España - Castilla y León

El camino de la música

Samuel González Casado

jueves, 4 de marzo de 2004
Salamanca, sábado, 28 de febrero de 2004. Teatro Caja Duero. Trío Ancor (José Luis Gómez Ríos, violín; Naomi Barron, violonchelo; Javier Laso, piano). Ludwig van Beethoven: Trío Op. 1 nº 3. Maurice Ravel: Trío. Ocupación: 100 % del aforo
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Pese a que el que firma estas líneas ya había podido comprobar motu proprio el talento de uno de los componentes del Trío Ancor -Javier Laso, pianista-, aún no había contado con la oportunidad de disfrutar por tierras castellano-leonesas con la agrupación formada por el anterior y dos miembros de la Orquesta Sinfónica de Tenerife: la chelista canadiense Naomi Barron y el violinista venezolano José Luis Gómez Ríos. El último concierto de su mini-gira tuvo lugar en el Teatro Caja Duero de Salamanca, con lleno absoluto. No era para menos porque, aunque se trata de un grupo de creación relativamente reciente (algo más de tres años de vida), ya se ha visto laureado con el encargo de importantes compromisos, siempre saldados con éxito, como su participación en el Festival de Música de Canarias o en el de Granada (ambos en 2003), dos de las más importantes citas musicales españolas; además, no se puede olvidar que se trata de la ciudad donde más tiempo residió y estudió el pianista (nacido en Suiza y ahora residente en Santa Cruz de Tenerife), por lo que es normal que cualquier proyecto en el que participe goce de inmediato predicamento en la capital del Tormes.El programa, dada su complejidad, dista mucho de poder ser solventado sin la garantía de un exhaustivo trabajo precedente. Beethoven y Ravel son dos autores muy distintos, que además admiten gran variedad de enfoques perfectamente válidos. Del primero pudimos escuchar el Trío Op. 1 num. 3, briosa e imaginativa composición de juventud, que fue abordado con ejemplar adecuación estilística en cuanto a lo que la música demanda. En efecto, a partir de la célula de tres corcheas descendentes que forma el basamento del ‘Allegro con brio’, la interpretación transcurrió por cauces de una progresión orgánica de intensidades muy variada, con perfecta distinción entre los períodos más líricos, cantables, y aquéllos en los que la tensión dinámica y expresiva se acumula; y es aquí donde reside la mayor virtud de la ejecución: en todo momento se transmitía cómo la música siempre iba hacia alguna parte, evolucionaba; la coherencia de los tres integrantes respecto al camino que debía seguirse en cuanto a la visión general de la obra resultó, en este sentido, perfectamente coordinada, sin fisuras.Este concepto, como decíamos antes, fue transmitido de forma poderosísima, en ocasiones radical en los clímax, con tempi’ normalmente muy vivos, a veces sacrificando la perfección sonora en favor de excitantes e intensas urgencias, lo que contrastaba con la claridad elegante, más dieciochesca, que por época corresponde a este primer Beethoven y que fue nítidamente expuesta en los pasajes más reposados, aunando así inteligentemente el presente y el futuro en la evolución del genio de Bonn.Toda agrupación tiene su estilo, unos caracteres que la diferencian de las demás y que se aplican, con mayor o menor fortuna, en todo el repertorio que se trabaje. Ravel es un autor que por tradición y tiempo vital tiene poco que ver con el que acabamos de comentar; por ello es curioso comprobar cómo similares conceptos a la hora de abordar la música de ambos autores pueden resultar tan adecuados para poder transmitirla.En primer lugar debe decirse que el galo demanda, empero, mayores sutilezas en la alquimia tímbrica, capacidad de sugerencia, creatividad más sonora que narrativa… Y puede que faltara algo de esto en lo que pudimos escuchar. Sin embargo, no debe olvidarse que estamos ante un autor cuyo lenguaje musical se caracteriza, además, por su riqueza conceptual, a veces más intelectiva que emocional, sí, pero que siempre hay que dejar patente con una interpretación que se muestre vigorosa y persuasiva desde dentro, poniendo de relieve toda su importancia a quien escucha (no está de más recordar aquí la forma de dirigir del alsaciano Charles Münch, eximio intérprete del vasco-francés, todo fuerza y expresividad), lo que sin duda ocurrió en el concierto que comentamos.Ningún problema supuso la intrincada escritura raveliana para que la mera técnica se consiguiera trascender, en continua gradación, hacia paroxísticas explosiones de energía -el clímax del movimiento final fue espectacular- que fueron logradas desde la absoluta concentración de los músicos, en un alarde de perfecto entendimiento. El discurso, además, pareció extremadamente natural, sin artificios ni dejar ver el armazón al que toda obra artística interpretada debe verse sometida previamente. Por todo, un gran logro esta versión del Trío Ancor, susceptible, eso sí, de ser pulida, como se ha dicho más arriba, en cuanto al refinamiento de algunos detalles tímbricos.Los músicos que forman la agrupación se mostraron en todo momento correctos y, a veces, muy inspirados. El pianista posee gran técnica y facilidad pasmosa para no perder su claridad diamantina, elegante y perpetuamente matizada incluso más allá del forte. Capital resultó su virtuosismo para los buenos logros generales que se obtuvieron, sobre todo en el Trío de Ravel, con su intrincada maraña de fusas y complicados arpegios. Algún momento de desconcentración –‘Prestissimo’ beethoveniano- y eventuales imprecisiones no empañaron una actuación sobresaliente. El violinista posee, asimismo, gran técnica y extrema delicadeza, como demostraron sus magníficos pianissimi. Lástima que en algunas ocasiones su ejercicio se viera comprometido por un violín no muy homogéneo, sin la redondez necesaria en la zona aguda, y alguna que otra desafinación, aunque los momentos más líricos resultaron francamente primorosos. Respecto a instrumento, no ocurre lo mismo con el chelo italiano de Naomi Barron, de sonido pródigo en belleza, fantásticamente proyectado en el grave y algo velado en el resto de la tesitura. El volumen, ay, es limitado, y a veces tuvimos que echar de menos mayor presencia de tan hermosos atisbos para lograr un equilibrio más satisfactorio, así como superior provecho de los -reducidos tanto en número como extensión, eso sí- pasajes donde sus intervenciones cobraban más protagonismo.En resumidas cuentas: otro concierto sin grandes pretensiones que volvemos a tener el placer de disfrutar. De nuevo nombres (aún) poco conocidos para el gran público sirven a esta música maravillosa como se merece, ni más ni menos. Gente preparada que actúa ajena a cachés desorbitados o publicidades huecas, y que contempla la música como fin, no como medio (qué menos, pero hoy en día…). El arte sólo divierte con seriedad. ¿Será éste el camino?

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