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Bayreuth en el Liceu (I): Der Fliegende Holländer

Barcelona, 04/09/2012. Gran Teatre del Liceu. Die Fliegende Holländer, ópera romántica en tres actos, con música y libreto de Richard Wagner. Estrenada en el Teatro de la Corte de Dresde el 2 de Enero de 1843. Intérpretes: Samuel Youn (El Holandés); Riccarda Merbeth (Senta); Franz-Josef Selig (Daland); Michael Köning (Erik); Benjamin Bruns (El Timonel de Daland); Christa Mayer (Mary). Orquesta y Coro del Festival de Bayreuth. Sebastian Weigle, dirección musical. Ocupación: 80%
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Precedida de una importante y lógica expectación, y no sin cierta polémica llegó la gira que suponía la segunda estancia del Festival de Bayreuth en el Gran Teatre del Liceu -habían visitado el coliseo catalán anteriormente en 1955, para representar varios títulos-, ahora para celebrar el bicentenario wagneriano. En esta ocasión, la visita incluyó cinco funciones de tres de los títulos ofrecidos en la última edición del Festival, esta vez en versión concertante: Der Fliegende Holländer, Lohengrin y Tristan und Isolde. Una visita que, como digo, no estuvo falta de polémica: por los elevadísimos precios de las entradas, y por los costes de la visita en sí misma, solo unos días después de una serie de despidos en la orquesta estable de la orquesta del teatro catalán; y después de haber tenido que cancelar fulminantemente parte de la pasada temporada por los recortes económicos… En cualquier caso, y a pesar de todo, no se puede negar que esta gira suponía uno de los acontecimientos operísticos del año en España.

Quien esto suscribe presenció las segundas funciones de Der Fliegende Holländer (4/9) y Lohengrin (5/9), y la sesión única dedicada a Tristan und Isolde (6/9). Corresponde esta reseña a la primera de las óperas mencionadas.

El elenco de la nueva producción de Der Fliegende Holländer llegó al Liceu casi idéntico al que se escuchó este verano en el festival alemán, con las únicas excepciones de la soprano -aquí sustituida por la intérprete que se encargará del rol de Senta en la edición del próximo año- y el director musical: Christian Thielemann -lógicamente la ausencia más importante de esta gira- cedió el podio a un viejo conocido del público liceísta, el maestro Sebastian Weigle, en un título que -como el Lohengrin que dirigió al día siguiente- ya había dirigido anteriormente en este teatro.

En el elenco vocal, había cierta curiosidad por escuchar el Holandés de Samuel Youn, elevado in extremis por el Festival al rol titular de esta ópera tras el polémico y fulminante despido de Eugeni Nikitin, ya comentado en estas páginas. Lo cierto es que Youn demostró ser más que un mero sustituto, un cantante apto y con el papel bien interiorizado. A pesar de su voz poderosa y bastante bien timbrada, sin problemas para pasar la orquesta; no se puede negar que sufrió en ambos extremos de la tesitura -rascando ocasionalmente- en este papel de escritura bastante anfibia. Sin embargo, supo suplir esta carencia con un canto muy expresivo, enfatizando el conflicto dramático del personaje -sin duda esta fue la mayor virtud de su gran monólogo inicial, “Die Frist ist um”, que vocalmente le queda algo grande-; y destacó más en los momentos más líricos, como su dúo con Senta del segundo acto. En cualquier caso, es un intérprete que puede cantar la parte con garantías, en un momento en el que pocas alternativas se encuentran -tal vez excepción hecha de Bryn Terfel-, y como tal hay que tenerle en cuenta.

La soprano Riccarda Merbeth (Senta) era una novedad, puesto que se incorporará a esta producción en el Festival de Bayreuth 2013: es una buena cantante, de voz luminosa y bien emitida, y fraseo variado, con la debida intención dramática. Así y todo, puede que su voz eminentemente lírica no sea la más adecuada para hacer justicia a este rol, que se mueve frecuentemente en la zona de paso, y parece pedir -al menos en ocasiones puntuales pero importantes- un instrumento algo más dramático. En su balada, por ejemplo, tuvo que forzar la emisión -aún sabiendo disimularlo de forma bastante inteligente- para alcanzar los agudos, no siempre todo lo afinados que sería deseable; y, como le sucedía a su compañero, canta más cómodamente -y saca mayor partido a su instrumento- en los momentos más líricos de la parte. Es de suponer que esta cantante, de indudable interés e inteligencia vocal, dará más juego en roles más adecuados a su vocalidad natural -pienso en la Elsa de Lohengrin, donde puede estar soberbia…-.

El mejor cantante del reparto fue el bajo Franz-Josef Selig como Daland. Es un intérprete al que vengo escuchando con cierta asiduidad en los últimos diez años, en los repertorios más diversos, y nunca defrauda. Posee un instrumento poderosísimo, de verdadero bajo por color y extensión -cosa cada vez más infrecuente en estos tiempos-, y homogéneo en toda la tesitura. Además, por su fraseo y sus maneras escénicas, parece haber querido caracterizar a Daland -bastante acertadamente, si tenemos en cuenta que su mayor preocupación es casar a su hija con el Holandés para hacerse rico…- como un tipo del que hacer sorna, pariente directo de otros grandes personajes del futuro en la línea, como podría ser por ejemplo el Barón Ochs en el Der Rosenkavalier straussiano. Es un enfoque bien interesante, puesto que no solo casa con el personaje; sino que además ayuda a suavizar el conflicto principal existente entre Senta, el Holandés y Erik. Su actuación vocal, como digo, fue impecable.

Más problemático el Erik de Michael Köning, que posee un instrumento que no tiene especial belleza tímbrica y es más bien leñoso, con una envergadura que difícilmente le permite hacer justicia a las bellas frases líricas que Wagner encomendó a este personaje. Esta falta de lirismo se hizo aún más patente si cabe cantando al lado de una Senta tan eminentemente lírica como la de Merbeth. Además, la emisión es bastante irregular -tiende a nasalizar el sonido-, y el fraseo resulta monótono y carente de la sensibilidad necesaria para esta parte. No tuvo problemas para pasar la orquesta, pero el personaje no parece ir en la línea de este tipo de voz.

Cumplieron sobradamente tanto el inspirado Timonel de Benjamin Bruns -que sacó mucho partido a su canción inicial, con una hermosa voz de tenor lírico-ligero, muy bien emitida y de proyección notable, que podría dar mucho juego en repertorio mozartiano- como la sonora Mary de Christa Mayer -que interesó sobremanera, cantando sus breves frases con una voz rotunda, timbrada y limpiamente emitida, que sería interesante oír en cometidos de mayor envergadura que este-.

Hablar de la excelencia de los conjuntos estables de Bayreuth resulta casi innecesario por lo evidente: el empaste y la afinación en todas las secciones de la orquesta es absoluto -impecables ataques de los metales por ejemplo-; y lo mejor de la función a nivel global vino en la extensa escena inicial del tercer acto, con los marineros de Daland intentando entablar conversación con los del Buque Fantasma. Aquí, el sector masculino del coro realizó un trabajo impecable, realzado por una orquesta que apareció dúctil y entregada. También el coro femenino supo destacar notablemente en la escena de las hilanderas al comienzo del segundo acto.

Con estos mimbres, se echó de menos a Christian Thielemann -que obtuvo un importante triunfo en Bayreuth con esta ópera-, sobre todo porque Sebastian Weigle ofreció una lectura de la obra en general segura y ordenada; pero también rutinaria, carente de fantasía, y exenta de todo el pulso dramático como sería deseable. Una lectura así habría sido acertada y encomiable si la orquesta fuese la del Liceu -con unas limitaciones que no viene al caso detallar aquí-; pero contando con una orquesta pluscuamperfecta, no se entiende por qué el maestro no se dejó llevar un paso más allá, para subrayar los momentos más dramáticos. Así, el mar bravo y envuelto en desaforadas tempestades que se trasladan a los estados anímicos de los personajes sonó más bien como un mar en calma: fragmentos como la obertura, el monólogo del Holandés, o la balada de Senta debieron sonar mucho más agresivos, con la tensión dramática más marcada; y la lectura de Weigle pareció empezar verdadero pulso tan solo a partir del tercer acto, con el coro de los marineros, como si quisiera resaltar más especialmente los aspectos positivos de esta obra, que aquellos más oscuros. Es una lectura posible, pero personalmente hubiera preferido un aumento de la tensión dramática, más aún cuando la orquesta demostró sobradamente que está dispuesta a responder a lo que se le pida sin titubear.

La función se cerró con inmediatas ovaciones en pie para todos: orquesta y coros celebrados con toda justicia; Weigle aplaudido con mucho cariño por un público que se nota que le quiere -no en vano, ha hecho muchas cosas interesantes con una orquesta más bien limitada como es la del Gran Teatre del Liceu-, y los solistas ovacionados, bajo mi punto de vista un poco desmesuradamente. Pero el ambiente en el teatro fue de verdadera fiesta, para una función que fue de menos a más, sostenida básicamente por los soberbios cuerpos estables de Bayreuth, y que seguramente habría ganado enteros de haber contado con una batuta menos rutinaria y más inspirada.



Este artículo fue publicado el 18/09/2012

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Comentarios:


gramatica 18/09/2012 23:06:15
ay, esos puntos y comas y comas mal usados....

inocente 18/09/2012 20:42:25
Ah, pero entonces ¿la música existe de forma independiente de la política en Cataluña? Aquí se ha hablado de música, desde una perspectiva moral y política, pero de música y nada más.

MAG 18/09/2012 20:31:00
..esto no es una pàgina de música clasica?? Para política vayan a los foros, un poco de seriedad por favor.

AntiCrisis 18/09/2012 16:30:53
Es sencillamente vergonzoso que un teatro como el Liceu haya pagado lo que ha pagado por estos cinco bolos [que además ni siquiera estaban llenos, y hubo que regalar entradas a puñados], mientras no puede mantener ni su temporada, ni a su orquesta ni a parte de su personal. Además, supomgo que el hecho de no llenar el teatro habrá supuesto [más] pérdidas. Telita.

tres por ciento 18/09/2012 12:56:09
La corrupción invade todas las esferas en Cataluña, incluida la musical. A parte del escandalazo de CiU en el Palau de la Música, un alto cargo del Auditori tuvo que abandonar su puesto por prácticas muy feas e incompatibles con la vida pública. Sin hablar del propio Liceo, que consagra a los idiotas que lo han llevado al borde del colapso, Marco que sabe de gestionar lo que Esperanza Aguirre de sutileza y Matabosch, cuya programación infumable echa al público para atrás. Tengo un ansia infinita de que Cataluña obtenga la independencia y experimente por primera vez en su historia lo que es ser un estado independiente, y luego se hunda en la mierda de su política y deuda. Cuando el Liceo quede reducido a programar galas de Massiel en un desesperado intento de hacerle la competencia a los shows de Sabina y Serrat en Eurovegas, en el resto de España no caerá ni una sola lágrima. Las cosas habrán vuelto a su sitio.


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