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¿Quién tiene miedo de la música del siglo XX?

Santiago de Compostela, 19/10/2007. Auditorio de Galicia. Ilya Gringolts, violín. Real Filharmonía de Galicia. Josep Caballé-Domènech, director. Igor Stravinsky: Danzas concertantes; Kurt Weill: Concierto para violín e instrumentos de viento, op. 12; Arthur Honegger: Sinfonía nº 4 ‘Deliciae Basilienses’. Ocupación: 60%
imagen Hace unos años, mientras fue titular de la Filarmónica del Estado de Hamburgo, a Ingo Metzmacher se le ocurrió que podía celebrarse musicalmente el año nuevo no con valses, sino con música del siglo XX. Nació así una serie de conciertos que llevaba por título el que encabeza esta reseña, y que obtuvo un éxito sin precedentes (al tiempo que se editó una colección de discos en el sello Sony, que recomiendo a todo el mundo). Su intención no era otra que la de hacer escuchar a su público docenas de obras frente a las que la única prevención era su fecha de composición, a los efectos de demostrar que esa prevención estaba injustificada.

Los responsables de la Real Filharmonía de Galicia no van tan lejos, pero todos los años se arriesgan lo bastante como para montar un programa -o más de uno- exclusivamente integrado por piezas del siglo XX. Es natural: al afán divulgativo que debe formar parte de un servicio público como éste, se añade el hecho de que la plantilla y las características de la orquesta no casan con los excesos sinfónicos del último romanticismo, de modo que la Real Filharmonía encuentra en el repertorio del siglo pasado un enorme campo de desarrollo que puede abordar sin apenas competencia en España.

Esta noche la responsabilidad musical recayó, junto con la orquesta, en dos músicos jóvenes. Ilya Gringolts (San Petersburgo, 1982) ya se presentó con la Real Filharmonía hace un par de temporadas con el ‘raro’ Concierto de Schumann, y hoy quiso volver con el aún más raro Concierto de Kurt Weill. Josep Caballé-Domènech (Barcelona, 1973), alumno de Ros Marbà y adjudicatario de la primera beca Rolex 2002-2003 para trabajar con Sir Colin Davis, sí debutaba con la orquesta compostelana, y el mero hecho de que su presentación fuera con el programa colgado en el cartel de esta noche ya habla en su favor.

Gringolts me gustó más que la última vez, aunque sólo sea porque en estos apenas dos años ha aprendido a controlar sus contorsiones escénicas. Sobre todo, teniendo en cuenta que la obra de Weill se las trae con abalorios: en 1924 Weill aún no se había compinchado con Brecht, y lo del cabaret casi ni se le pasaba por la cabeza, de modo que escribió un concierto sin concesiones, en lenguaje rabiosamente vanguardista y técnicamente muy exigente; aunque con la ventaja de que la orquesta se reduce a diez instrumentos de viento, contrabajos y dos percusionistas, de modo que la transparencia de las texturas sonoras queda bien asegurada.

O casi, porque en más de una ocasión, mientras Gringolts sudaba la camiseta para hacerse oir, Caballé-Domènech no supo contener a una orquesta que tapó al solista. Seguramente fue ‘la fierecilla que lleva dentro’ (son palabras de Colin Davis) lo que causó estos desaguisados, pero a cambio pudimos disfrutar de una interpretación absolutamente entregada -y de una buena ejecución por parte de los solistas de la Filharmonía-, que al fin y al cabo es lo más necesario cuando se da a conocer una obra de estas características.

No ocurrió lo mismo con las otras dos piezas del programa. Las Danzas concertantes de Stravinsky -que a mí me recuerdan mucho su Juego de cartas- recibieron una lectura muy apropiada en carácter y en tiempo, pero a la vez con un resultado sonoro poco diáfano, lo cual en Stravinsky es pecado mortal. Y Caballé-Domènech dirigió con gesto blando y con aparente poca convicción las Deliciae Basilienses de Honegger -una de las muchas alegrías que debemos a Paul Sacher-, de manera que salieron un tanto alicaídas e incoloras, y eso es una pena, porque la obra es una preciosidad.


Este artículo fue publicado el 23/10/2007

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