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Triunfar sin despeinarse (II)

A Coruña, 05/10/2012. Palacio de la Ópera. Gala Lírica. Arias, oberturas y música de ballet de Mozart, Donizetti, Rossini, Glinka, Saint-Saëns, Chaicovsqui y Gounod. Elina Garanca, mezzosoprano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Karel Mark Chichon, director musical. LX Festival de Ópera de A Coruña. Ocupación: 90%
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Regresó por tercera vez en poco más de dos años la mezzosoprano letona Elina Garanca -definitivamente convertida en una de las más rutilantes estrellas del panorama operístico actual-, esta vez para clausurar la LX edición del Festival de Ópera de A Coruña con una gala lírica consistente en algunas de las arias que contiene su último trabajo discográfico, Romantique, salpicadas con algunas de sus más célebres creaciones mozartianas. De acuerdo al formato clásico de cualquier gala lírica al uso, el programa se completó con diversas oberturas y otras páginas orquestales.

A Elina Garanca la he escuchado repetidas veces, en todo tipo de teatros y en todo tipo de formatos -ópera completa, recitales con orquesta, recitales con piano…-. Una de las mejores artistas de su cuerda en la actualidad, indudablemente; pero, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que ocasionalmente la diva tiende a relajarse cuando torea en plazas de segunda categoría. Me ocurrió algo semejante con ella en el recital que le escuché hace año y medio en Santiago de Compostela [leer reseña] y, hasta cierto punto, ha vuelto a ocurrirme esta noche. Es por ello que ambas críticas llevan el mismo titular.

No cabe duda de que es una buena cantante para un repertorio muy concreto -clasicismo y algunos papeles de belcanto temprano-. En el haber, la voz es hermosa, carnosa y bien timbrada, con una facilidad inusitada en el registro agudo, que suena seguro y poderoso. También la emisión es nítida y bien organizada, y el volumen y la proyección superan con creces a las de varias colegas de cuerda. En el debe, la voz es claramente de típica mezzo acuto, con todo lo que esto conlleva: los graves son bastante escasos, por volumen y apoyo. Esto podría no ser un defecto especialmente reseñable si Garanca se moviese en un repertorio de mezzo acuto, pero en este concierto -y en la mayoría del repertorio de su nuevo disco Romantique-, comienza a coquetear -antes de tiempo…- con el repertorio de mezzosoprano dramática, con lo que la falta de grave se hace especialmente patente. Además, la expresividad de Garanca tiende a la monotonía y a la frialdad, con lo que la facultad de comunicar emociones al oyente se reduce considerablemente. Es una cantante de temperamento frío por naturaleza, con todo lo que ello conlleva: hay poca diferenciación dramática entre unas arias y otras.

Habiendo valorado todo esto, he de decir que el programa seleccionado para esta noche me pareció no solo excesivamente breve -en programa solo figuraban siete arias, algunas de ellas muy breves y el total cantado, incluyendo los bises, apenas supera los 50 minutos-, y no siempre el más adecuado para su tipología vocal. Así, lo mejor del concierto fueron de largo sus tres arias de Mozart -las dos de Cherubino en Le Nozze di Figaro y el 'Parto, parto' de Sesto en La Clemenza di Tito-, en las que la voz se mueve con comodidad, y la cantante encuentra una afinidad que le permite lucir sus cualidades, por color, timbre y extensión. Encontró su mejor momento de la noche en el aria de Sesto -que siempre ha sido uno de sus roles de cabecera-, a pesar de una notoria falta de entendimiento con el clarinetista encargado del solo obbligato.

De las piezas seleccionadas de entre las que conforman su último trabajo discográfico -todas ellas pensadas para una mezzosoprano más o menos dramática-, solo consigue convencer plenamente en el 'Mon coeur s’ouvre á ta voix', de Samson et Dalila, en cuya tesitura se encuentra muy cómoda; y en la que la belleza de la voz puede lucirse sin problemas. Para el resto del repertorio escogido -Donizetti, Chaicovsqui, Gounod- falta una mayor rotundidad en el grave, sin la cual no se le puede hacer a estas páginas toda la justicia que se debería. Como mínimo, podríamos decir sin temor a equivocarnos que es demasiado pronto para que Garanca se embarque en este repertorio; y aun así no se puede garantizar que algún día llegue a ser la dramática que requieren estas páginas. Puede sacar con relativa comodidad la larga escena de La Favorite -aun con la cabaletta inexplicablemente reducida a una única vuelta, cuando podría y debería lucirse con variaciones en la repetición en el agudo-, pero ese debería ser su límite ahora mismo.

Parte de lo mejor del concierto llegó en los bises, que por cierto fueron prácticamente los mismos que en su recital de Santiago del año pasado. Las 'Carceleras' de Las Hijas de Zebedeo de Chapí las tiene bien asimiladas por dicción -casi perfecta- y temperamento, y la tesitura le permite moverse con comodidad; además, el larguísimo trino final es un golpe de efecto indiscutible solo a la altura de grandes cantantes. El público, bastante frío hasta ese momento, comenzó entonces a encenderse. Siguió Granada -una versión sin nada especial, en la que incluso invitó a cantar al público uno de los versos-, y la temperatura se continuó caldeando. Pero lo más curioso estaba aun por venir: Garanca cerró su recital con Vai lavar a cara, una canción gallega tradicional que ya había versionado Rossy de Palma unos años atrás dentro de una función de La Fille du Régiment. El público en pie y en delirio. Qué quieren que les diga. Por supuesto que no tengo nada en contra de que una cantante extranjera quiera agasajar al público con algo de la tierra, pero creo que la elección de la pieza fue bastante desafortunada: puestos a buscar algo autóctono, quizás habría dado más juego una canción de Castro Chané, Xoan Montes o Andrés Gaos, por poner algunos ejemplos, antes que esta, de escaso lucimiento e interés musical. Así y todo, no se puede negar que le sirvió para meterse al público en el bolsillo y certificar un triunfo que solo unos minutos antes -durante la interpretación de las obras en programa- era difícil de pronosticar.

La Sinfónica de Galicia -notablemente mermada de primeros atriles- se comportó como la formación dúctil que acostumbra a ser bajo la irregular batuta de Karel Mark Chichon, un director que sabe acompañar adecuadamente a la cantante, pero que naufraga en las páginas orquestales -que en esta gala fueron muchas y de relativa complejidad sinfónica-, al buscar un exceso de decibelios bastante efectista, que acaba por perjudicar a la distribución de los planos sonoros: en la obertura de Guillaume Tell, por citar un ejemplo claro, mientras la sección de percusión quedaba en primer plano, otras secciones desaparecían del conjunto. Y no fue la única pieza en la que sucedió algo semejante.

A pesar del éxito de público innegable -sobre todo, como digo, a raíz de los bises-, la sensación final fue, bajo mi punto de vista, algo agridulce: se nota que la cantante tiene un material vocal envidiable, pero debería cuidar más el repertorio que escoge para lucirse como debe… y tampoco estaría de más aumentar un poco su grado de implicación ante este tipo de actuaciones en plazas digamos “menores”, a la hora de confeccionar los programas.



Este artículo fue publicado el 02/11/2012

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Referencias:


Elina Garanca Chichon