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Decepción

París, 07/05/2006. Opéra Bastille. Simon Boccanegra (Milán, 24 de marzo de 1881), libreto de Francesco M. Piave y Arrigo Boito y música de G. Verdi. Escenografía: Bert Neumann. Vestuario: Nina von Mechow. Puesta en escena: Johan Simons. Intérpretes: Carlos Álvarez (Simone), Feruccio Furlanetto (Jacopo Fiesco), Ana María Martínez (Maria/Amelia), Stefano Secco (Gabriele Adorno), Franck Ferrari (Paolo Albiani), Nicolas Testé (Pietro), Jason Bridges (Araldo). Coro (preparado por Peter Burian) y Orquesta de la Opera Nacional de París. Dirección: Sylvain Cambreling
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Guardo por esta ópera una admiración y un afecto que en más de cuarenta y cinco años no han conocido baches ni eclipses. Sé que es difícil y que no se da con suficiente asiduidad. También sé que algunas obras maestras es mejor no exponerlas si no es en las mejores condiciones. Un homenaje al conductor de los destinos de la Opéra de París en 1978, Rolf Liebermann, es la de que haya pensado a lo grande para su primera representación: la histórica versión de Abbado-Strehler con Freni/Ricciarelli, Ghiaurov, Cappuccilli, Luchetti. A los dieciséis años volvió en condiciones mucho menos atractivas. Y doce años después llegamos a esto. Una puesta sin casi ideas, sin movimiento real de coro (todos corriendo y plantándose en primera fila); todos los cantantes alineados en el proscenio paa el concertante del Consejo (con una 'Amelia' que entra por detrás, grita ‘ferisci!’ para separar a padre y amante, y hasta que llega adonde están pueden haberse matado diez veces), con un decorado no muy grande y ridículo. En la mayor parte, dos palcos para políticos con horribles sillas de reuniones (las ‘espadas’ que ‘empuñan’ los representantes de patricios y plebeyos -bastante escasos y desganados en la sesión) y un enorme retrato de los respectivos líderes (en el prólogo ‘Fiesco’ -no parece haber leído bien el libreto el director Simons- que termina siendo objeto de los tomates de un coro que para decir ‘Viva Simon!” no siempre entra a tiempo aunque luego de eso mejore; en los demás, el protagonista con gafas -paso del tiempo- y traje -en vez de uno de más o menos ‘okupa’ con la cara tiznada de negro…con un predominante y estridente color naranja).

En el primer acto, ‘Maria/Amelia’ llega ya crecida al final del prólogo con su ropa de orfanato bien plegada para esperar el preludio del primer acto y cantar su aria -como todo el resto del cuadro- en un espacio estrecho delante de un telón refulgente de plata y con reflejos dorados que hubiera hecho las delicias de Carmen Miranda. Se ve que la orfandad le ha dejado una obsesión compulsiva con la ropa porque para la llegada del dogo -sin servidora que le avise; ha desaparecido del programa y nadie dice esa frase, vaya uno a saber por qué- aparece vestida con gafas negras y abrigo de visón, para pasar a un modelo años cincuenta (pese a que se ha leído, bien grande, ’25 años más tarde’, la moda no ha cambiado) en el Consejo y el salto de cama y los cabellos mojados en el segundo acto (para motivar mejor los celos de 'Adorno', al que le acaba limpiando la cara, tiznada a su vez como signo de conspiración, con la misma toalla con que se secaba el pelo: costumbre poco higiénica) y el modelo de novia Barbie en el último. Las pancartas llevan el nombre astutamente repartido en dos líneas ‘Bocca Negra’ (sumamente original) y…bueno, al que le guste esto lo verá el 23 en directo por el canal Arte. A mí ni me ha parecido malo, sólo inexistente, ridículo e inútil.

Si pasamos al plano musical, nadie pide que vuelva Abbado (que por cierto estuvo pocos días antes dirigiendo un concierto memorable en el Châtelet y dejando bien claro que es un gran director). Cambreling es un director discreto, a veces bueno; aquí, hace ruido en los momentos ‘fuertes’ (el final del prólogo, donde antes casi no se ha oído la orquesta en el dúo entre bajo y barítono; la cabaletta del dúo soprano-tenor que no se repite y termina, quizás por suerte, en un estruendo que ahoga las voces), desaprovecha los momentos líricos como el preludio del acto primero y casi todas las escenas de ‘Amelia’, de ritmo monótono y mecánico hasta convertirlas en banales, acelera tempi como la segunda parte del gran dúo entre padre e hija después de una primera parte desganada y con un climax artificioso.Mejor salen las cosas (la orquesta es siempre técnicamente irreprochable) en el Consejo, aunque sin la suficiente tensión, y en los dos últimos actos (aunque nuevamente sepulte al tenor en el recitativo ‘O inferno!’).

¿Los cantantes? Si Álvarez no llega a ser un gran protagonista, lo debe a la puesta sobre todo. Vocalmente, domina el papel aunque se le podría pedir más variedad en el fraseo, pero la emisión y el color son excelentes (incluso el volumen, con no ser lo más destacado) y no hay problemas de extensión, sobre todo en el agudo. La muerte -de pie, como los árboles de Casona- logra un gran efecto (sí, porque la ópera es un género que los requiere y sus más grandes exponentes, como este del que se trata ahora) con una caída del tipo de las de los grandes ‘Boris’ del pasado (que ahora falta sólo que mueran cómodamente en la cama).

Furlanetto es un cantante avezado y exhibe ya signos de veteranía en un material importante -el más voluminoso de todos los intérpretes-aunque siga exhibiendo nasalidad fuerte, algún engolamiento y, más que nunca, ataques bruscos en el agudo, pero conoce su papel y especialmente en esas frases con que Verdi lo convierte en algo más que una máscara de la venganza (a diferencia del ‘Silva’ de Ernani o del fanatismo patriótico de ‘Procida’ en I Vespri Siciliani) logra una excelente interpretación en el acto final y canta muy bien (la tesitura le queda cómoda) en ese gran momento solista para cualquier bajo que se precie que es ‘Il lacerato spirto’ (que de ‘lacerado’ no tuvo nada gracias a la puesta).

‘Adorno’ tenía que ser Shicoff, pero, como en el Met, canceló; sólo que aquí nadie juzgó oportuno informar de ello (no ya de las razones, verdaderas o falsas). Secco, que tenía que hacer algunas funciones, se encarga de todas. La voz es bonita aunque en el agudo se estrecha y se vuelve metálica y pierde algo de color; algún efecto de pianissimo es logrado, otros son sólo muestra de buena voluntad. Como artista y fraseador le falta mucho por hacer, aunque es claro que le va mejor este tipo de obras que el Rossini o el Massenet que le he escuchado con anterioridad.

Jason Bridges es un tenor apuesto y discreto en el ‘Heraldo’ (pero yo creía que era un barítono) y Testé demuestra una vez más que hay que apostar por él para roles más importantes que ‘Pietro’ por la calidad de la voz y la presencia escénica (hubo alguna nota fija en el prólogo, pero pronto pasó). Ferrari es una voz grande, de color oscuro, áspera y forzada en el agudo y sumamente extrovertido en la interpretación, lo que le va mejor al traidor ‘Paolo’ que otros personajes que me ha tocado en suerte verle en otras oportunidades.

Única mujer en esta ópera y mundo de hombres, casi exclusiva nota de luminosidad, Ana María Martínez demuestra ser una cantante poco inspirada, con agudos no siempre seguros y muy claros, y graves más artificiosos que reales, de voz más bien pequeña y timbre impersonal que no ‘corre’ demasiado y que demuestra buenas intenciones en el trino que no llega a concretar. Y, como hacen hoy muchos, incluso famosos, acomoda los momentos que no le convienen adaptándolo a sus posibilidades de respiración aunque con eso el ritmo y el fraseo sufran (como ejemplo supremo valga la peligrosa frase final del aria ‘ei mi terge ogni dí/ come l’aurora la rugiada dei fior/ del ciglio il pianto’).

El año que viene se vuelve a reponer esta producción con un reparto diferente y, en algunos aspectos, más interesante si no hay cancelaciones. Pero habrá que cambiar las fotos de los candidatos o dirigentes, que ya no serán los mismos. Yo esperaría un milagro y abogaría por la versión de concierto que me permitiera concentrarme más en las maravillas de la partitura, ese hijo contrahecho que su autor amó tanto como para insistir sobre él y ‘mejorarlo’al final de su gran parábola artística. Tenía razón, a prueba de cuanta puesta se le cruce. Aunque quien esto firma por primera vez se haya distraído o aburrido durante la función y no pueda, por eso mismo, entrar en los valores -no sólo musicales- que esta obra imperecedera encierra.



Este artículo fue publicado el 18/05/2006

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