España - Madrid

Maestría de marca superior

Juan Krakenberger

viernes, 15 de febrero de 2008
Madrid, miércoles, 6 de febrero de 2008. Sala de Cámara del Auditorio Nacional. Cuarteto Artemis: Natalia Prishepenko y Gregor Sigl, violines, Friedemann Weigle, viola y Eckart Runge, violonchelo. L. van Beethoven, Cuarteto op 18 nº 5. Nikolai Kapustin, Cuarteto op 88. P. I. Chaicovsqui, Cuarteto nº 2 op. 22. XVI Liceo de Cámara. Aforo: 98%
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Es ésta la primera visita del afamado cuarteto de cuerdas alemán Artemis después del cambio de su elenco, con la incorporación de Gregor Sigl, violín y Friedemann Weigle, viola. Al segundo ya lo habíamos escuchado en Madrid, hace unos años, como miembro del Cuarteto Petersen. El primero, actualmente el más joven integrante del cuarteto a sus 31 años, ya tiene un curriculum destacado. Es sorprendente como en tan breve tiempo estos dos elementos nuevos se integraron en el conjunto. Escuchándoles, uno tiene la impresión que nunca hicieron otra cosa: la cohesión fue total y completa y hasta hubo sintonía en el vibrato, casi un milagro y que certifica que aquí se trata de dos elementos de enorme calidad. Una de las principales características del cuarteto Artemis es su afán de poner en valor las composiciones que ejecuta, mostrar los recovecos de las obras para que el oyente descubra los milagros musicales que allí se atesoran. Y en su nueva formación, lo lograron plenamente.

Esto fue más que evidente en el Cuarteto op 18 nº 5 de Beethoven que abrió el programa. Llamó la atención, en primer lugar, que los intérpretes se atuvieron estrictamente a las indicaciones metronómicas que Beethoven determinó, en fechas posteriores a su composición. También respetaron todos los signos de repetición. Recuerdo versiones de hace 40 o 50 años, donde eso no se hizo. El efecto es mágico: de repente se oyen cosas, relaciones formales y armónicas, que antes no se advirtieron. Que las exigencias técnicas para lograrlo son enormes -casi siempre se trata de tempi más rápidos de los que se acostumbraban oír- ya no es óbice para intentarlo, y los Artemis superaron estas dificultades con la mayor naturalidad y desenvoltura.

Pero para que no parezca que solo hay virtuosismo por medio, en el 3º movimiento, un tema con variaciones, hubo un auténtico momento de magia en la 4ª variación, que es lenta y que ofrece unos giros armónicos de una trascendental belleza, sobre todo el acorde después de la anacrusa de la segunda estrofa. ¡Estremecedor! El último movimiento lleva nada más que “Allegro” como indicación, eso sí, “alla breve” como compás. Pero Beethoven determinó un tiempo de 152 = la blanca, y eso convierte las cosas en un “Prestíssimo”, y así se ejecutó. ¡Formidable! Generalmente, después de la fermata, poco antes de terminar, se solía tocar la coda más rápidamente que el movimiento entero. Pues nada, con el tiempo escogido, los Artemis pudieron hacer justo al revés, y ralentizar algo los últimos 16 compases, para que se desvanezca pacíficamente esta música tan espirituosa y efusiva. ¡Qué gran versión!

Siguió el Cuarteto op 88 de Nikolai Kapustin, un músico ucraniano nacido en 1937, de carrera un tanto extravagante: resulta que desde edad de adolescente le gustaba el jazz, y se convirtió en pianista especializado en el género, colaborando con Big Bands de la época. A los 20 años empezó a componer en ese estilo, pero recién después de cumplir los sesenta años de edad, en 1998, se atrevió a componer este cuarteto, que desde luego es jazzístico en su totalidad. Tiene cuatro movimientos, Allegro, Larghetto, Allegretto y Fuga: Animato que duran unos veinte, de los cuales, a mi juicio, solamente el segundo, lento, adolece de cierta debilidad al faltarle el contagioso ritmo de los demás. Los otros están plenamente logrados: aprovechando la gama de sonoridades que se pueden producir con un cuarteto, consigue efectos sorprendentes. No recurre a grandes extravagancias instrumentales -tan solo unos golpes del arco sobre el cuerpo de los violines, un “tac tac” en el último movimiento- pero aún así puede hablarse de un hallazgo. Uno se pregunta por qué tenía que ser un ucraniano y no un estadounidense a quien se le ocurriera una idea semejante. En este cuarteto, Gregor Sigl ocupó el lugar del primarius. La ejecución fue extraordinaria: una precisión que frisaba lo milagroso, plenamente convincente. No debe de ser nada fácil ejecutar esta obra. El trabajo del Cuarteto Artemis merece todos los respetos.

Y para terminar, el Cuarteto nº 2 de Chaicovsqui, su op 22. Este compositor -sin duda el más célebre músico ruso de la era romántica- no se prodigó demasiado en crear obras de cámara: apenas tres cuartetos, un trío con piano y un sexteto de cuerdas. Los cuartetos se escuchan poco: el resultado input/output no compensa el esfuerzo. Cuarenta minutos largos dura esta obra, y si no fuera por la extraordinaria calidad de la ejecución que supo extraer toda su esencia, posiblemente habría producido cansancio. Pero el sonido subyugante de los unísonos del 1º movimiento, el intrincado ritmo del Scherzo (se percibe un 4/4 seguido de un 3/4, pero la escritura es diferente), el impresionante clímax del Andante y el juego de voces cruzadas en el fugato del Finale hicieron que uno siguiese la trama con atención. Obra exigente para músicos y para el público, cosechó entusiasmados aplausos. Ya me parecía que después de semejante obra solo cabría un bis en la misma línea, y así fue: el célebre ‘Andante cantábile’ del Cuarteto nº 1 de Chaicovsqui fue un broche final impecable, tocado con sordinas y creando un clima de ensueño de gran belleza.

Excelente concierto, ante un público entregado y agradecido.

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