Reino Unido

Palabras de sobra

Agustín Blanco Bazán
jueves, 9 de agosto de 2007
Londres, martes, 10 de julio de 2007. Barbican Center. La pasión de Simone. Jornada musical en quince estaciones con texto de Amin Maalouf y música de Kaija Saariaho. Regie y escenografía: Peter Sellars. Vestuario: Martin Pakledinaz, Iluminación: James F. Ingalls. Productora ejecutiva: Diane J. Malecki. Elenco: Dawn Upshaw (soprano), Michael Schumacher (solista de Ballet). Textos de Simone Weil leídos por Dominique Blanc. London Voices. Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham. Robert Spano, director. Festival de La Nueva Esperanza Coronada.
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¿Puede el lector imaginarse algo mas difícil que entrevistar a una compositora finlandesa? Tan escuetos son los compatriotas de Sibelius que ellos mismos han inventado esa broma de los finlandeses sentados a comer. Luego que dos de ellos han proferido un conciso elogio a la comida, un tercero exclama irritado: “¡lo siento, a mi me invitaron a comer, no a hablar!”.

Tampoco la espigada y sobria compositora Kaija Saariaho pareció dispuesta a hablar demasiado en su charla con Peter Sellars antes del estreno londinense de su Pasión de Simone, y cuando habló lo hizo con la precisión con que escribe sus partituras. “Cuando decidió morir por inanición en un hospital de Londres en 1943 en solidaridad con las victimas de campos de concentración, Simone Weil tenía 34 años, uno más que Cristo y uno menos que Mozart”, dijo Saariaho. “Y me impresiona que mientras le llegaba la muerte escribía a sus padres en Estados Unidos diciéndoles que estaba bien, para impedir que ellos obstaculizaran su sacrificio. La ultima carta la recibieron los padres después que ella había muerto".

“Se dejó morir de hambre” , comentó Sellars “para compartir el sufrimiento y el destino de otros seres humanos… algunos la consideraron como una suprema egoísta por esta muerte…otros la tienen como una santa”.

Y cuando se dio cuenta que la Saariaho no parecía en estado de ebullición verbal, Sellars continuó, con esa emoción típica suya ante la mirada y la admiración atónita de la finlandesa y el público: “Weil siempre quería compartir el sufrimiento de sus semejantes…Por ello comenzó como adolescente a trabajar en una fabrica, y tuvo que ser hospitalizada varias veces como resultado de inhumanas condiciones de trabajo. Luego se fue exiló de Francia a Nueva York con su familia judía, pero ella volvió a los tres meses para trabajar en Londres para el gobierno de De Gaulle en el exilio, esperando que la enviaran a la resistencia detrás de las líneas enemigas. Sin embargo sus empleadores no quisieron hacerlo. Por ello Simone decidió compartir el sufrimiento y la muerte desde Londres. Simone se convirtió al cristianismo pero no quiso entrar a la Iglesia Católica por el carácter excluyente de esta para tantos seres humanos. Los libros de Simone Weil contienen maravillosos aforismos, frases esclarecedoras de la vida, seguidas por otras frases terriblemente crípticas. Esta obra musical inspirada en los escritos de Simone es una jornada en quince estaciones que se inspira en las estaciones del via crucis pero utilizadas metafóricamente, sin la liturgia sino como un camino meditativo del sufrimiento y la muerte. La soprano solista no es Simone, sino una mujer en la encrucijada de su propio destino que quiere descubrir el sentido del sufrimiento y la muerte y no puede dejar de preguntarse como alguien tan inspirador de los valores más altruistas pudo ser tan egoísta como para cometer suicidio. Pero el escritor George Herbert dijo de Simone que ella decidió dejar de comer como única forma de poder acceder al banquete espiritual más pleno y vivificante. El solista de ballet interactúa con la soprano acentuando sus dilemas o contraponiéndoles respuestas y el coro comenta las alternativas de este viaje en particular esa gran paradoja de todas nuestras vidas y la muerte, representada en la insuficiencia de ideales frustrados y en la plenitud de todo lo que se consigue lograr a través de las frustraciones. En la vida muchas cosas se pierden y se frustran, muchas preguntas quedan sin respuesta. Pero otras preguntas son interrumpidas con una plenitud que excede las expectativas de toda esperanza”.

Durante este discurso recordé la introducción de Sellars a las Cantatas de Bach escenificadas por él y Lorraine Hunt Lieberson. ¿Será realmente así este talentoso artista? No sé, pero lo cierto es que pocas experiencias se comparan a verlo hablando del sentido vital y trascendental de cualquier obra musical que el considere no solo como expresión de arte sino de humanismo social.

El escenario de esta Pasión es una plataforma elevada sobre una numerosa dotación orquestal. En ella la soprano solista se sirve de una mesa y una puerta para actuar su dialogo con la invisible Simone, ya sea sentada a la mesa, leyendo o tratando de escribir algo, o caminando erráticamente con sus indecisiones mientras el bailarín mudo parece ora acentuar los interrogantes, ora responderlos. Varias veces se detiene la soprano frente a la puerta, para solo transponerla al final, cuando el sentido de un sacrificio “por la humanidad toda”, tan esencial a la filosofía cristiana, parece ayudarle a superar sus propias contradicciones.

Esta es una de esas obras donde el director de escena se convierte en un co-creador. “todos aportamos lo que más nos toca de la vida de Simone” comentó Saariaho. “A Peter Sellars le interesa el mensaje social, el sentido comunitario de la vida de la escritora. Al libretista, Amin Maalouf las contradicciones existenciales que la llevaban a apartarse de sus seres mas cercanos, fundamentalmente sus padres, para concentrarse en un mensaje universal. Yo me encuentro con ella en la metafísica de sus abstracciones, tan profundas y conmovedoras.”

Y así es la música de Saariaho, insistentemente repetitiva en una percusión clara, que apoyada en detalles de cuerdas y metales se explaya en acordes de etérea luminosidad. La oscuridad del drama es dejada a la soprano, que articula sus alternativas de angustia y exaltación con una línea vocal variada desde stacatti intensamente apoyados a momentos expresivos de canto legato. Los sobretítulos en inglés se restringen a las reflexiones de Weil, que una actriz invisible recita en el original francés. Y el coro, ubicado en un ala del anfiteatro superior del Barbican, actúa como la voz del bailarín, como medium en esos momentos claves donde los interrogantes de la soprano deben ser realzados como insolubles o respondidos con el mensaje de compasión, un concepto enigmático, polivalente, tal vez contradictorio, que esta obra excelente logra llevar al publico con la fuerza de un mensaje de Bach o… sí, de ese mismo Mozart, bajo cuya advocación Peter Sellars insiste en agrupar con manifestaciones artísticas de su Festival de la Nueva Esperanza Coronada.

Magnífica en impostación y color la voz de Dawn Upshaw, que actuó su largo monólogo bien metida en esa gesticulación coreografiada por Sellars con la precisión necesaria para coordinar con la espiritualidad muda propuesta por el ora intrusivo ora elusivo bailarín. Excelente la proyección de masa y articulación idiomática del London Voices, uno de esos grupos que saben poner la inimitable tradición coral británica al servicio de la música contemporánea. Robert Spano logró la diferenciación y el énfasis requeridos en la exposición de los diferentes planos sonoros propuestos por la compositora. Y en cuanto a ésta…¡que verborragia musical la suya! Pidámosle que por favor hable menos y componga mas, así nos beneficiamos todos de su talento.

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