Discos

La resurrección discográfica de la Sinfónica de Chicago

José Sánchez Rodríguez

jueves, 9 de agosto de 2007
Gustav Mahler: Sinfonía nº 3 en Re menor. Michelle DeYoung, mezzosoprano; Mujeres del Chicago Symphony Chorus (director: Duain Wolfe); Coro de Niños de Chicago (directora artística: Josephine Lee). Chicago Symphony Orchestra. Director: Bernard Haitink. James Mallinson, productor; Christopher Willis, ingeniero de sonido. Dos discos compactos DDD de 102 minutos de duración. Grabado en vivo en el Symphony Hall de Chicago los días 19 al 21 de octubre de 2006. CSO Resound. CSOR 901701. Distribuidor en España: Harmonia Mundi

Casi cuatro años han pasado desde la publicación del último disco “oficial” de la Sinfónica de Chicago, un excelente programa con los Conciertos para piano nº 1 de Chaikovski y Mendelssohn con Lang Lang y Daniel Barenboim para Deutsche Grammophon. Desde ese lejano 2003 la CSO se ha visto envuelta en una especie de letargo discográfico, quién sabe si agravado por la propia crisis del conjunto ante el anuncio de la retirada como titular de Barenboim (situación resuelta provisionalmente con el nombramiento de Bernard Haitink como Director Principal).

Pero, a semejanza de la iniciativa de otras grandes orquestas (London Symphony, Concertgebouw), la Sinfónica de Chicago ha decidido remontar el vuelo creando su propio sello, que se nutrirá de grabaciones en vivo de sus conciertos de temporada. Se anuncian seis registros durante los próximos tres años, a los que se sumarán cuatro grabaciones para su descarga a través de Internet. CSO Resound, que así se llama la nueva marca, promete darnos muchas horas de alegría a los que tenemos a la CSO como el conjunto sinfónico más poderoso, dúctil y perfecto del mundo.

Para iniciar la aventura era casi obligado seleccionar un registro protagonizado por el veterano Haitink que, miren ustedes por dónde, se ha convertido en uno de los músicos mejor representados en disco de los últimos tiempos (sin ir más lejos, en los sellos anteriormente citados). Pues bien, esta Tercera de Mahler de la que nos toca hablar ahora, constituyó la presentación oficial del gran director holandés en su nuevo cargo.

Ni que decir tiene que no es la primera vez que la Sinfónica de Chicago graba la descomunal partitura. A juzgar por los registros conocidos -Martinon (1967, álbum conmemorativo CSO), Levine (RCA, 1975) y Solti (1982)- el conjunto norteamericano le tiene bien tomada la medida a la pieza, una página en la que Mahler empleó todos los recursos a su alcance para colmar su ambición de lograr un verdadero universo musical (“La sinfonía ha de ser como el mundo, ha de contenerlo todo”). Y si grandes eran las aspiraciones mahlerianas, no lo son menos las exigencias a las que se enfrenta la orquesta y que la CSO cubre, como era de esperar, con un despliegue de medios realmente fabuloso.

Tampoco era ésta la primera ocasión en que Haitink se acercaba a la obra, de la que nos ha dejado ya varias versiones en disco, la última de ellas con la Filarmónica de Berlín (1990, con Florence Quivar), recogida en un espléndido DVD Philips que no dudo en recomendar.

La versión resultante proviene de varias tomas efectuadas los días 19, 20 y 21 de octubre de 2006 en el Orchestra Hall, con la garantía de James Mallinson como productor y Christopher Willis como ingeniero de sonido. Desde luego la calidad técnica de la grabación es soberbia en todos los aspectos: resolución espacial y tímbrica, gama dinámica, todo lo que se puede esperar de un registro moderno; aunque, puestos a pedir, no sería mala idea que alguien se preocupe de sacarla en el futuro en formato SACD. Llama la atención, por cierto, la casi total ausencia de ruido de sala, apenas alguna imperceptible tos, y la decisión, discutible, de eliminar los aplausos (¿no era una toma en vivo?)
 
Hace unos años le oí a Haitink en el Festival de Canarias una magistral Primera de Mahler que dejaba bien claro el grado de madurez y sabiduría alcanzado por al maestro holandés. A imagen y semejanza de aquella interpretación, Haitink somete a la Tercera a un proceso de “purificación” que sienta maravillosamente a una partitura propicia a la dispersión temática. Puede hablarse de lectura objetiva y habrá incluso quienes perciban cierto distanciamiento en esa forma de hacer. Haitink opta por difuminar lo decorativo y centrarse en lo verdaderamente esencial. De este modo la construcción del grandioso fresco gana fuerza e interés: más allá de resbaladizas referencias conceptuales –en este sentido el programa de Mahler para la Sinfonía parece ocupar un plano secundario-, Haitink se concentra en mil y un detalles puramente musicales que su batuta consigue vertebrar en un conjunto de una coherencia y unidad indiscutibles.

La compleja secuencia del telúrico movimiento inicial es modelada por Haitink con meticulosidad. La orquesta le sigue con precisión inaudita, matizando hasta el extremo y consiguiendo unos reguladores dinámicos prodigiosos sobre una trama polifónica en la que se oye literalmente todo. Brillan con especial intensidad la mítica sección de metal, de sonoridad apabullante pero nunca descontrolada, capaz de glissandi inverosímiles -mención de honor para el trombón de Jay Friedman-, y la cuerda, empastada como si se fuese un solo instrumento.

Con todo esto Haitink consigue variaciones de “color” orquestal muy llamativas (increíbles clarinetes, unísonos de las maderas de pulcritud y brillantez extrema), y ni siquiera en los tutti más abrumadores se emborrona el sonido. Una lectura de concepto radicalmente opuesto, en cualquier caso, a la que ofrecía hace unos meses Pierre Boulez con la Staatskapelle de Berlín en un concierto retransmitido por radio: en ella el tan a menudo tildado de frío maestro francés nos mostraba una Naturaleza bastante más siniestra e inquietante.

Haitink frasea con gusto exquisito el segundo movimiento, vivaz sin ser trivial, lírico sin caer en lo relamido; el collage secuencial con sus traviesos cambios de tempo está también admirablemente recreado, por no hablar del virtuosismo de la ejecución. El nivel no decae en el tercero, coloreado por unas maderas soberbias -el clarinete impone su excepcional clase- y la formidable actuación del solista principal de trompeta Christopher Martin, una de las últimas incorporaciones a la plantilla del conjunto, que se hace cargo además del importante solo de postillón. Muy sabrosas las onomatopeyas de los “animales del bosque”, tocadas con una chispa y un encanto irresistibles.

El extracto de Así habló Zaratustra de Nietzsche para el cuarto tiempo encuentra en la mezzo Michelle DeYoung una voz de muchos quilates, carnosa y bien timbrada, que canta y dice con intención y un regusto amargo. Haitink propone asimismo una visión poco complaciente para el quinto tiempo -aunque sin llegar a los extremos fantasmagóricos de un Abbado con la Filarmónica de Viena (DG, 1981)-, con un coro femenino extraordinario y una DeYoung que funde maravillosamente su instrumento con los niños (perfectos, por cierto).

La cuerda de Chicago nos introduce en el trascendente final con su tersura, su control del vibrato y un fraseo que transpira verdadero amor. La atmósfera de dulzura y ensimismamiento, casi en tono de oración, domina un discurso de suaves transiciones que nos conduce a un clímax con toda la intensidad exigible, perfectamente marcado por un timbal sensacional.

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