España - Madrid

Madrugada con la orquesta libertina

Samuel Llano
jueves, 12 de abril de 2007
Madrid, martes, 27 de febrero de 2007. Auditorio Nacional. Wiener Filarmoniker. Daniel Barenboim, director. Franz Schubert: Sinfonía nº 5 en si bemol mayor D 485. Anton Bruckner: Sinfonía nº 7. Ciclo Ibermúsica
0,0004694 Se dice comúnmente -si es que se puede considerar patrimonio común lo que se discute entre músicos- que a una buena orquesta se la reconoce desde los primeros compases. Yo conocía a la Filarmónica de Viena, a la que había tenido ocasión de escuchar en registros discográficos e incluso de ver la televisión, como espectador de la retransmisión de los conciertos de Año Nuevo en Viena. Yo ya estaba al corriente de su versatilidad, que le permite alcanzar la excelencia en repertorios muy dispares y bajo batutas muy distintas, como puedan ser las de Zubin Mehta o Ricardo Mutti. Sin embargo, esta era la primera vez que tenía la ocasión de disfrutarla en vivo y en directo, desde una distancia prácticamente mensurable en palmos. En seguida sufrí un desengaño: la orquesta es aún mejor de lo que prometía ser cuando la escuchaba arropado por el salón doméstico y con el beneficio de los avances tecnológicos que, desde las mismas oficinas de retransmisión o las casas de grabación, manipulan el producto depurando esos pequeños ‘fallos’, para que no nos avergoncemos tan severamente de nuestra condición humana.

Desde el primer acorde, nos vemos obligados a admitir que se trata de una agrupación excepcional, máxime cuando ese mismo acorde, el de si bemol mayor con el que se abre la Quinta sinfonía de Franz Schubert D. 485, se lo habíamos oído a tantas y tantas orquestas, y ahora nos parece un sonido nuevo, de una resonancia y una brillantez inauditas, que logran que algo en nuestro interior brinque de entusiasmo. Lástima que a la hora a la que comenzó el concierto, las once menos cuarto, el oído ya no se comporte como ese órgano capaz de vibrar de entusiasmo ante un estímulo sonoro digno de recibir semejante recompensa a su colaboración. Sólo una orquesta con la reputación tan elevada y un director del renombre de Baremboim consiguen mantener lleno el auditorio hasta la una de la madrugada, aunque a quienes les importa la calidad en lugar del renombre, prefieran que el encuentro se aproxima al five o'clock tea, que es cuando el oído aún tiene el apetito abierto.

Con una orquesta así, es muy difícil valorar el aporte de un director. Casi parece que podía dirigirse sola, y, de hecho, en lugar de contar con un titular que pase con ella el tiempo suficiente para que ambos se conozcan y se impriman mutuamente una huella que podría resultar fatalmente indeleble, la Filarmónica prefiere jugar a la promiscuidad, aunque una y otra vez recupere sus relaciones de antaño.

Aunque no pretenda revelar obscenamente detalles personales, diré que en mi estantería cuento con una grabación de esta sinfonía a cargo de la misma Filarmónica de Viena, en esta ocasión dirigida por Karl Böhm. Pues bien, el resultado es tan parecido, pese a que median alrededor de 30 años entre ambas interpretaciones, y pese a que, por tanto, los intérpretes de la orquesta han cambiado mayoritariamente, que uno se siente inclinado a creer que la Filarmónica de Viena cuenta con una tradición oral que rige y mantiene vivos e invariables sus criterios de interpretación, los cuales, no obstante, no parecen quedarse obsoletos. ¿El papel del director es servir de imagen, o consiste en permitir a la orquesta expresarse de acuerdo con sus convicciones apriorísticas y prioritarias?

Quizás la interpretación de la también infinitas veces tocada Sinfonía nº 7 de Bruckner proporcione una pauta. Aquí el papel del director es probablemente más decisivo, puesto que debe coordinar a la orquesta, de una forma que ella sola seguramente no podía, para dar transparencia a un planteamiento formal -el de la sinfonía- que, como en toda la música de Bruckner, tiende a la opacidad, o incluso al desequilibrio. Bruckner es un niño genio dotado de grandes ideas pero privado de capacidad de raciocinio y de expresión. Salvo el tercer movimiento, que, como el 'Scherzo' de su Novena sinfonía, se encuentra magistral y unitariamente trabado, de forma que nos despegó a todos de nuestra butaca a las doce y media de la madrugada, y nos sustrajo a nuestro letárgico abandono, la sinfonía requiere una mano firme y experta que se abra camino entre la frondosidad de la maleza. Barenboim ha sido otro director más en fracasar en este noble y encomiable intento, aunque nos ha dejado grandes momentos en el intento, como el comienzo del segundo movimiento o el tercer movimiento entero, que resultó infinitamente más sensato que el que ofreció unos mese antes la Orquesta Nacional de España en la misma sala. De hecho, de no ser por estas dos partes de la sinfonía, y aún por alguna otra, no me explico el éxito en el repertorio y el canon internacionales, donde figura entre las más interpretadas. Pero aquí, quien manda, y quien debe mandar, es el público, sobre todo si llena el auditorio de madrugada con su entusiasmo.
Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.