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Bruselas, 07/06/2007. Palais des Beaux Arts, Tancredi(Venecia, 6 de febrero de 1813, La Fenice),libreto de Gaetano Rossi, música de G. Rossini -Dirección de orquesta: René Jacobs. Versión de concierto. Intérpretes: Bernarda Fink (Tancredi), Rosemary Joshua (Amenaide), Lawrence Brownlee (Argirio), Federico Sacchi (Orbazzano), Elena Belfiore (Isaura) y Anna Chierichetti (Roggiero). Coro English Voices y Orquesta del Teatro des Champs-Elysées de París (maestro de coro:Tim Brown)
imagen Nunca he creído en la necesidad de la reseña doble de un mismo espectáculo.Y por otra parte, en este caso, coincido prácticamente en todo lo que dice Samuel González Casado en su reseña publicada en Mundoclasico.com, que sólo leí al día siguiente de haber presenciado el mismo espectáculo.

Así que agregaré un par de reflexiones, además de decir que si Belfiore estuvo muy irregular (aparte de ser anunciada como ‘soprano’ cuando es claramente una mezzo corta y liviana), no estuvo tan mal. Y que Fink logró convencerme en la escena final pero nunca antes, pese a su musicalidad y empeño. Que Brownlee es un excelente rossiniano, pero para roles más ‘ligeros’ (tipo el ‘Lindoro’ de L’italiana in Algeri). Que Joshua es ideal para Haendel y hasta Janáček, pero difícilmente para el canto de ‘Amenaide’, aunque fue muy aplaudida. Su color –incoloro- y su forma de abordar las agilidades tuvieron que ver con otra cosa que el canto florido rossiniano.

Últimamente el rol está pasando a manos de voces opacas, no bonitas, no grandes, que penan por hacerse escuchar como ‘Lauretta’ pero no se detienen ante ‘Fiordiligi’ o ‘Maria Stuarda’; Joshua no está en este caso, pero demuestra que, por su emisión, las coloraturas de una ‘Poppea’ de Agripina, pongamos por ejemplo, no son en absoluto ni por la ejecución ni por la expresividad que deben comunicar o por el mero tipo de ‘adorno’las de un Rossini (sin el cual no existen Donizetti ni Bellini). Jacobs abre el paraguas en el programa diciendo que eligió una versión escrita para la Pasta en el caso de Fink (porque advierte que no es una contralto o mezzo oscura) y que prefirió no especialistas (parece que no lo logró en el caso de Brownlee y, en menor medida, Chierichetti) y marca la continuidad con Mozart y el barroco. Tan importante como eso, y más, son las diferencias de la revolución ‘tranquila’ rossiniana. Ciertamente el maestro no comete aún los excesos ni arbitrariedades de Harnoncourt (de cuyo inverosímil Requiem verdiano la única que se salva, por musicalidad, es precisamente Fink), pero parece como si todo los ‘barrocos’ se sintieran impulsados a ampliar su repertorio sin cambiar de enfoque. Pongo un ejemplo: los recitativos que en Monteverdi y Haendel pueden ser ‘inventivos’, ya no deben serlo tanto en Mozart y menos en Rossini. La separación de los sectores de la orquesta, con predominio de metales y vientos es otro factor de distorsión (y tiene que ver en parte con la forma ‘súbita’ en que se descuelgan los crescendi).

Por supuesto, en Bélgica el éxito y la asistencia están garantizados (tuve problemas hasta último momento para obtener la acreditación), pero conozco personas que se fueron al final de la primera parte, entre desilusionadas y enfadadas. Tienen mi absoluta comprensión.

Este artículo fue publicado el 11/06/2007

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