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Demasiada orquesta para Brünnhilde

Madrid, 14/04/2012. Auditorio Nacional. Iréne Theorin, soprano. Gustav Mahler Jugendorchester. David Afkham, director. Richard Wagner: Escena final de El ocaso de los dioses: La inmolación de Brünnhilde. Dimitri Shostacovich: Sinfonía nº7 en Do mayor, Op.60, “Leningrado”. Ocupación: 95%. Ciclo Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica.
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Uno pierde la noción del equilibrio sonoro cuando se sienta frente a una orquesta como la Gustav Mahler Jugendorchester. Mi impresión fue que Iréne Theorin tenía una voz lo suficientemente grande para sacar adelante óptimamente la Inmolación de Brünnhilde, pero a mi acompañante le pareció insuficiente. ¿Cómo dilucidar a ciencia cierta una cuestión como esta cuando Theorin se tuvo que enfrentar a una orquesta de veinte violines primeros y una sección de metal que también superaba la veintena de profesores? Pienso que Theorin tenía un instrumento lo suficientemente potente y entrenado para abordar una escena de este calibre con cualquier orquesta de tamaño estándar, pero con un monstruo semejante a sus espaldas su voz tendía a diluirse en muchos pasajes y a desaparecer completamente en los tutti.

Uno de los motivos fue que el director, el joven David Afkham, no pareció excesivamente preocupado por equilibrar la voz con la orquesta, tan centrado como estaba en sacar de la Gustav Mahler lo mejor y más peculiar que puede aportar una agrupación como esta a una página de sinfonismo tan poderoso como la de Wagner: una sonoridad (y presencia) épica y un enorme espectro dinámico entre el piano y el forte, que oscilaron desde lo casi inaudible a lo atronador. Pero aunque los mimbres dieran pie a ello, Afkham no cayó en el efectismo. Construyó una Inmolación de Brünnhilde de gran fuerza dramática pero al mismo tiempo llena de riqueza expresiva y sin histerismos. Para ello se basó en una exquisito control de las dinámicas, que manipuló con sabiduría para dibujar con la máxima efectividad las subidas y bajadas anímicas y los vertiginoso clímax existenciales de la protagonista. Y lo hizo ciñéndose siempre al ámbito orquestal, porque como ya se ha dicho, la pobre Iréne Theorin parecía estar allí un poco a verlas venir. En cierto modo fue una pena, pues parecía una soprano más que adecuada para dibujar con intensidad los últimos minutos de vida de la valquiria. Pero el verdadero espectáculo lo ofreció la orquesta.

Fue en la segunda parte, con la Leningrado de Shostacovich, cuando Afkham se dejó caer más de la cuenta en la trampa del espectáculo. Fue algo chocante que después de haber levantado un Wagner tan bien meditado, abordase de una manera no muy sutil la sinfonía del ruso. Muchos pensarán que la sutilidad y la sofisticación no son precisamente cualidades de la Leningrado. Quizá sea así, pero que la sinfonía esté repleta de recursos contundentes no implica que estos no deban ser planificados cuidadosamente. La gran marcha central del primer movimiento, por ejemplo, no estuvo del todo bien construida, pareció llegar a su tope dinámico antes de tiempo, estancándose el crescendo antes de su conclusión natural. Al Moderato (poco allegretto) le faltó una mayor mordacidad en los truncados ritmos de danza y en los fraseos de la cuerda, aunque reconozco que en Shostacovich prefiero cuerdas que “rasquen” un poco, y con una sección de cuerda tan gigantesca como la de la Gustav Mahler esta cualidad sonora es difícil de obtener.

Los mejores momentos de la sinfonía llegaron con un Adagio sentido y doloroso, aunque a veces Afkham corrió el riesgo de aflojar la tensión estructural del amplio movimiento. El Allegro non troppo final, por suparte, estuvo dirigido con la rutina cirquense que muchos directores aplican a los movimientos finales de Shostacovich, a pesar de que la Leningrado no tiene el típico final de otras sinfonías del ruso. Los numerosos pasajes trágicos que pueblan este Allegro parecieron demasiado expansivos para ser terribles, pero con una orquesta de tales dimensiones (y con instrumentistas tan capacitados, todo hay que decirlo) la incontenible masa sonora de los cinco últimos minutos de la sinfonía se llevó por delante los oídos, las neuronas y el raciocinio del público. Fue un fin de fiesta a la altura de esos conciertos que sólo pueden dar orquestas gigantes como la Gustav Mahler o la Simón Bolívar.



Este artículo fue publicado el 18/05/2012

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Comentarios:


Hagen 18/05/2012 14:32:13
Afkham es un director absolutamente fabuloso que hemos dejado escapar vergonzosamente en Madrid, mientras que Theorin es una soprano mala de solemnidad que va a durar dos años y que ni siquiera con la voz en buen estado puede sacar adelante un repertorio donde siempre ha habido demasiado aprovechado-a.


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