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Vanguardias, un siglo después

Javier del Olivo

viernes, 5 de octubre de 2007
Bilbao, viernes, 28 de septiembre de 2007. Palacio Euskalduna. Bèla Bartok. El Castillo de Barba Azul. Libreto de Bèla Balàzs. Michal Znaniecki, dirección de escena. Luigi Scoglio, escenografía. Zsia Dokwat, figurines. Boguslaw Palewicz, iluminación. Indiko Komlosi (Judith), Alan Held (Barba Azul). Richard Strauss. Elektra. Libreto de Hugo von Hofmannsthal. Peter Konwitschny, dirección de escena. Joachim Schlieker, escenografía y figurines. Manfred Voss, iluminación.Janice Baird (Elektra), Angela Denoke (Chrysotemis) Reinhild Runkel (Clitemestra) Alan Held (Orestes) David Kuebler (Egisto) Francisca Beaumont (Erste Magd) Nuria Lorenzo, Alexandra Rivas, Irene Ojanguren, María José Martos, Nuria Orbea, Irantzu Bartolomé, Mikeldi Atxalandabaso, Fernando Laborda, y Alberto Feria. Coro de Ópera de Bilbao, Boris Dujin, director. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Juanjo Mena, director musical. 56 Temporada de la ABAO. Ocupación 98%
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Resulta esperanzador, en cuanto a lo que significa de renovación del repertorio operístico de nuestros teatros, ver las obras con las que comienzan la temporada dos de las Asociaciones de Amigos de la Ópera de más tradición. Si hace unas fechas la temporada de Oviedo ponía en escena un infrecuente Tristán e Isolda de Wagner, ahora la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera) da comienzo a su 56 temporada con dos obras de principios del s. XX, que pese a ver transcurrido casi un siglo desde su estreno siguen siendo vanguardistas para el gusto musical más extendido. Por eso es encomiable que se inaugure una nueva temporada con dos óperas que nunca se habían representado en las temporadas de la Asociación. No es fácil tomar estas iniciativas, pero a tenor de lo visto en el Euskalduna el pasado día 28, el público ha respaldado con sus aplausos este paso modernizador, que ya tuvo precedentes en otras temporadas, con Salomé o Erwartung. Es de esperar que se siga por este camino. Pero vayamos por partes.

En primer lugar se presentaba, con producción propia de la ABAO (esfuerzo que no todos los teatros hacen para el estreno de su temporada), El Castillo de Barba Azul, de Bèla Bartok. Esta obra, estrenada en 1918 pero que el autor húngaro ya tenía terminada en 1911, es una de las más bellas muestras de la nueva música europea, llamémosla de vanguardia, de principios del s. XX. Con influencias que van de Debussy al expresionismo pasando por el folklore magiar, El Castillo cuenta con un magnífico libreto de Bèla Balàzs que junto a la música creada por Bartok trasmiten al público una sensación de belleza mezclada con tensión emocional. Los tintes dramáticos se entremezclan con intensos momentos líricos. La fuerza y pasión que emana la partitura no deja indiferente al espectador, que se ve inmerso en un mundo entre onírico y psicológico donde el propio Castillo, cual si fuera el tercer personaje de la obra, tiene vida y pulsiones humanas, como bien nos recuerda el gran especialista en Bártok Elliott Antokoletz en el excelente artículo que se publica en el programa general de la temporada.

Una obra tan rica en matices y con ese gran trasfondo psicológico sobre la vida y sus secretos puede dar pie a muy diversos enfoques escénicos. Michal Znaniecki opta por poner el énfasis en el lado más psicoanalítico y freudiano, convirtiendo la escena en un despacho de un sanatorio donde Judith, primero como monja redentora, pero poco a poco, más como mujer y amante, quiere ir desgranando y descubriendo los terribles secretos del paciente psiquiátrico Barba Azul que acaba siendo al final liberado de sus supuestas ataduras mentales en la que, en cambio, se verá inmersa su impetuosa esposa. Al final sólo quedará oscuridad.

El escenógrafo Luigi Scoglio, crea, como hemos dicho, un entorno clínico para la representación. En la pared frontal de la consulta se van abriendo las distintas puertas donde, gracias a la excelente iluminación de Boguslaw Palewicz y los simbolismos que introduce Scoglio, los espectadores, acompañados por la magnífica música de Bàrtok, van descubriendo los distintos estados del alma de los personajes. Destaca sobre todo la imagen de la última puerta, con una escalera de caracol por donde van bajando los espectros de las esposas de Barba Azul, todo un ejemplo de como se puede hacer algo sencillo y efectista sin exagerados alardes.

En lo musical todo rodó bien, más en el lado de los cantantes que en el del director y la orquesta. La húngara Ildiko Komilosi es una experta en esta obra, que incluso ha grabado. Cantar en su propio idioma le ayuda a crear una Judith expresiva, pero a la vez contenida, que va evolucionando hacia la obsesión por descubrir los más recónditos secretos del alma de su amante. Con una voz rica en matices, no tuvo dificultades en ningún registro, pero brilla claramente en la zona más baja y dramática. El bajo-barítono americano Alan Held creó un Barba Azul sobrio y nada histriónico, con una voz que trasmitió el dramatismo y la pasión que la obra requiere, sin problemas de emisión y con una potencia que en ningún momento quedó eclipsada por la orquesta. Ambos recibieron grandes aplausos del público.

Juanjo Mena dirigió con solvencia pero sin brillantez. Después de su excelente Holandés de hace dos temporadas, se esperaba más del director vasco en este repertorio centroeuropeo menos conocido. Aún así realizó un trabajo pulcro y muy atento siempre a sus cantantes. La orquesta, fiel seguidora de su director, cumplió con su cometido sin mayores dificultades.

Después de este apetitoso entrante el segundo plato era espectacular. Elektra supuso desde su estreno en Dresde en 1909 un avance fundamental en la ópera moderna tanto en el planteamiento argumental como en todo su desarrollo musical y dramático, abriendo la ópera a las transformaciones que sufría la sociedad europea a principios del S. XX, con una mujer que abandona su papel tradicional y matriarcal para exigir unos derechos y una libertad vedados hasta entonces. Una mujer con una personalidad propia que siempre atrajo a Strauss, más interesado en sus obras por la personalidad femenina que por la masculina. Tampoco fue ajeno el autor muniqués a las teorías psicoanalíticas y los nuevos estudios y enfoques sobre enfermedades mentales como la histeria o la esquizofrenia. Basado en la obra homónima de Sófocles y en una adaptación de la misma del propio poeta, Hugo von Hofmannsthal creó un libreto de gran calado donde los recortes y modificaciones impuestas por Strauss dieron más realce al trasfondo psíquico de los personajes. Sobre este magnífico libreto el maestro compuso una partitura con una fuerza y un cromatismo únicos, con un dramatismo desbordante que culmina en una danza de éxtasis y muerte. Una música que no resulta fácil de escuchar, aún después de cien años, pero que sigue conmoviéndonos en lo más profundo, donde están los sentimientos más escondidos.

Se dice que esta obra resiste cualquier puesta en escena, tal es la fuerza y vigor de su estructura musical y dramática. Esta fuerza se puso a prueba con la "regia" del debutante en Bilbao Peter Konwitschny. El director venía precedido por una fama de polémico y rompedor, y la pasada temporada escandalizó al mundo operístico con su puesta en escena de Don Carlos en el Liceo (donde ya "sufrieron" su Lohengrin). En esta ocasión la producción que nos presentaba, procedente de la Ópera Danesa de Copenhague, no fue ni osada, ni rompedora, más bien la calificaría de sosa, descafeinada, anodina y superflua, con alguna idea original (la representación del asesinato de Agamenón ante sus hijos en un inventado prólogo) pero intentando, menos mal que sin conseguirlo, restar los aspectos más dramáticos que la obra nos narra. La escenografía de J. Joachim Schlieker no tuvo nada de especial: una gran pantalla dominaba todo el fondo de la escena, donde sobre unas imágenes de un cielo cambiante (con un final de fuegos artificiales) un reloj digital nos anunciaba la cuenta atrás del asesinato de los parricidas. Flanqueaban ese frente dos grandes paredes-espejos con sendas puertas donde entraban y salían los personajes al escenario convertido en un sobrio y simple salón burgués o una sala de espera de cualquier consulta de lujo. Todo muy visto. La guinda final la puso una gran masacre sin mucho sentido pero con gran despliegue de vestuario ( con guiños a la policía local) y un fondo de metralletas que irritaron a más de uno. Con qué cara vamos a echar la bronca a nuestra vecina de localidad que desenvuelve su caramelo de celofán con parsimonia, si todo un director de escena de fama internacional pone de fondo de la gran danza final de una ópera el reiterado metralleo de las armas. Qué desatino.

Janice Baird comenzó su difícil y extenuante intervención (no deja el escenario en la hora y tres cuartos que dura la obra) bastante insegura, con un gran vibrato y con una proyección escasa que nos hizo temer lo peor. Pero poco a poco fue haciéndose con su papel hasta lograr un gran triunfo. Demostró ser una gran soprano dramática con un timbre adecuado a su rol y con gran dominio de todos los registros y de su emisión. Angela Denoke es una de las grandes sopranos de la actualidad y lo demostró en su papel de Crisótemis, en el que debutaba. Este debut no supuso ninguna dificultad para ella. Su voz destaca por su claridad, limpieza y bello timbre y su caracterización del personaje más optimista estuvo lleno de matices y perfecto canto. Una auténtica delicia. Poco o nula ayuda en su caracterización del difícil papel de Clitemestra tuvo por parte del director de escena la debutante en Bilbao Reinhild Runkel. Pese a ello su poderosa voz creó los tintes dramáticos y enfermizos que la atormentada madre exigen, siendo sus notas bajas casi tenoriles.

Los papeles masculinos, como en casi todas las obras de Strauss siempre son más tangenciales. Alan Held que hacía doblete despues de su Barba Azul creó un Orestes sin grandes alardes y con una voz no siempre bien colocada seguramente acusando la fatiga de representar dos papeles tan difíciles en la misma noche. Bien el Egisto de David Kuebler así como todo el resto de cantantes, especialmente las femeninas.

Sirva lo escrito más arriba, en el comentario sobre El Castillo de Barba Azul, para resumir la actuación de Juanjo Mena y la Orquesta Sinfónica de Bilbao, aumentada en el número de sus profesores para la ocasión. Su lectura fue correcta pero faltó un poco más de entrega y pasión .

Todos los participantes en la obra (el equipo escénico no salió a saludar en la tercera representación a la que acudió este crítico) fueron muy aplaudidos.

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