España - Galicia

New York, New York

Xoán M. Carreira

jueves, 19 de julio de 2007
Santiago de Compostela, sábado, 7 de julio de 2007. Teatro Principal. Octavio Vázquez, Trío para violín, violonchelo y piano (2006), Sonata para violín y piano nº 1 (1990), Cuatro preludios para piano (2001, selección de los ‘19 preludios para piano’), y Sonata para violín y piano nº 2 (1993). Cristina Pato (Trío) y Octavio Vázquez (resto del programa), piano. Evgeny Moriatov, violín. Carlos García Amigo, violonchelo. Ciclo ‘Os nosos compositores’. II Festival Via Stellae

Este concierto tenía el triple atractivo de ofrecer un monográfico retrospectivo (1990-2006) de Octavio Vázquez, un compositor gallego residente en Nueva York cuya obra conocía poco; el debut gallego como pianista de cámara de Cristina Pato, muy popular en Galicia en su faceta de gaiteira pop-folk, y volver a escuchar a Evgeny Moriatov, un violinista de San Petersburgo pero criado en A Coruña, al cual llevaba años sin escuchar. Me queda por mencionar al cuarto protagonista de la matinée, Carlos García Amigo, violonchelista de la Real Filarmonía de Galicia, habitual animador de la música contemporánea gallega, y representante de la tercera generación musical de su familia, más conocida popularmente como “los Pachote”.

Salí encantado del concierto. Moriatov ha seguido evolucionando en lo que ya desde su infancia anunciaba: el niño talentoso y el adolescente brillante son hoy un intérprete maduro. Cristina Pato fue un descubrimiento: como pianista de cámara conserva la misma fuerza escénica –basada en el magnetismo y no en el histrionismo- que le conocíamos en su otra actividad. Me llamó la atención además, el modo en que combina su imagen de gaiteira ‘posmoderna’ con el pelo verde, una de sus señas distintivas, con un look que evoca a Martha Argerich, tan sensual como ella, pero más racional y menos volcánica, como corresponde a una pianista del siglo XXI. Acostumbrada a hacer música con otros y a disfrutar de ello, Cristina Pato posee una sólida técnica que le permite abordar obras tan complejas como el Trío de Ligeti y además ama y entiende perfectamente la música de nuestros días (actualmente está preparando su tesis doctoral con Osvaldo Golijov).


Cristina Pato
Fotografía © 2007 by zoumarecords

Pero el protagonista del concierto era Octavio Vázquez (Santiago de Compostela, 1972), un compositor cuya carrera se ha desarrollado casi exclusivamente en EEUU y no es muy habitual en los conciertos gallegos o españoles, aunque las dos orquestas gallegas, la Real Filarmonía de Galicia y la Orquesta Sinfónica de Galicia, le hayan realizado encargos. Me resultó sin embargo desazonador descubrir que tres de las cuatro obras del programa eran estrenos en Galicia. Es lógico en el caso del Trío para violín, violonchelo y piano, una obra ambiciosa de 45 minutos y de alta dificultad interpretativa, compuesta en 2006, pero incomprensible en el caso de la Sonata nº 1 para violín y piano, una obra encantadora escrita a los 17 años, con un lenguaje accesible y unas exigencias técnicas igualmente accesibles.

Esta Sonata es la primera obra que Octavio Vázquez –quien empezó a componer a los 7 años- decidió incluir en su catálogo. Su perfecto equilibrio de tópicos y aciertos, de convenciones y riesgos, hablan muy positivamente del autor y de su profesor lucense de composición, Indalecio Fernández Groba. Es una obra relativamente breve, donde se nota que la parte de piano –destinada a sí mismo- está más trabajada que la de violín, y a menudo asoman reflejos de música popular urbana: modismos zíngaros en el violín, pianismo ‘ambiental’ al modo de Elton John o Felipe Campuzano (gracias a Dios, no Clayderman), etc. Es lo esperable en un compositor aún no formado, y exactamente lo mismo que podían mostrar a su edad Bach, Beethoven o Mozart, por citar los grandes iconos: el que hoy los modelos de estos compositores nos resulten poco conocidos hace que su música juvenil nos parezca canónica, pero ellos –como casi todos los compositores adolescentes- mostraban su capacidad simplemente copiando bien a sus modelos y aportando su gotita de personalidad.

La Segunda sonata para violín y piano (1993), escrita en la época de su formación en el Conservatorio de Madrid está mucho mejor resuelta técnicamente: el mayor dominio del contrapunto permite una mayor fluidez del discurso y los modelos están ya más diluidos. Sigue siendo una obra sencilla, pero algunos momentos, como el paso del segundo al tercer movimiento –con un attacca-, suenan francamente bien.

Cronológicamente la siguiente obra interpretada fue una selección de sus 19 preludios para piano, basados no en las veinticuatro tonalidades habituales en otras colecciones, sino en las diecinueve posibles combinaciones de tres notas. Como explica el propio compositor en las notas al programa, “cada Preludio se basa en un único acorde de tres notas, que se mantiene constante a lo largo de cada pieza” y al mismo tiempo “en un estado de ánimo diferente, estados que son muy particulares, definidos y pasajeros”. En estas obras que tienen el aspecto de un ejercicio aparentemente desnudo, Octavio Vázquez exhibe una de sus características como pianista y compositor: no le interesan tanto las sutilezas del sonido como el impacto emotivo o la comunicación directa entre él y el oyente.

Vázquez se desarrolló como creador en los años noventa, cuando el discurso de la vanguardia europea era apenas una añoranza académica, y para él los mesianismos formalistas y elitistas carecen del menor sentido. La obra que se presentó como bis, Galician folk dances, es buena muestra de ello: Vázquez no buscó para ella danzas perdidas que necesitaran ser resucitadas, sino aquellas más populares, que todo el mundo conoce, empezando por la llamada Marcha del antiguo reino de Galicia (por supuesto la obra es de finales del siglo XIX), que se toca a menudo en actos públicos, y otras varias adaptadas por Milladoiro, el grupo de folk gallego más popular en los 80 y 90.

El ambicioso Trío, escrito para el Proyecto Guernica (una organización no gubernamental) y conmemorando el 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil española, respeta las convenciones del género, que en este caso vienen condicionadas por las grandes dimensiones y los cinco movimientos, y el dramatismo derivado del trágico bombardeo de la villa de Guernica. El modelo principal del Trío no sólo es evidente sino que está presente a través de alusiones: se trata del Trío nº 2 de Shostacovich, o su ‘hermano’, el Cuarteto nº 8, que interesan tanto en sí mismas como simbólicamente, puesto que representan la asunción consciente de unos procedimientos musicales que colectivamente están asociados al repudio de la violencia y el autoritarismo.

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