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Austria

Pollini, otro y el mismo

Jesús Orte

jueves, 28 de agosto de 2008
Salzburgo, sábado, 16 de agosto de 2008. Grosses Festspielhaus. Maurizio Pollini, piano. Schumann: Concierto sin orquesta op. 14. Chopin: Sonata N. 2 op. 35. Liszt: Sonata en Si menor. Festival de Salzburgo
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“Las personas no cambian; si acaso, las cambia el tiempo”. La sabiduría popular acierta casi siempre, y la música clásica no es una excepción. Ahí está el pasado y el presente de toda una leyenda como Maurizio Pollini para demostrarlo. En su fuero interno, desde luego, sigue siendo el mismo: programa de altísima dificultad, enfoque austero y sin concesiones, interpretación de máxima autoexigencia técnica. Pero el tiempo no pasa en balde para nadie, tampoco para él. Puede parecer una obviedad, pero conviene decirlo cuanto antes: la técnica de Pollini sigue siendo imponente, pero ya no es la que era: el mecanismo ya no es tan infalible, la precisión rítmica ya no es tan milimétrica, la gama dinámica ya no es tan amplia. A sus 66 años, el milanés sigue tocando a tumba abierta programas que provocarían pesadillas a otros pianistas solo de pensar en afrontarlos en vivo. Y los toca como lo que todavía es, un gran maestro. Pero ya no los toca de la misma manera.

Paradójicamente, lo que ahora deja espantado al escuchar a Pollini es todo aquello que sus detractores echaban de menos hace unas décadas: el cincelado del sonido, la variedad de colores, el fraseo exquisito, y un finísimo sentido poético que en realidad nunca le fue ajeno. Y es que solo por escuchar la ternura del vals de la sección central del Scherzo en la Segunda sonata de Chopin o la reseca, desoladora exposición del tema de la Marcha Fúnebre, la velada ya habría merecido la pena. Tampoco faltó ese sentido de crecimiento formal tan de Pollini, que en Schumann y Liszt deparó momentos de tensión casi insoportable. Tensión no siempre controlada al cien por cien -como en el ‘Allegro brillante’ del Concierto sin orquesta- pero acaso por ello también más genuina. En algún caso, hasta la misma imposibilidad física de mantener el pulso metronómico contribuyo a acrecentar la sensación de colapso. No faltara quien diga que así es un verdadero clímax…

Haciendo balance, resulta irónico que las palabras que mejor se avengan con un recital de Pollini sean las de desigual e intermitente. Porque, pese a quien pese, sus lecturas del Concierto sin orquesta de Schumann, la Sonata nº 2 de Chopin y la Sonata en Si menor de Liszt, lejos de ser redondas, resultaron abiertamente imperfectas. Y sin embargo, casi nadie se atrevería a escamotearles el calificativo adicional de geniales. Lo bueno de Pollini es que, polémicas y especulaciones a un lado, uno tiene la seguridad de que él seguirá imperturbable e insobornable a lo suyo. Tocando como cree que puede y debe tocar. Como hasta ahora.

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