Castilla y León

Mundoclasico.com » Criticas » Castilla y León

La grandeza y la tristeza (et la guillotine)

Valladolid, 22/06/2012. Auditorio de Valladolid. Lisa Milne, soprano; Elena Gidcova, mezzo; Steve Davislim, tenor; Reinhard Hagen, bajo. Orfeón Pamplonés (Igor Ijurra, director). Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Lionel Bringuier, director. Beethoven: Sinfonía n.º 9 en Re menor, op. 125, "Coral". Ocupación: 95%
imagen

Ya se ha presentado la nueva temporada del ciclo de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León [ver programación]. Como tal, sorprende muy agradablemente, y hay que felicitar al gerente, Félix Alcaraz, por ella: los programas son realmente contundentes, y la orquesta, sin titular, será dirigida por algunos directores importantes: Bichkov, Petrenko, Cobos, Afkham o Koopman, junto con otros de resultados más irregulares. Queda la incógnita de cómo puede afectar este relativo esplendor en tiempos de crisis al resto de los ciclos (que no se recuperarán hasta enero), y sobre todo al más apreciado por el público vallisoletano por su excelsa calidad: Grandes Orquestas. También hay que señalar un lunar muy evidente: Lionel Bringuier no dirige ningún concierto.

En una entrevista realizada por Agustín Achúcarro en el periódico El Mundo, Bringuier recuerda que su proyecto comenzó con el gerente Enrique Rojas, y que el proyecto del actual gerente ya no es el suyo. Esto es una forma generalista y educada de resumir las desavenencias y la incompatibilidad de caracteres con Félix Alcaraz. La comunicación entre ambos nunca fue muy fluida, sobre todo a la hora de notificarse posibles incidencias, ya que, sea como fuere, a veces se tenía noticia de ellas antes en instancias políticas que en el mismo Centro Cultural Miguel Delibes. Y eso de saltarse escalones -probablemente sumado a otras circunstancias- ya se sabe qué implica en estos contextos: la guillotine!

En otra entrevista, publicada el 27 de junio con clara vocación de réplica en el periódico El Norte de Castilla, Alcaraz desmiente a Bringuier y señala que se estaba negociando una prórroga de su contrato y "había una serie de semanas reservadas para él". También explica que las desavenencias han venido porque el galo quería tener control absoluto, y este decidió unilateralmente romper y comunicárselo a los músicos directamente (¿de nuevo traspiés en los escalones?). "Si no tiene presencia en esta próxima temporada es porque ni él ni sus agentes me lo han pedido".

De todas las maneras, con los datos oficiales hay una cosa que está muy clara: que un director que va a dirigir la Filarmónica de Nueva York, en el Concertgebouw y un Werther en La Scala afirme públicamente que quiere dirigir la OSCYL y que incluso había reservado fechas el año que viene para hacerlo es como un premio de la lotería. El vínculo ya se ha creado, y lo normal sería aprovechar esta "suerte" de manera prioritaria, pues se trata de una figura con una proyección excepcional.

Evidentemente, de todo lo anterior se intuye que el asunto seguramente tendrá varias trastiendas, y, como se ha apuntado más arriba, habrá habido numerosos factores que hayan influido en el hecho de que Bringuier, de momento, no vuelva. Pero no deja de ser una oportunidad perdida, un fracaso negociador: si tanto gerente como director desean colaborar -según sus respectivas entrevistas- y no lo hacen, ambos están inmersos en una situación absurda, contraproducente, que causará justificada perplejidad en la opinión pública; el problema es que es contraproducente sobre todo para la orquesta y para el público de Castilla y León, porque el director, como se ha señalado, tiene una agenda repleta e importante, que minimizará rápidamente el posible disgusto. Nosotros estamos inmersos en una crisis brutal, con ciclos musicales en el aire, una orquesta sin titular y un público que se queda sin un director al que adora. No estamos en igualdad de condiciones, lo que debería condicionar en grado sumo la negociación (máxime cuando no se ha mencionado ningún asunto de dinero). Aparte, que alguien que ha dejado tan buenos momentos en los auditorios de Castilla y León -y ha hecho mejorar tanto el sonido de la orquesta- falte de repente produce gran tristeza, sobre todo cuando el director se presenta como una figura afable y simpática, y parece caer bien a gran parte de los profesores.

Todo lo anterior, aparte del posible interés que pueda tener por sí mismo, viene a propósito de los sentimientos encontrados que produce asistir a su último programa, que para colmo es el del 20 aniversario de la orquesta, y en el que además se interpreta la Sinfonía núm. 9 de Beethoven. Demasiadas emociones como para sentarse cómodamente y disfrutar sin más.

Y es que, pese a esa objetividad imperante hoy y que Bringuier abraza sin problemas (tempi que quieren acercarse a la edición Peters en los tres primeros movimientos), hubo momentos y gestos, sobre todo protagonizados por el timbal, en el que parecía transmitirse algo especial, una especie de rabia contenida en la que no es probable que podamos identificar los "sentimientos del momento" a la antigua usanza de otros maestros, pero que desde luego enriqueció mucho una interpretación en la que, como cabe imaginar, el fraseo entendido en su forma tradicional brilla por su ausencia: hay que afinar el oído para captar esos detalles de color o ritmo que se convierten en el motor de la obra y la presentan como una especie de ciclo estilístico cerrado.

La prestación orquestal tuvo sus problemas. Con tres horas más de ensayos el concierto habría salido mucho mejor. El punto más bajo lo protagonizaron las maderas, que no estuvieron a la altura del fundamental cometido que les otorga la concepción del director. Adolecieron de falta de agilidad, y soltaron todo tipo de sonidos espurios. Un trompa, además, rompió el poético clima del tercer movimiento con una pifia en el mismo intervalo dificultoso que en la famosa grabación de Furtwängler de Bayreuth. La cuerda, sin embargo, estuvo muy precisa.

Como ya se ha apuntado, el último movimiento ralentizó bastante la duración final de toda la obra (unos 63 minutos), pero esta decisión se tomó con buen criterio, porque el coro sonó potente y equilibrado y los solistas (no muy convincentes excepto la mezzo) disfrutaron de mayor comodidad para respirar. Toda esta parte fue la mejor de la sinfonía, la más trabajada, y se vio a todo el mundo -sobre todo a Bringuier- entregado y consciente de la obligación de transmitir esa "grandeza" insoslayable a la Novena, por encima de las tendencias de cada época.

Ni siquiera un aire acondicionado infame, activado justo al comienzo de la parte coral sin que ni por asomo hiciera falta, logró congelar los ánimos de los intérpretes y, como se comprobó después, del público. Las entradas del coro, sobre todo gracias a una magnífica sección de tenores, fueron potentes, exactas, agresivas incluso en su afán de contraste en ese maremágnum de sucesión de climas y sensaciones que transmite todo el movimiento. El tremendo redoble del timbal hizo que la conclusión se beneficiase de buenas dosis de afirmación exaltada, que provocó el alucinógeno entusiasmo de los asistentes y unas ovaciones y aplausos que probablemente hayan sido los más extensos de los que he vivido en el Auditorio de Valladolid: se premiaba la interpretación y también todo lo que Bringuier ha crecido -y todo lo que ha ofrecido- con la orquesta.

Con los datos anteriores puede observarse que en la versión del director de Niza la concepción general prima sobre el detalle, y esto probablemente no convenza al público no avezado o no acostumbrado a unas maneras que hoy sirven de guía (y eso que con la popularidad de las grabaciones de Abbado o Chailly lo tiene fácil). Pero esto es Beethoven, y siempre lo ha sido. De hecho, cabría preguntarse más bien por el público, la sociedad y la mentalidad que a fin de cuentas han definido las distintas interpretaciones (en sus sentidos musical y hermenéutico; de este último se habla en las interesantes notas al programa) de la Novena, sujeta a tan galácticos vaivenes. Este tipo de interpretación no es el verdadero, porque las palabras "interpretación" (en sentido musical) y "verdadero" se excluyen; pero aporta conocimiento, un particular placer estético y en absoluto obliga a desechar otros momentos -maravillosos- de la historia de la fonografía o de nuestras experiencias en directo.



Este artículo fue publicado el 29/06/2012

Compartir


Bookmark and Share