el próximo número, para referirme al Sexteto para cuerdas, el preludio de la última ópera compuesta por Richard Strauss, a saber Capriccio, en 1940/1. Dos violines, dos violas y dos violoncellos fueron previstos como obertura para esta ópera dentro de una ópera, que es el origen de la novedad formal de esta bella pieza. Cuando seis integrantes de una orquesta se sientan para hacer música de cámara, lo hacen para esa ocasión: no se trata, en consecuencia, de un conjunto estable, y esto se advierte inmediatamente. El brillante sonido del violín de Ara Malikian sobresalió sobre todos los demás, lo que dejó un tanto pálidos los solos a cargo de viola y violoncello. Y todo esto agravado por la acústica tan seca de la sala. (Me pareció que se quitaron unos cortinados detrás del escenario, pero aún así la cuerda no cuenta con suficiente reverberación. Habría que probar colocando al violoncello sobre un pequeño podio, para que a través de la pica se produzcan mayores resonancias). La versión fue, no obstante, muy correcta y evocó adecuadamente el post-romanticismo un tanto trasnochado, pero muy musical, del veterano Richard Strauss.

El resto del programa lo constituyeron tres valses vieneses famosos de Johann Strauss II, en las adaptaciones que en su día hicieron los dos amigos de Schönberg -él mismo también- para la ‘Sociedad para ejecuciones musicales privadas’ qué éste fundó en 1915, sobre todo creada para estrenar las composiciones recientes de música de cámara que, por su naturaleza musical tan revolucionaria, no tendrían cabida en conciertos públicos. Estas adaptaciones prevéen un cuarteto o sexteto de cuerdas, con piano, a veces doblado por un harmonium, o en su defecto, una flauta y un clarinete.

En primer lugar sonó el vals Amar, beber y cantar op 333 (Berg), luego el Vals del Tesoro op 418 (Webern), y para terminar el Vals del Emperador op 437 (Schönberg). Los tres incluyen melodías que uno tararea con placer, melodías muy atractivas que han hecho que el vals vienés sea conocido en el mundo entero. Las versiones fueron muy correctas, sin asumir mayores riesgos en los típicos rubati de fin o principio de frases, a menos que estos fueran restringidos a un o dos instrumentos, solamente. En otras palabras: hubieran hecho falta muchas más horas de ensayo para sacar mayor provecho de los pequeños detalles sabrosos que contienen estas piezas. Debo señalar un detalle: todos sabemos que el vals es ternario, o sea, 1,2,3-1,2,3-etc., etc. Pero el vals vienés tiene la característica que tanto rítmica como dinámicamente lleva un leve acento sobre el ‘2’. Que eso se haga mejor en Viena que en Madrid es normal y lógico: pero no olvidemos que el vals es un tataranieto de la chacona, de origen vasco, o sea, no tan alejado de nosotros. Por ello, en los acompañamientos, el ‘2’ va con mucho arco para abajo, y el ‘3’ con muy poco arco para arriba, volviendo en el aire para atacar el próximo ‘2’. Esto implica además un muy leve rubato, efecto que le confiere tanto charme a esta música. Pues no, y por eso las versiones fueron muy sobrias, limpias pero un tanto anodinas. Ni las libertades que se tomó Schönberg, inventando algunas notas de paso disonantes, hicieron el impacto que él sin duda pretendía. En sus soli Ara Malikian lució su limpia brillantez y su enorme musicalidad, con algún que otro portamento sugestivo, pero esto eclipsó aún más las correctas prestaciones de los demás. Anotar aún que las cuerdas altas -violines y violas- estaban a cargo de músicos extranjeros: nos vamos acostumbrando a este fenómeno que no favorece precisamente al buen nombre de los conservatorios españoles.

De todas maneras, es encomiable el esfuerzo que significa la preparación de un concierto de esta índole por los integrantes de la orquesta del teatro, esfuerzo que se agradece aún más tomando en cuenta la inteligente programación, con obras que normalmente no se escuchan en las salas de concierto.



Este artículo fue publicado el 22/02/2007

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