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Valencia, 10/11/2009. Palau de la Música, Sala Iturbi. Sophie Karthäuser, soprano. James Gilchrist, tenor. Matthew Brook, bajo. Orchestre Révolutionnaire et Romantique. Sir John Eliot Gardiner, director. Franz Joseph Haydn, Die Jahreszeiten, Hob. XXI: 3 Ocupación: 95 %
imagen Tras las exitosas y provechosas estancias de Haydn en Londres, el empresario Johann Peter Salomon pensó que éste podía ser el compositor que de nuevo pusiera en valor el oratorio. Un género, casi en propiedad de Handel hasta entonces y asociado a la idiosincrasia británica, que había perdido vigencia en los últimos años del siglo XVIII, aunque resurgió a raíz de la conmemoración del centenario del nacimiento del de Halle (1685). Con ello Salomon podría llevar al de Rohrau a la capital británica por tercera vez. Finalmente, el más que sexagenario Haydn no haría el viaje y La Creación y Las Estaciones triunfarían en Viena.

Las Estaciones
parte del naturalismo ilustrado y de la tradición del género pastoral del siglo XVIII, ese Le portrait de la nature de Justin Heinrich Knecht (1752-1817) que se puede seguir en Beethoven, y supone, al igual que La Creación, una emulación del sentir británico por el austríaco, en un momento en el cual la Revolución francesa y las guerras napoleónicas sirven de acicate para el sentimiento patriótico en toda Europa (un género del momento son las “sinfonías revolucionarias” de las cuales bebe la “Heroica” del de Bonn). Este oratorio se estrenó en 1801, en pleno periodo denominado como la Segunda Coalición (1798-1803) que unía a la mayor parte de potencias europeas contra Francia. A ello hay que añadir la religiosidad del católico y ya enfermo Haydn y cierto aire de despedida y memoria autobiográfica: ‘¡Erblicke hier, bertörter Mensch, Erblick deines Lebens Bild!’

La delicada salud del compositor y las exigencias del libretista, el Barón van Swieten, hicieron que en su última colaboración tuvieran ciertas desavenencias, aunque no llegaron a enturbiar la sólida unidad entre texto y música, comprendida y asimilada absolutamente por Sir John Eliot Gardiner, en una lectura fresca, sutil y llena de buen humor. Una interpretación que ha superado en delicadeza, interés por el detalle y teatralidad, a la versión registrada por Archiv a principios de los noventa con The English Baroque Soloist, Barbara Boney, A. Rolfe Johnson y Andreas Schdmidt. Ahora Las Estaciones ha madurado, le suena como con más peso, con solera, y sobre todo con más sabiduría; sigue respetando y extremando los matices como entonces, exquisitos los pianissimi.

Acostumbrado a ver al Gardiner de casaca aterciopelada, pie llano y manos desnudas, el de esmoquin, tarima, aunque mínima, y batuta -a veces le queda extraña e incluso parece que le estorba-, resulta llamativo y de imponente figura. Como imponente es el despliegue de su brazo izquierdo cada vez que dibuja y exige el fraseo. Para los momentos de precisión rítmica, la batuta: bien marcando los tiempos, bien el compás para facilitar el canto de los músicos.

En ningún momento se deja llevar por lo que de trascendental tiene la obra y plasma una lectura ágil, dramáticamente extremada y sobre todo muy divertida, sin dejar por ello de ser serio cuando corresponde. Las oberturas rozaron un sinfonismo romántico -el cambio de instrumento lo evidencia, la Orchestre Révolutionnaire et Romantique, penúltima creación de la factoría historicista de Gardiner (la última es el sello Soli Deo Gloria), por The English Baroque Soloist. En la misma línea estuvieron las liederisticas arias de Lucas, ‘Hier steht der Wand’rer nun’, y de Hanne, ‘Drille, Rädchen, lang und fein’ anuncio de Gretchen am Spinrade de Schubert.

Gardiner también aclara lo que de clásica tiene la obra: además de las coincidencias tonales y de desarrolo armónico con La Creación, la autocita del tema del ‘Andante’ de la Sinfonía nº 94 en sol mayor ’La Sorpresa’ en la primera aria de Simón, ‘Schon eilet froh der Ackersmann’, y el gracioso duo de amor entre Lucas y Hanna que tanto debe a Papageno y Papagena y al singspiel. En la fuga de la rogativa de la Primavera se asoma el Requiem de Mozart, en la última aria de Simón se cuela el segundo tema del ‘Andante’ de su Sinfonía nº 40 en sol menor, y el final recibe un tratamiento coral y temático semejante al de Die Zauberflöte, citas, sobre todo esta última, de cortesía entre hermanos masones.

En la cuenta handeliana y barroca hay que anotar el desarrollo contrapuntístico y las fugas que aparecen por doquier -siempre diáfanas en esta versión-, la multitud de efectos sonoros que pueblan toda la partitura -¡qué buen humor el de los fagotistas del conjunto!- y el tratamiento estereofónico del coro -brillante, siempre preciso y claro, inmerso en la acción y gran protagonista de la noche-, y en algunos momentos de los metales -dieron solemnidad al coro final tocándolo de pie a ambos lados del escenario. El bajo continuo, siempre discreto y efectivo.

Los solistas lograron una interpretación de gran altura, todos ellos con gran dominio técnico de un instrumento que les permite alardear de control en la dinámica y facilidad en los cambios de color y registro dramático: Sophie Karthäuser, de expresión delicada y timbre cristalino, muy divertida en la canción del caballero ‘Ein Mädchen, da sauf Ehre hielt’; James Glichrist, de sonoridad pastosa, registro homogéneo y bonitos pianos emitidos desde el aliento con gran claridad en la articulación y Matthew Brook que bordó el declinar del año y de la vida, llevó su amplio sonido a lo más profundo del registro en ‘Nun senket sich’ con mucha calidad y emocinó en la última aria ‘¡Erblicke hier, bertörter Mensch, Erblick deines Lebens Bild!’. No obstante se podría mejorar el balance de alguno de los tríos.

Al fino humor y el detalle sutil de los intérpretes cabe añadir por último, la excelencia de escenas como la cinegética o el canto a Baco. En más de un momento dieron ganas de jalearlos y participar de la alegre algarabía, espontaneidad a la que dio pie, sobre todo, la vívida interpretación del coro. La danza de la escena báquica fue trepidante y efectista, realmente parecieron sonar los pífanos, zanfoñas y cornamusas que se enumeran en el texto.

El entusiasmo general era manifiesto al final de la sesión en la que se evidenció, si comparamos esta versión con la de hace casi veinte años, el devenir ecléctico de un estilo interpretativo que se presumía auténtico. En definitiva, un refinado concierto del que hubiera gozado el propio Haydn, tan amante de vigilar las ejecuciones de sus obras.


Este artículo fue publicado el 18/11/2009

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