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Musicología

Cultura, política y desarollo económico

David de Ugarte

sábado, 6 de noviembre de 1999
Con el nacimiento de la concepción moderna del Hombre, la Cultura, con mayúsculas, se irguió como el gran mito europeo. La existencia de un espacio de creación autónoma, más allá de la divinidad, en el que se participaba desde la genialidad y la inspiración individual y al que se entendía desde la trascendencia histórica, prepararon el camino a una visión de la Historia como obra colectiva y expresión de la especie, que la Europa Moderna necesitaba para sentirse protagonista y hacedora de la Historia.Del ideal renacentista al materialismo marxista, pasando por los nacionalismos decimonónicos y el romanticismo, la Cultura y el ser se fundían y se explicaban. En el imaginario colectivo del europeo detrás de cada "nosotros" aparecía, más allá del territorio, un acerbo, unos signos, una herencia creativa, llamada Cultura. La Cultura ha sido el elemento trascendente de las religiones políticas modernas.Son estos orígenes los que explican la tardanza en la comprensión de la importancia económica y social de la Cultura y la consiguiente articulación de la Política Cultural. El debate ha estado centrado hasta hace menos de una década en si el Estado debía subvencionar o no, dar un marco legal específico o no, dando por hecho un porqué común: somos lo que nuestra cultura es. Así el debate se ha ido esterilizando entre el paternalismo de los que sinceramente ven al mercado como un peligro para la libertad creativa y los que ven al Estado como un Leviathan siempre atento a dirigir hacia fines particulares la creación.La renovación del pensamiento sobre la función social y económica de la Cultura llega ahora a nuestro país por dos vías. Por un lado la aparición de los primeros estudios estadísticos serios sobre el peso económico del sector cultural, y por otro, la llegada a los circuitos académicos y políticos de los resultados del desarrollo de la Economía de la Cultura en Europa Continental, Japón y, sobre todo, el mundo anglosajón.Así, en un trabajo recientemente publicado por la Fundación Autor y llevado a cabo por un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid, el sector cultural aparecía como el cuarto sector generador de valor añadido, esto es de riqueza, para nuestra economía, "situándose por encima de sectores tales como la industria petroquímica, la hostelería, el transporte terrestre y marítimo y los productos farmaceúticos". Manifestando una tendencia al crecimiento similar al resto de paises desarrollados. Descubrimos ahora, que las tres principales industrias de exportación norteamericanas (audiovisual, música y software) difícilmente podrían entenderse fuera del marco de un sector cultural pujante. Es cierto que los datos llevaban tiempo ahí, pero seguramente nos faltaba el sustrato necesario para saber leerlos.Es aquí donde la Economía de la Cultura ha empezado a jugar un papel que debe trascenderla. Recientemente, el conocido economista australiano David Throsby, enunciaba la trascendencia del concepto de "sostenibilidad cultural" citando como ejemplo a España. A nadie se le escapa que en un contexto competitivo algunos países, como el nuestro, si quieren mantener su proceso de internacionalización económica tendrán que dedicar cada vez más recursos al sector más exportable, a aquel en el que gozan de mayores ventajas comparativas... y al que tal vez por eso, tienden hoy a infravalorar. Serán los privilegiados de la era de la mundialización porque lejos de perder su identidad, la exportarán. Pero sostenibilidad implica el reconocimiento de un nuevo factor productivo creador de valor: lo que se ha denominado el "capital cultural", es decir todo ese patrimonio creativo que de un modo u otro, por si mismo o por el contexto que crea, sigue produciendo valor (y valores) más allá incluso de la vida y de la época de su autor.Por primera vez en mucho tiempo, España está, casi sin saberlo, en la línea de salida del gran reto económico de una nueva época. Tiene el capital cultural y humano necesario para emprender el reto y debiera plantearse darle el marco adecuado para que se desarrolle y se transforme en bienestar y empleo. Que duda cabe que algo se ha hecho, podemos señalar hitos como la Ley de Propiedad Intelectual (pieza clave de la defensa de nuestro capital cultural), o el desarrollo asociativo del sector, pero la mayoría de los elementos clave para el despegue económico pendiente siguen sin esbozarse y la situación industrial, sin ser catastrófica es, cuando menos, delicada. En lo que respecta a la asunción de nuevas pautas ligadas al uso de las nuevas tecnologías, la situación es en cambio ya extremadamente difícil en un país donde es de buen tono la tecnofobía.Hace falta pues, una definición moderna y concertadora de la política cultural que trascienda su tradicional reclusión en un Ministerio que hoy ya ni siquiera existe como tal, partiendo de los propios agentes involucrados y que se aborde desde la perspectiva del desarrollo económico y de la creación de riqueza. Hay que cambiar el acento de las infraestructura de destino (ie: construir auditorios vacíos y con programaciones inconstantes) a las de origen (ie: escuelas de música y conservatorios). Hay que actuar sobre la dimensión industrial para que las PYME's puedan plantearse invertir en formar capital humano e innovar tecnológica y creativamente. Y modelos no faltan: el Norte de Italia, un tejido de pequeñas empresas (les suena Benneton?) en las que la UE gastó subvenciones en que los empresarios se conocieran y salieran juntos. Para después con un tipo de subvención específico, financiar proyectos de investigación y mercado que deseaban realizar en común, y sólo en casos finales proyectos comunes. Suena extraño, tal vez mal incluso pagar cenas y encuentros ¿verdad?, pero funciona. Como funciona el entregar al mercado el destino de las subvenciones al cine (como en la ley del Audiovisual Brasileño) y casi es imposible encontrar críticos entre directores guionistas y productores.Necesitamos que los agentes asociativos del sector, los representantes políticos y los líderes industriales se desperecen y asuman el liderazgo económico y social que les corresponde y que hasta ahora no hemos sabido entender. Si este Plan Integral, sirve como llamamiento en este sentido, habremos avanzado ya un importante paso en un sentido que nos es no sólo necesario, sino urgente.

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