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Dos poemas de Scriabin enmarcando los conciertos de Liszt

Buenos Aires, 30/10/2007. Teatro Gran Rex. Muza Rubackyte, piano. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Stefan Lano. Programa: Alexander Scriabin, Poema del Éxtasis, op. 54. Ferenc Liszt, Conciertos para piano y orquesta Nº 1 en Mi Bemol Mayor y Nº 2 en La Mayor. Alexander Scriabin, Prometeo - Poema del Fuego, opus 60. 14º y último concierto del Ciclo de Abono 2007
imagen Otra de la "víctimas" del cierre por este año del Colón -cierre que ya se sabe con certeza se prolongará al menos algunos meses más allá de la fecha original (mayo de 2008) establecida para su reapertura- es la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, que pertenece al Teatro y que allí desarrolla(ba) sus actividades.

Durante 2007 ha estado alternando presentaciones en el Teatro General San Martin, donde hizo un ciclo de invierno; el Teatro Coliseo, en el que hará el de primavera, a iniciarse en breve y el Gran Rex, un enorme teatro (con un aforo de 3267 localidades) que tiempo atrás había sido cine y que cuenta con un escenario amplio, que permite ubicar sin problemas una orquesta muy nutrida, donde se ha llevado a cabo el grueso de la temporada. Eso sí, la acústica del Gran Rex es bastante problemática, por lo que los conciertos se hacen con una moderada amplificación.

Amplificación que, por lo escuchado en este concierto -el único del año al que asistí, ya que me resistía un poco a la idea de oir a esta orquesta fuera de su ámbito natural y no en condiciones óptimas de audición- es adecuada y no intrusiva. Hubo algún pequeño problema, como que el piano solista, en la primera obra, sonara algo opaco y falto de armónicos, cosa que se subsanó para su segunda intervención, o que hacia el final de la página conclusiva se pudiera detectar una cierta saturación orquestal, pero en líneas generales funcionó bien.



Orquesta Filarmónica de Buenos Aires
Fotografía © 2007 by Arnaldo Colombaroli
Cortesía del Teatro Colón


Abriendo la velada, se asistió a una interesante lectura del bello y voluptuoso Poema del Éxtasis, una de las partituras más características del Scriabin maduro, en la que Lano consiguió ir acumulando tensión con ese constante encadenamiento de acordes irresolutos que le confieren a la obra un carácter tan peculiar, hasta culminar en un final que tuvo la necesaria cuota de intensidad y contundencia. Una versión lograda, con adecuada transparencia, buen balance dinámico y una amplia paleta colorística, pero que no pudo hacerme olvidar una interpretación antológica que tuve el placer de escuchar en el Auditorio Nacional de Madrid, a cargo de Esa-Pekka Salonen con la Philharmonia de Londres.

La OFBA (sigla con la que es usual nombrar aquí a esta orquesta) hizo un trabajo correcto y por momentos hasta brillante, con buen sonido, potencia y empaste. Digna de elogio la tarea del solista de trompeta, Fernando Ciancio, por cierto bien laboriosa y expuesta.

La pianista lituana Muza Rubacyte impresionó favorablemente. Abordó con excelentes medios técnicos los dos exigentes Conciertos de Liszt (uno al final de la primera parte, el otro al inicio de la segunda), con tiempos sumamente vivaces aunque nunca exagerados, en los que además de lucir sus recursos mostró una adecuada musicalidad. Una pulsación segura, firme y poderosa se unió a una digitación muy límpida, que le permitió hacer oír con gran claridad los numerosos pasajes repletos de notas rapidísimas, tan caros a la escritura del compositor húngaro, a la vez que supo conferir a ambas páginas su carácter brillante y más bien rapsódico. Muy correcto el apoyo orquestal, con buenos solos en ambas partituras -clarinete y violoncello en particular- y muy elogiable el ajuste obtenido, cosa que hay que agradecer por partes iguales a Lano y a la pianista, que parecen entenderse de maravillas.

Al término de ambos conciertos la solista concedió propinas. Tras el primero, ejecutó con buen gusto y atinado enfoque la Danza de la moza donosa de Ginastera. Después del segundo y luego de que alguien restituyese al piano su atril con una partitura ya colocada en él, se ubicó en la parte derecha de la banqueta, con Stefan Lano a su lado, para brindar juntos, en un actitud tan curiosa como insólita, las dos primeras Danzas húngaras de Johannes Brahms, con gran empleo del rubato, adecuado vuelo y sorprendente coordinación. Eso sí, contra toda lógica, una llamativa y muy notoria "pifia" así como ciertos pasajes mal resueltos aparecieron por el lado de la pianista y no en el de su improvisado acompañante.

Parece que parte del público asistente consideró que la página conclusiva no le interesaba en absoluto, porque al término de estas propinas emigraron en buena cantidad, dejando a la sala con sensibles claros.
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Tanto por su ejecución como por su interpretación, la obra que cerraba este programa y a la vez el Ciclo de Abono, el Poema del Fuego, también conocido bajo el nombre de Prometeo -una partitura bastante más elusiva y críptica en su lenguaje, lleno de connotaciones esotéricas, típica del último Scriabin- me pareció algo menos atractiva. La sonoridad general del conjunto no resultó tan convincente, fue más turbia y con escasa definición de planos, mientras algún elemento, como el órgano, pasó completamente desapercibido en el aspecto auditivo. Por contra, hubo una buena concepción general por parte de Lano y la partitura se expuso con intensidad expresiva.
 
El piano, que tiene una parte substancial del discurso (a cargo de Irene Amerio, cuyo nombre no figuraba para nada en el programa de mano, un hecho ciertamente absurdo e incomprensible) se escuchó con menos presencia de la deseable, quizás provocada por la ya mencionada amplificación o por el hecho de haberlo retirado de la parte frontal del escenario. De cualquier manera, la tarea de la artista invitada resultó sólida y confiable, aunque cabe preguntarse porqué esa parte se le encargó a ella, cuando la orquesta cuenta en su plantel con un pianista estable, que entiendo es quien debería asumir estas responsabilidades.


Este artículo fue publicado el 06/11/2007

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