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El presente como génesis perpetua

Anton Bruckner: Sinfonía Nº4 en mi bemol mayor; Sinfonía Nº5 en si bemol mayor. Münchner Philharmoniker. Sergiu Celibidache, director. Helmut Rost, productor ejecutivo. Hans-Jürgen Müller, ingeniero de sonido. Dos DVDs de 112 y 90 minutos de duración grabados en la Herkulessaal y en la Gasteig Philharmonie de Munich (Alemania), en los años 1983 y 1985. ArtHaus 101 645 (Sinfonía Nº4) y 101 639 (Sinfonía Nº5). Distribuidor en España: Ferysa
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Se suma el sello alemán ArtHaus a las celebraciones del centenario Sergiu Celibidache con dos magníficos DVDs que vuelven a abordar las partituras del compositor predilecto del maestro rumano: Anton Bruckner (Ansfelden, 1824 - Viena, 1896). Tras las recomendabilísimas ediciones lanzadas al mercado en este formato por Sony (Sinfonías 6ª, 7ª y 9ª, todas ellas con la Münchner Philharmoniker) y EuroArts (Sinfonía Nº7 con la Berliner Philharmoniker), ArtHaus nos presenta dos sinfonías aún no disponibles en DVD en manos de Celibidache: la Sinfonía Nº4 en mi bemol mayor (1874, rev. 1878-88) y la Sinfonía Nº5 en si bemol mayor (1876, rev. 1878), dos nuevos monumentos videográficos para no dejar escapar en este progresivo ciclo sinfónico bruckneriano en DVD con tomas de los años ochenta y noventa siempre bajo la detalladísima batuta del ya centenario director, en versiones repletas de enseñanzas.

Precisamente, una auténtica lección sobre su concepción de la música, del sonido de Anton Bruckner y su no reproductibilidad fonográfica es lo que Sergiu Celibidache pronuncia en la jugosa entrevista que acompaña a la Cuarta sinfonía en el primero de estos DVDs. Para Celibidache, una sinfonía es una realidad tan compleja que una grabación y su posterior reconstrucción mecánica a partir de los fragmentos registrados resulta siempre falsa, especialmente en formatos digitales. Un tercio del sonido, afirma el rumano, se pierde con la grabación; mientras que los dos tercios restantes se distorsionarían y recompondrían con un significado distinto. De esa inmensa complejidad que supone una gran sinfonía de Bruckner es de lo que se deriva el tempo característico de Celibidache. Según el director, "el tempo es una condición por la cual la multitud de información contenida en el sonido puede ser reducida a una unidad". En la densa unidad sintética del todo en el tempo, en la absorción de los elementos que componen una masa de información tal como una orquesta reducida a un parámetro axial, Celibidache ve una mayor facilidad para aprehender el mensaje y la vivencia sinfónica, a través de la reducción, asimilación y trascendencia para dirigirnos a sucesivos episodios musicales concatenados, cargados así de significados plenos. Todo ello se perdería en unos registros de audio a los que fue tan (parcialmente) contrario (recordemos que en cuestión videográfica no era tan extremo) el bueno de Celibidache; por lo que la percepción del tempo vía disco sería, para él, incomprensible.

"Cuanta mayor complejidad hay en el todo, más lenta debe ser la pieza", afirma categórico Celibidache; un Celibidache que al entrar en cuestiones de registro de los rangos extremos del espectro armónico afirma que hay elementos no audibles para todo el mundo, poniendo el ejemplo de Ravel, que desde sus tesituras más graves en los contrabajos hasta las más agudas en el vibrato de los violines despliega un abanico de octavas imposible de escuchar a través de una grabación. Ahí se desquita el maestro con los críticos, con aquellos que se refieren a su dirección, a su lentitud, a través de las grabaciones, pues resulta imposible escuchar la totalidad del universo armónico en disco y, por ello, comprender las decisiones de la dirección, el sentido de un tempo que así de demorado pretende abrir espacios de resonancia para que el discurso se exponga con claridad, para que se perciba. Ello añade elementos de complejidad, pues para Celibidache la atención no se debería focalizar en instrumentos o aspectos autónomos de la partitura, sino en la vasta totalidad que se relaja y expande sucesivamente, que florece ante nosotros hasta su final, liberándonos de prejuicios, de una atención guiada por apriorismos. Para el rumano, escuchar con oídos abiertos, a través de un tempo así comprendido, nos hace libres, al sumirnos en una experiencia musical nueva y trascendente, despojada de una memoria encarceladora.

Ese proceso de liberación es construido, no se adquiere de inmediato. Cada compás debe ser una consecuencia lógica y orgánica del anterior, cuya apropiación nos conducirá a las siguientes unidades de significado; algo válido tanto para el público como para el músico, que, tal y como explicaba Celibidache en los extras de la fabulosa Séptima con la Berliner Philharmoniker, debe disfrutar la interpretación para ser parte de ella en el momento de ejecutar sus compases en consonancia con la deriva en la que se inserta: una síntesis de lo que emerge de uno mismo en combinación con la masa de sonido en la que se diluye. Esta forma tan holística de comprender el sonido hace que Celibidache ensaye y pula con esmero cada compás, ya que en cada uno de ellos se deben comprender todos los anteriores; y, a su vez, potencialmente cada uno de los siguientes contendrá todos los que restan, como una suerte de alfaguara que brota a una cascada musical en continuo desarrollo. Así, un compás no es nunca principio y/o final, sino proceso: "en música, el presente es una génesis perpetua", afirma Celibidache. Cualquier momento está ligado al todo; y, de algún modo, lo contiene en sí mismo.

Obviamente, la concepción musical de Celibidache está muy influida ya no sólo por una fenomenología a la cual se refiere en diversas ocasiones en su entrevista, sino por la filosofía y espiritualidad oriental. Celibidache se declara creyente, no al modo cristiano, no de un Dios concreto, sino de lo que define como una «vibración cósmica central», para cuya vivencia y conocimiento la música es un vehículo privilegiado; ya sea al Dios cristiano de Bruckner o a esa vibración panteísta del rumano. Es un acto musical que descubre esa vibración, pero que también nos debe hacer libres, ya que "todo arte tiene un solo objetivo: la libertad". La belleza, en este proceso, sería sólo un camino, atractivo y atrayente, para arribar a esa verdad, a esa vibración central que nos une, a ese momento de suprema libertad y gozo que Celibidache dice experimentar cuando concluye una interpretación satisfactoria...

...y la verdad es que, escuchando esta versión de la Cuarta sinfonía registrada en el año 1983 en la Herkulessaal muniquesa, uno sólo puede pensar que Celibidache estaría experimentando ese estado de éxtasis al finalizar una interpretación fascinante, marcada por las señas de identidad que conocemos de sus otras lecturas de esta partitura. A pesar de que la Cuarta no posee la complejidad arquitectónica y estructural de posteriores sinfonías del austriaco, Celibidache se emplea a fondo en desentrañar las tensiones que en ella se confrontan; ésas que él define como "procesos triangulares" que sólo adquieren su unidad en el final, en su gigante gama armónica que une y trasciende sus elementos autónomos en un todo. Es una interpretación prístina, clarísima, de voces que ascienden y proliferan cual órgano; instrumento del cual, para Celibidache (como para todo aquel que minimamente conozca esta música), proviene el sonido orquestal de Bruckner. Eso sí, humanizando tal fuente, porque para Celibidache el órgano es un instrumento ‘no-humano’ en cuanto a sus intervalos, marcados por lo mecánico. Esa humanización que posibilita la orquesta hace su sonido más natural, así como más marcado por las contradicciones y, especialmente en manos de Celibidache, por una espiritualidad tremendamente acusada.

Esa espiritualidad está inmersa en la naturaleza, de la cual esta sinfonía es un canto para Celibidache. El modo en que hace emerger las cuerdas y el primer solo de trompa de la bruma en el ‘Bewegt, nicht zu schnell’ inicial es ya toda una declaración de intenciones, con una continuidad entre violines, metales y maderas antológica, de un empaste prodigioso. Las melodías brucknerianas fluyen de una sección a otra, adquieren modulaciones cromáticas, tímbricas y armónicas que, así expuestas, con esta demora, resultan perceptibles con una inmediatez que las hace doblemente atractivas y gozosas. A pesar de que Celibidache se mofa de los críticos que reducen sus sinfonías a una cuestión de comparaciones cronométricas, no puedo evitar dar alguna referencia con respecto a sí mismo (por no tomar a otros ilustres brucknerianos, que en esta página quedarían a diez minutos o más de las duraciones (o compresiones de significados) del rumano). Si la Cuarta en la grabación del 16 de octubre de 1988 publicada por EMI (5 56690 2) duraba 79:11 minutos, ésta de 1983 es prácticamente calcada, con 79:29 minutos de duración; ambas en la edición Robert Haas. Si me apuran, la versión de 1988 es más perfecta, algo más pulida; demostrando los años ya transcurridos de dirección titular de Celibidache en Munich. Esta primera grabación es más libre y enérgica, más impetuosa en los contrastes y más ‘espontánea’ (si este adjetivo se puede asociar a la dirección del maestro rumano). El enorme crescendo final es un ejemplo paradigmático de su concepción del tempo, enormemente demorado para exponer toda su complejidad armónica, para desplegar las nueve octavas que de otro modo sonarían confusas y reducidas, sin personalidad y definición. Cierto es que no dirige Celibidache el poderoso instrumento en cuanto a metales que conducen en sus lecturas Barenboim (DG y Teldec) o Böhm (Decca), pero lo que falta en músculo se gana amplitud de sonido al trabajarlo internamente de un modo tan personal e intrincado. Sin lugar a dudas, versión entre las referencias de esta bellísima página, junto con las tomas del propio Celibidache ya publicadas en disco compacto (EMI y Sony) y las antes mencionadas de Daniel Barenboim y Karl Böhm. En todo caso, para pasajes como el ‘Andante quasi Allegretto’, se antoja difícil pensar en algo más bello.

La Quinta sinfonía proviene de una toma del 10 de noviembre de 1985 que podemos considerar histórica, por cuanto se registró en el concierto inaugural de la Gasteig Philharmonie, sala a la que se trasladaría la orquesta de Celibidache. Sin embargo, el director rumano refirió en sucesivas ocasiones que la acústica de la Herkulessaal era más propicia para su formación, que perdía algo de presencia en el enorme volumen de la nueva sala filarmónica. Es algo que se percibe en este DVD de ArtHaus, como ya se percibía en la anterior edición de esta misma toma, publicada en 1997 por Audior (AUDSE 523-4). Se acusa una presencia menor del cuerpo orquestal, algo que afecta especialmente a los metales, por lo cual el poderoso sonido que tenía la Cuarta sinfonía no lo disfrutaremos en esta Quinta de tan señalados contrastes dinámicos.

Disponíamos en disco compacto (en edición autorizada) de una portentosa Quinta sinfonía en manos de Sergiu Celibidache (EMI 5 56691 2) con tomas de los días 14 y 16 de febrero de 1993, igualmente en edición de Robert Haas. Quizás resulte preferible aquella toma de la EMI por sonido, por claridad a la hora de exponer la verticalidad de esta sinfonía, uno de los mayores ejercicios de contrapunto en la historia de la música; una página que, si gran parte de Bruckner bebe de Wagner, en este caso se remite a Bach de un modo inequívoco. Lo que más destacaría en esta lectura, lo que le confiere un sello personal, es su trabajo con un silencio que resulta impactante como ágora ecoica entre las columnas sonoras que erige Celibidache en contrastes extremos para señalar las voces sometidas a este vasto contrapunto orquestal (de ahí que el que los metales no estén tan plenamente presentes debido a la toma sonora resta enteros a la posibilidad de reproducir el concepto de la interpretación, amputando su veracidad y dando más argumentos a las razones antes aducidas por Celibidache). Debo destacar, igualmente, lo melódico. En una sinfonía tan vertical como ésta, Celibidache es capaz de trazar líneas horizontales de un lirismo delicadísimo, de una belleza conmovedora, especialmente en un ‘Adagio’ antológico, de unas maderas que estremecen por su refinamiento, por sus irrupciones en tan titánica partitura. La duración de esta lectura (87:15) es prácticamente igual a la de EMI (87:40). Sea como fuere, y a pesar de las pegas técnicas antes mencionadas, versión igualmente entre las grandes de la discografía, y referencia ineludible en DVD.

Las tomas sonoras, a las que ya nos hemos referido con anterioridad, se editan en formatos PCM Stereo y DD 5.1. La imagen tiene dirección de Klaus Lindemann, habitual en los programas muniqueses de Celibidache. Son filmaciones muy elegantes y sobrias, en las que el director rumano tiene un obvio protagonismo, para nuestro mayor gozo, pues siempre me ha parecido que el rostro de Celibidache es tan música como aquello que sus instrumentistas ejecutan desde sus atriles. Resulta una gozada seguir sus reacciones faciales, su exhortaciones a la orquesta, sus reconducciones, enfados y momentos de verdadero éxtasis. Los DVDs de ArtHaus son región 0 y la imagen es color NTSC, con ratio 4:3. Para la entrevista presente como bonus en la Cuarta sinfonía tan sólo se presentan subtítulos en inglés y alemán, siendo la misma en francés.

Dos capítulos más, así pues, que se suman al festín Celibidache que está suponiendo en cuanto a ediciones en DVD este 2012 de su centenario. En el sello ArtHaus disponíamos ya de varios documentales que nos ayudaban a profundizar en los ensayos y concepción de un director a todas luces único, en un artista de esos que parecen escasear en un tiempo tan marcado por la superficialidad, las prisas y el mal gusto. Sumergirse en estas lecturas brucknerianas es un auténtico bálsamo contra todo ello; su verdadero reverso y antítesis.

Estos DVDs han sido enviados para su recensión por ArtHaus



Este artículo fue publicado el 20/09/2012

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Referencias:


Sergiu Celibidache