España - Valencia

Lo mejor, al final

Alonso Quijano

lunes, 8 de octubre de 2007
Alicante, lunes, 24 de septiembre de 2007. Casino. Manuel Guillén, violín. Programa: Ramón Barce, Sonata. Carlos Cruz de Castro: Pieza para violín. Joan Guinjoan, Tensió. Jesús Rueda, Sex Machine. David del Puerto, Bluescape. Zulema de la Cruz, Feelings: I – Romanza y II – Danza nº 7, Recuerdo. Organizado por el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea. Festival de Música de Alicante
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Si hubiera que elegir un concierto intrascendente en la edición de este año del Festival de Música de Alicante, éste sería sin duda el que comentamos. La gran calidad del violinista no sirvió para llenar el pequeño salón del Casino de Alicante en que se celebró el concierto. Tampoco había un público especialmente atento, ya que la jornada mañanera convocó a varios socios de la institución, que más permanecían estupefactos ante lo que oían, que atentos al intérprete.

En este contexto, sólo se pueden destacar las obras, que tampoco ayudaron demasiado. Así, mientras hubo retazos de maestría en Ramón Barce, las obras de Cruz de Castro, Guinjoan y Rueda eran de difícil asimilación por el espectador. Por ello, lo mejor llegó al final con Del Puerto y De la Cruz (posiblemente ante la sorpresa de todos)

En este sentido, la Pieza para violín de Carlos Cruz de Castro era más bien un gran estudio para violín con un despliegue importante de técnicas, pero sin música. La Sex Machine de Jesús Rueda, por su parte, perdió rápidamente interés. Sus alrededor de tres minutos de golpes por todo el violín, y el resto de despliegue técnico sin unidad ni coherencia, constituyeron otro de los momentos a olvidar.



Compositores e intérprete tras el concierto
©2007 by Xavi M. Miró

De esta manera, fue una bocanada de aire fresco la escucha del Bluescape de David del Puerto, en el que el autor unía el blues a su propio lenguaje, y creaba una fusión de un gran interés. Sin embargo, más expresivo aún estuvo el intérprete en la Romanza de Zulema de la Cruz, que sorprendió a la mayoría por su expresividad, y desplegó unos niveles de lirismo únicos en el festival, dignos de elogio y merecido reconocimiento.

Una señora sola consiguió dinamizar la atención de algún espectador. Su llegada tardía no fue impedimento para que entrara haciendo ruido y hablando con su compañera sobre donde sentarse. Tampoco fue obstáculo para que marcara con su largo tacón el ritmo durante casi todo el concierto, manteniéndolo regular incluso en los amalgamas. El resto de asistentes, menos implicados, oyeron estupefactos y marcharon. De la cita casi no se volvió a hablar durante el festival.

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