España - Andalucía

Dos genios

Fernando López Vargas-Machuca

viernes, 23 de marzo de 2001
Jerez de la Frontera, viernes, 16 de marzo de 2001. Teatro Villamarta. Haydn: Sinfonía nº 92 en Sol mayor, 'Oxford'; Sinfonía concertante para oboe, fagot, violín violonchelo y orquesta en Si bemol mayor. Beethoven: Sinfonía nº 7 en La mayor. Orquesta del Mozarteum de Salzburgo. Hubert Soudant, director. Temporada de Conciertos del Teatro Villamarta.
Haydn y Beethoven: dos de los mayores genios de la música. 'Menuda perogrullada', pensará más de un lector. Pues no está de más realizar tal afirmación, a tenor de ciertas consideraciones que sobre la obra de tan relevantes figuras se pueden leer últimamente. Que si el autor de Las estaciones no es más que un gran artesano con mucho oficio, que si al de Fidelio le sobran 'brumas germánicas' -será porque nació en Valladolid- y hay que bajarle de su podio para devolverle a la dimensión humana, etc. No, si cualquier día de estos los melómanos de gustos 'poco exquisitos' descubrimos, pobres ignorantes, que toda la historia de la música no es más que una evolución de menos a más que nos ha conducido desde la prehistoria del oscuro medioevo hasta la grandeza visionaria de autores como Tomás Marco o Michael Nyman. De momento, quien esto suscribe se reafirma en su opinión: Haydn y Beethoven, grandísimos. Y por mucho tiempo.A lo que vamos. Más que notable el nivel medio del concierto ofrecido en el Villamarta por la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo y quien es su director desde 1995, el holandés Hubert Soudant. La primera parte, mucho más que eso: excepcional. Por un lado, la formación posee un nivel técnico y una adecuación estilística verdaderamente inmejorables para interpretar el repertorio clásico centroeuropeo: virtuosismo (a pesar de alguna notas falsa en los metales), equilibrio entre las familias instrumentales y apolínea belleza sonora. Puede sonar tópico, pero es verdad. Por otro, la batuta mostró una gran afinidad con Haydn. Supo trazar lecturas dinámicas, tensas, llenas de vida, de texturas transparentes, atentas a tanto a la elegancia del fraseo como a la búsqueda cierto carácter rústico consustancial a esta música. Estilísticamente se enmarcarían dentro de lo que podríamos denominar 'tradición renovada', es decir, a medio camino entre la ortodoxia tipo Colin Davis o Marriner y la línea historicista de Brüggen o Pinnock.Así pues, Soudant se mostró excelente tanto en la Oxford que abría el programa como en la Sinfonía Concertante que la seguía, página quizá no de tan excelsa inspiración pero de gran belleza. Por desgracia los cuatro solistas no estuvieron aquí a la altura del director: fagot y oboe estupendos, muy musicales, violonchelo un tanto frágil e inexpresivo y violín de afinación manifiestamente mejorable. Aun así, fue esta una estupenda interpretación, a juicio de quien suscribe mucho más intensa y sentida que la que nos ofreció al frente de la Sinfónica de Londres el pasado verano en Granada un holandés mucho más conocido, nada menos que Bernard Haitink.La Séptima de Beethoven no resultó tan convincente. El problema no creo que fuera el un tanto heterodoxo acercamiento formal (vibrato dosificado con cuentagotas, predominio del stacatto, ataques agresivos -aun sin llegar a los extremos de Harnoncourt-), sino en la falta de sintonía espiritual. La música del genial sordo surge de un mundo interior sin el que la partitura no tiene sentido. Ese trasfondo, que es el que hace al autor emprender sus revolucionarias innovaciones, debe ser correctamente recreado por la batuta, que no debe quedarse en la mera combinación de sonidos más o menos atractivos e impactantes.Esto último fue lo que pasó. Todo sonó bien -por momentos muy bien-, Suodant fraseó con buen gusto, condujo a su excelente orquesta con tensión indesmayable, fue vistoso y brillante cuando la partitura lo requería, pero se quedó muy corto en aliento dramático y poesía. Insípido el allegreto. Los restantes movimientos, muy espectaculares pero chatos en dinámica, parcos en matices y ayunos de espíritu combativo. En cierto modo me recordó al Beethoven contundente y machacón que hoy nos ofrece Claudio Abbado: muy eficaz de cara a la galería, pero poco convincente para los que creemos que su música es inmensa porque su interior también lo es. Claro que algunos a esto, a restarle grandeza, lo llaman democratizarlo. Así nos va.

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