España - Madrid

Dos héroes en la arena

Samuel Llano

miércoles, 20 de junio de 2007
Madrid, lunes, 11 de junio de 2007. Teatro de la Zarzuela. Sophie Koch, Mezzosoprano. Sophie Raynaud, Piano. Gabriel Fauré: Poème d'un jour Op. 21; Cinq mélodies de Venise, Op. 58. Henri Duparc: L'invitation au voyage; La vie antérieure; Phydylé. Franz Schubert: Ganymed D. 544; Auf dem Wasser zu singen D. 774; Du bist die Ruh D. 776; Gretchen am Spinnrade D. 118; Der Musensohn, D. 764. Richard Strauss: Nichts, Op. 10, no. 2; Allerseelen, Op. 10, no. 8; Befreit, Op. 39, no. 4; Frühlingsfeier, Op. 56, no. 5. IX Recital de la XIIII edición del ciclo de lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid
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Sophie Koch ha coronado la XIII edición (2006-2007) del Ciclo de lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid ante un lleno absoluto, con un recital colmado de emociones, y culminado por nada menos que cinco propinas. La cota de calidad se mantuvo elevada en el transcurso de todo el evento, aunque hubo momentos particularmente brillantes. Con mucho tino se situó al final del programa lo que mejor correspondía a la voz de la mezzo Koch, que fue a su vez lo que sobresalió, esto es, los lieder de Richard Strauss. Nada más lejos se pueden encontrar de los Vier letzte Lieder. En los que interpretó Koch aún brilla el espíritu de la opereta, distorsionado al hacerlo pasar por el filtro decadentista y genial de Strauss, como sucede en Der Rosenkavalier y en tantas otras de sus partituras. ¡Qué maravillosa pintura para el piano, y cuántas ventanas se nos abren para descubrir la naturaleza multicolor de la voz! En todo caso, esa presencia de la opereta sirvió a Koch para liberarse del hieratismo que mantuvo desde que al salir a escena por primera vez, a las 20 horas, dedicase un saludo distante al público, lo cual podemos interpretar como una forma de romper el vértigo inicial, que algunos artistas prefieren hacer de forma cálida, y otros, como es el caso, desde la distancia. No me parece reprochable, sino que, más bien, lo observo como la apuesta por jugar una de las cartas de la baraja.

Strauss es la horma de la voz oscura de Koch, de su perfecta dicción alemana y de su espíritu grave, aunque presto a desvelar las ironías de la vida aún moderna en decadencia, preludio de la postmodernidad. La voz de Koch se ha oscurecido con el tiempo, ganando en profundidad. Si uno repasa su historial se encuentra en su debut con Rosina del Barbero de Sevilla, pero ahora tenemos un Strauss heroico, con los pies hundidos en el barro.

También dejó una impresión honda en el público la serie de lieder de Schubert, que incluyó una versión memorable del célebre Gretchen am Spinnrade. Solamente podríamos objetar un levísimo exceso de pesantez, el mismo que resultaría tan favorable en su interpretación de Strauss.

Siguiendo con un recorrido del programa en orden inverso, llegamos a las mélodies de Henri Duparc, que ocuparon el final de la primera parte, y que parecieron dejar al público un tanto frío. Yo diría que su interpretación ofrecía muchas nuevas luces y, en muchos aspectos, superaba, a la de Felicity Lott, quien en los últimos años ha incorporado a su repertorio habitual algunas de estas mélodies de Duparc, y quien las ha ofrecido magistralmente –incluso en el mismo Teatro de la Zarzuela en diciembre, en el transcurso de su participación en este XIII ciclo de lied [leer Riamos a los años]. Por lo que respecta, por ejemplo, a la Invitation au voyage, sobre el poema homónimo de Baudelaire, la “versión” de Lott cuenta con su sabiduría y experticia a la hora de construir la arquitectura de texturas en sucesión contrastada, gracias a la inestimable ayuda de Graham Johnson. Koch tiene a su favor una potencia mayor para alcanzar y sublimizar los pasajes agudos, juicio que sostengo a pesar de que transportase algunas mélodies para adecuarlas a su registro de mezzo. A cada cual se le juzga conforme a su ámbito vocal. Su solidez es mayor que la de la Lott de estos años, quien acusa cierta fragilidad, a veces maravillosa y otras ligeramente inquietante, en los movimientos súbitos hacia el registro agudo.

Finalmente, es decir, al principio del programa, se encontraban los dos ciclos de mélodies de Gabriel Fauré, que, para mi gusto, y, a diferencia de la opinión del público, constituyeron la cima de la velada junto con Strauss, y que fueron inteligentemente situados en primer lugar. Esto demuestra que Sophie Koch se escucha a sí misma y se conoce antes de tomar decisiones. A propósito de su interpretación de Fauré, elogiaré su capacidad y su buen criterio para modular la voz de acuerdo con el texto y la frase melódica. Lástima que Sophie Reynaud, en el piano, no encontrase una sonoridad más ligada en los arpegios del piano para perfumar la melodía. Es extraño cómo a veces recordaba a un viejo pianoforte. En “Mandoline”, de las Cinco melodías de Venecia, la imitación del instrumento al que alude el título se veía afectada por la extraña sonoridad del piano. Aunque la propuesta de Fauré recuerde más a una guitarra que a una mandolina, difícilmente podíamos identificar un instrumento de cuerda acompañando al canto, al contrario de lo que sucede en otras interpretaciones grabadas. Por decirlo de alguna manera, el acompañamiento de Reynaud resultaba demasiado abstracto para evocar la mandolina.

Este recital supuso un broche de oro para el ciclo por la calidad en la interpretación, por la sensatez con la que se eligieron las obras, y por la pericia con la que se dispuso su orden.

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