España - Andalucía

Vísteme despacio que tengo prisa

Fernando López Vargas-Machuca

miércoles, 25 de abril de 2001
Sevilla, sábado, 21 de abril de 2001. Teatro de la Maestranza. Maurizio Moretti, piano. Orquesta Filarmónica de las Naciones. Justus Frantz, director. Wagner: Preludio de Lohengrin. Beethoven: Obertura de Fidelio, op. 72, Concierto para piano nº 1 en do mayor, op. 15. Rachmaninov: Sinfonía nº 2 en mi menor, op. 27. Ciclo ‘El Mundo Sinfónico’. Organización: Promúsica.
Para la clausura de la cuarta edición del ciclo El mundo sinfónico se ha contado con la Orquesta Filarmónica de Las Naciones, que realiza una intensa gira por España con actuaciones en Orense, Vigo, Pontevedra, Madrid, Logroño, Barcelona, Murcia, Toledo y Avilés, aparte de Sevilla. El patrocinio de la empresa alemana Würth, dedicada a los sistemas de fijación y montaje, le ha permitido regalar en sus conciertos, menudo lujo, un compacto grabado en directo con el contenido de la mayor parte del programa, integrado por obras de Beethoven y Rachmaninov. ¡Ojalá todas las empresas privadas dedicasen siquiera una pequeña parte de sus ganancias a la promoción de la buena música! Un ejemplo a seguir.Pero a lo que vamos. En mi opinión el concierto no estuvo bien. Concretando: se mantuvo en la más gris mediocridad a lo largo del programa oficial y alcanzó altos extremos de impresentabilidad en las propinas. Y no parece que fuera por culpa de la orquesta, una formación de buena calidad y con algunos solistas magníficos. No, el responsable del fracaso fue quien, siguiendo una idea de su mentor Leonard Bernstein, la fundara en 1995: el famoso pianista y director polaco Justus Frantz. Por un lado, porque no parecía sacar un sonido todo lo espléndido que debiera de un grupo de músicos, procedentes de los más diversos países, que a ratos mostraban una gran categoría pero que necesitan un trabajo intenso para sonar juntos de manera convincente. La gama dinámica, chata. La claridad, sólo aceptable. El empaste, precario. En demasiadas ocasiones iban cada uno por su lado. Y es que para ser una gran batuta hace falta técnica.Por otro, la musicalidad de Frantz parece bastante limitada. Lo más convincente fue quizá el Preludio de Lohengrin que, con muy buen criterio, el maestro añadió al principio del programa en homenaje a Giuseppe Sinopoli, fallecido la noche anterior. Una lectura equilibrada, sentida y en general muy correcta, a despecho de desajustes demasiados perceptibles y de la escasez de intensidad en el clímax. Menos lograda estuvo la Obertura de Fidelio. Sus virtudes fueron la energía y la unidad de su trazado. Sus carencias, aparte de las puramente técnicas arriba mencionadas, la rigidez de su fraseo, la carencia de matices y una evidente falta de profundidad. Aparente y resultona, quizá, pero poco emocionante.Lo mismo podemos decir de la labor de la batuta en el Concierto nº 1 de Beethoven, en el que el solista no contribuyó a mejorar las cosas. El joven Maurizio Moretti había actuado hace algún tiempo en el Villamarta junto a la Orquesta de Cámara del Concertgebouw, y entonces había causado en quien suscribe la misma impresión que ahora: este señor posee una muy buena técnica y es ajeno a excentricidades, pero no tiene nada que decir o aportar. Aquí se quedó corto muy corto en aliento poético, resultando frió y mecánico. Y claro, a muchos nos vino a la memoria lo que durante la Expo’92 hizo en este mismo escenario Daniel Barenboim en su doble cometido de batuta y director. Entonces sí que salieron a la luz todas y cada una de las maravillas de esta hermosísima partitura. Por supuesto que no podemos comparar el talento de Moretti y Frantz con el del argentino, pero al menos debemos exigirles un mínimo de inspiración.La Segunda sinfonía de Rachmaninov tampoco convenció. Bien es cierto que los movimientos pares resultaron correctos, pues el brío de la batuta los llevó con buen pulso y logró cierto brillo, pero los pares quedaron bajo mínimos. Nada hubo aquí de la melancolía agónica, de la belleza decadente -para nada meliflua- del ambiente enrarecido ni del tono fúnebre que son propios de la obra del autor. Por el contrario, las notas fueron leídas por Frantz con absoluta indiferencia y hasta inadecuación estilística, sonando más bien a Rimsky, a un mal Rimsky. Con interpretaciones como la aquí comentada no extraña que algunos sigan poniendo en entredicho la valía del autor de La isla de los muertos.El alegre y dicharachero director, que parecía estar realmente a gusto trabajando con músicos de etnias tan diferentes, decidió ofrecer varias propinas. Ojalá nunca lo hiciera. La breve actuación de cinco zíngaros de la orquesta fue simpática, eso sí, pero las lecturas que la Filarmónica y su titular realizaran de la Farandola de La Arlesiana de Bizet, de la Obertura de Carmen y de la Danza Húngara nº 5 de Brahms fueron espantosas, por mal tocadas y peor interpretadas, mostrando Franzt una vena hortera que sólo en contados momentos de la velada se había hecho patente. Un horror, que además prolongó el concierto hasta las dos horas y tres cuartos de duración. El público, ese mismo que se muestra frío y criticón con los mucho más interesantes conciertos de la Sinfónica de Sevilla, encantado de la vida. Pues qué bien.De todas formas, hay que aplaudir sin reservas la iniciativa de Promúsica de ofrecer un ciclo sinfónico en el Teatro de la Maestranza complementando la temporada de conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Es cierto que hasta el momento presente se ha contado con pocas batutas, solistas y formaciones orquestales de primera fila, que los precios son abusivos y que su repertorio es tan conservador como el diario que lo patrocina, esto es, El Mundo. Sin embargo, estas cuatro o cinco citas anuales permiten al aficionado salirse de la 'rutina' de la ROSS, escuchar páginas siempre atractivas y disfrutar de la labor de artistas cuanto menos interesantes. Está bien, muy bien, ya que es tan elevado el presupuesto que el coliseo hispalense destina a producciones líricas -tan decepcionantes como Traviata o tan excepcionales como Los Cuentos de Hoffmann- que no podemos disfrutar de una Filarmónica de Berlín o de una Sinfónica de Londres.

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