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Aida hace aguas en La Scala

Milán, 10/03/2012. Teatro alla Scala. Aida, ópera en cuatro actos con música de Giuseppe Verdi y libreto en italiano de Antonio Ghislanzoni, basado en la versión francesa de Camille du Locle de la historia propuesta por el egiptólogo francés Auguste Mariette. Aida fue estrenada en el Teatro de Ópera del Jedive en El Cairo el 24 de diciembre de 1871, dirigida por Giovanni Bottesini. Producción del Teatro alla Scala de 1963. Franco Zeffirelli, director de escena; Lila De Nobili, decorados y vestuario; Vladimir Vasiliev, coreografía; Marco Filibeck, iluminación. Reparto: Robert Tagliavini (Il Re), Luciana D’Intino (Amneris), Oksana Dyka (Aida), Stuart Neill (Radames), Giacomo Prestia (Ramfis), Ambrosio Maestri (Amonasro), Enzo Peroni (Messaggero), Pretty Yende (Sacerdotessa), Deborah Gismondi (Akhmet), Beatrice Carbone y Andrea Volpintesta (Coppia di selvaggi). Coro y Orquestra del Teatro alla Scala. Omer Meir Wellber, director musical. Temporada 2011-2012. Ocupación: 90%
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Los viejos maestros dicen eso de "La Scala ya no es lo que era", un suerte de Ubi sunt al que el hombre parece estar abocado en las últimas etapas de su vida. Un tópico que las nuevas generaciones vemos con resignación y poco credo pero que nos hacen soñar en épocas en las que todo parecía más bello y nos hubiese gustado vivir.

Pero lejos de visiones melancólicas y recursos literarios, la realidad es que mi último paso por La Scala fue un compendio de irregularidades y catástrofes musicales teñidas de mal gusto y, lo que es peor, decadencia.

Al principio todo pintaba muy bien, pues el Teatro repuso la legendaria producción de Aida firmada por Franco Zeffirelli allá por el 63: un señor montaje. Por su parte, el reparto vocal tenía buena pinta, con caras nuevas, como la joven Oksana Dyka en el papel de Aida, la gran Luciana D'intino en el papel de Amneris o el americano Stuart Neill como Radamès. Al frente de la Orquesta del Teatro alla Scala estuvo Omer Meir Wellber, pupilo de Lorin Maazel y actual titular del Palau de les Arts de Valencia, al que hacía tiempo que quería escuchar en directo y fue el artífice de la gran hecatombe de la velada.

El israelí demostró poseer muy poca mano con el repertorio verdiano, optando por unos tempos inconexos y desproporcionados que debilitaron en gran número de pasajes el lucimiento del coro y aplastaron algunas de las líneas más notables de la partitura. De hecho, pese a tratarse de la última función, la sensación fue la que se experimenta en un primer ensayo, cuando todavía los músicos no saben muy bien por dónde quiere tirar el director y se arma un, con perdón, “batiburrillo” de cantantes, coro y orquesta. Ante tal desastre, como era de esperar, el exigente público del teatro recompensó la dirección con algún que otro abucheo, tanto al final como en los entreactos. Afortunadamente, en el pasaje orquestal más popular de la ópera, las danzas, los bailarines de la compañía de la Scala efectuaron con originalidad su intervención, disimulando la obtusa batuta de Weber.

Quien tampoco fue muy bien acogida es Oksana Dyka que, al igual que el resto del reparto, empezó muy desatinada y no calentó motores hasta bien entrado el segundo acto. No hay duda de que, si bien su línea melódica es bella y expresiva, Dyka carece del temperamento que requiere una verdiana de las características de Aida. Paralelamente, la D'Intino, sorprendentemente débil e inexistente al inicio, resultó ser una solvente Amneris de potentes graves, sólidos agudos y fabuloso sentido interpretativo. No podemos decir lo mismo de Stuart Neill, cuya desafortunada función, tanto musical como interpretativamente hablando (en este último aspecto hasta extremos lamentables), frustró tanto a los presentes que ni su Celeste Aida levantó un solo aplauso.

Por el contrario, el bajo italiano Giacomo Prestia, reputado Ramfis, fue la estrella de la velada, abordando el rol con amplio conocimiento y de una forma natural y lúcida, al igual que el barítono Ambrogio Maestri, un gran Amonasro.

Por lo que respecta al mágico y, todavía hoy, efectivo montaje de Zeffirelli, reflejo de una etapa de luz y eclosión operística, no hizo más que reafirmar lo que esos viejos pero sabios maestros rezan hoy a las nuevas generaciones: "La Scala ya no es lo que era”.



Este artículo fue publicado el 20/04/2012

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