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Una lucida inauguración

Alicante, 18/09/2009. Teatro Principal. Juan Manuel Cañizares, guitarra. Grup Instrumental de València. Joan Cerveró, director. Philippe Hurel: Six miniatures en trompe-L'oeil. Mauricio Sotelo: Como llora el viento, para guitarra flamenca y orquesta de cámara. Elena Mendoza: Fragmentos de teatro imaginario (primera parte). Alberto Posadas: Anamorfosis. Festival de Música de Alicante 2009
imagen El Grup Instrumental de València fue aumentando la calidad de su ejecución a medida que avanzaba el programa del concierto inaugural del XXV Festival de Alicante. La primera de sus interpretaciones, la de Six miniatures en trompe-L'oeil de Philippe Hurel, no estuvo a la altura del reto que propone esta obra ya casi clásica. La idea que origina la pieza es sencilla, pues trabaja sobre situaciones musicales opuestas, “en torno a un proceso direccional no lineal, con la intención de construir un trayecto contínuo entre dos de esa situaciones musicales opuestas”. Lo mejor de estas seis miniaturas es que, algo que no siempre ocurre, todo es fácilmente perceptible para el oyente: el primer movimiento trabaja sobre una polifonía instrumental compleja que se convierte, paulatina o súbitamente, en una homofonía de varios instrumentos, y el proceso contrario. El segundo y cuarto movimientos se centran sobre la dinámica, con constantes crescendi de los instrumentos individuales que en determinados momentos confluyen en tuttis. Estos movimientos, además, están bien anclados en la tradición espectralista. El tercer y quinto movimientos enfrentan el caos rítmico de algunos instrumentos frente a los ataques perfectamente sincronizados de otros. El sexto, por su parte, recopila las tres ideas anteriores.

El problema en la interpretación del Grup Instrumental de València fue la falta de una exactitud absoluta en la ejecución, algo que no es vital en otras muchas músicas pero que esta de Hurel exige por encima de cualquier otra cosa. Cuando el caos polifónico se convierte en un unísono de todos los instrumentos, estos deben sonar realmente como uno solo, perfectamente sincronizados, o el efecto perderá su fuerza, como de hecho ocurrió. En los movimientos en que los ataques son la técnica generativa del devenir musical, los pequeños problemas de fase entre los instrumentistas hicieron que estos perdieran parte de su violento efecto -de hecho, el piano de Juan Carlos Garvayo, “representante del caos” en algunos pasajes, quedaba por encima de los ataques de todo el resto del grupo junto-. Los movimientos de base espectralista tuvieron ligeros problemas de afinación, lo que, obviamente tratándose de este tipo de escritura, derrumba el edificio desde los cimientos. El Grup hizo un esfuerzo loable arriesgándose con una música tan exacta y de una mentalidad tan francesa, pero, desgraciadamente, la obra pudo con ellos.

Como llora el viento, para guitarra flamenca y orquesta de cámara, es una adaptación y revisión de la versión original para gran orquesta estrenada en el Festival de Música de Canarias en el 2008, y directamente emparentada con Como llora el agua, para guitarra flamenca sola. El guitarrista con el que ha trabajado Sotelo en todas ellas es Juan Manuel Cañizares, un músico de los de quitarse el sombrero. La pieza es una de las típicas creaciones de Sotelo que fluctúan entre pasajes atonales y casi gestuales en la utilización del sonido, a otros de carácter mucho más comercial, melódica y rítmicamente sencillos y fáciles de digerir. Cómo se sostiene la lógica formal de este entramado de estéticas tan diversas sigue siendo un misterio para mí, pero lo cierto es que son obras de las que casi todo el mundo, independientemente de su nivel de iniciación en la música contemporánea, puede disfrutar bastante bien. Se podrían poner “peros” a algunas elecciones e interrogarse sobre los porqués de Sotelo, autor de una marcada subjetividad en su proceso creativo, pero la pieza tiende puentes hacia el público y eso es algo siempre elogiable. Cuando, además, esta música está tan bien tocada, con la fuerza, expresividad y misterio que le aporta Cañizares, el resultado no deja indiferente.

La segunda parte vio otro de los estrenos absolutos de la velada, Fragmentos de teatro imaginario (primera parte) de Elena Mendoza. Se trata de una pieza directa, concentrada y dramática, en la mejor tradición de Kagel y otros autores interesados por el aspecto teatral de la música. Sus cuatro movimientos reflejan los ecos de un mundo muy personal, quizá algo caprichoso y no muy accesible desde el exterior, pero su escritura instrumental, sobria en recursos, a base de pequeños retazos sonoros que conforman con su suma un fresco general, suena bien y estuvo muy bien tocado por los selectos músicos del Grup Instrumental de València que tomaron parte en su estreno.

Alberto Posadas explica en sus notas que “La anamorfosis es una técnica de distorsión de la perspectiva que impide reconocer la figura representada cuando el cuadro se observa desde una posición habitual, y exige observarlo desde un ángulo determinado para poder apreciar lo que en él hay representado.” Sigue luego una disquisición sobre la aplicación de tal técnica a la música, que habla de combinatoria y logaritmos, para concluir que “La técnica anamórfica no produce en el campo de la percepción auditiva un resultado tan explícito como pueda ocurrir en el de la percepción visual.” Pues vale. Yo, personalmente, no vislumbré la técnica anamórfica por ningún lado, pero eso no quita que la pieza de Alberto Posadas me pareciese soberbia, de una lógica aplastante y una maestría absoluta en la articulación de sus secciones. Para los que, entre los allí presentes, podíamos apreciar la belleza con que Posadas fundía el final de una frase con el inicio de otra, como construía los crescendi o como creaba texturas siempre mutantes y llenas de vida, fueron veinte minutos fascinantes. Pero para aquellos, quizá muchos, que no tenían acceso a tales sutilezas compositivas, y si me atengo a los comentarios que escuché, fueron veinte minutos de tedio intenso, porque esta Anamorfosis no les dijo, ni pretendía decirles, absolutamente nada. La interpretación del Grup Instrumental de València, ahora sí, fue magnífica en todos los aspectos, lo que, teniendo en cuenta la demencial dificultad que llega a entrañar esta obra por momentos, arroja una luz brillantísima sobre las posibilidades reales del conjunto valenciano.


Este artículo fue publicado el 23/09/2009

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