Brasil

En el pantano del árbol podrido

Lope de Osuna

martes, 16 de octubre de 2007
São Paulo, domingo, 7 de octubre de 2007. Teatro abierto del Parque de Ibirapuera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Víctor Pablo Pérez, director. Programa: Leonard Bernstein, Obertura de 'Candide'; Manuel de Falla, Segunda suite de 'El Sombrero de Tres Picos'. Nicolai Andreievich Rimski-Korsakov, Capricho Español; Igor Stravinski, El Pájaro de Fuego (versión de 1919)
Los primeros habitantes de la zona costera y pre-litoral de lo que hoy es Brasil eran los tupíes, una rama de los guaraníes. Su idioma, el tupí-guaraní (guaraní brusco), al ser el usado en esta zona, es el que da origen a muchos de los topónimos de lo que hoy es el Estado de São Paulo. Ibirapuera (árbol podrido, tal vez árboles podridos, en tupí-guaraní) es el nombre que daban a la zona pantanosa que, eficaz pero no sé si convenientemente desecada a base de plantaciones masivas de eucaliptos, se convirtió en un parque urbano -inmenso, como todo en esta ciudad desmesurada- relativamente cercano al centro comercial y financiero de São Paulo.

El domingo por la mañana, a sus puertas se veían puestos de vendedores ambulantes de frutas que ofrecen sandías, melones, cocos frescos, papayas y demás frutas tropicales idóneas para sobrellevar mejor los generosos 30º C que hacía ¡a las once ¡de la mañana! del domingo, hora de comienzo del concierto. En el parque, cientos de personas haciendo deporte con una moral envidiable y bastantes más, seguro que miles, paseando o preparándose para gozar de un día de fiesta urbano-campestre.

A la fiesta contribuyó en gran medida el primero de los tres conciertos de la Sinfónica en la ciudad paulista.

En Ibirapuera se encuentran entre otras posibilidades ofrecidas a los paulistanos, algún museo y un teatro-auditorio de doble uso. Su gran escenario puede abrirse al parque, con una excelente amplificación del sonido, o -en la estación de lluvias, cuando llueve intensamente todas las tardes- a su interior, con un aforo de 800 localidades. Durante los conciertos, antes de cada obra, se lee un texto en el que de forma concisa, didáctica y clara, cada obra es presentada al público antes de su ejecución.



Del ritmo...

El concierto empezó con el animado ritmo de la Obertura de 'Candide' de Bernstein y una luz a veces cegadora (muchos de los músicos usaron gafas de sol durante todo el concierto). En el parque se podía percibir el brillo festivo que tiene el sol los domingos por la mañana. En la propia orquesta se unían la necesaria concentración y la alegría. La de Diego Zecharies, solista de contrabajo, resultaba especialmente contagiosa. En las dos primeras obras del programa - la Obertura de Candide y la Segunda suite de 'El Sombrero de Tres Picos' de Falla- fue como si lanzara una invitación al goce de un concierto que iba a tener el frescor y todos los matices de sabor de las jugosas frutas que vendían a la entrada. La reacción del público, tan unánime en conciertos anteriores de la gira, se multiplicó y, junto a una mayoría oyente, surgió una minoría danzante.

Dicen los cariocas que los paulistanos son sosos. No sé lo que habría pasado en Rio; los miembros del grupo de prensa que acompaña a la OSG en parte de su gira, pasamos allí unas cuantas horas, aunque sólo en su aeropuerto. Pero, en el momento en que unos cuantos de estos 'sosinhos' se pusieron a bailar, una pequeña multitud de los aproximadamente dos mil espectadores, se lanzó a la 'pista', léase hierba, incluida una pareja de japoneses, altísimo él y muy menuda ella, que fueron vistos en tal actitud, asimétrica por la antropometría pero simétrica y convergente por la alegría. Dicen que japonés y bailón son términos contradictorios. ¿Se trata pues de un milagro? No: resulta que en São Paulo vive una colonia japonesa de cerca de un millón de personas, según nos dice nuestro guía local, y están tan perfectamente arraigadas, son tan verdaderamente brasileños ya que a nada que suena una música con un ritmo algo marcado se les van los pies. Como a cualquier otro brasileño.

... al fuego

El programa seguía con el Capricho español de Rimski-Korsakov. La española espectacularidad sonora, tímbrica y rítmica de la primera acabó de terminó de animar el ambiente, bien caldeado de antemano en todos los sentidos. Los solos de clarinete de Juan Ferrer y de trompa -creo que de Manuel Moya, no lo pude ver bien- fueron los más brillantes destellos en el festival de ritmo, color y energía del Capricho. A lo largo de la mañana, los de José Vicente Castelló y David Bushnell en la trompa y los de flauta de Claudia Walker, de Casey Hill y Bede Hanley al oboe, la trompeta de John Aigi Hurn y Scott MacLeod al corno inglés fueron otra vez muestras de la gran calidad que atesoran los atriles de la Orquesta Sinfónica de Galicia.

La obra de Stravinski fue como el colofón de seriedad y solidez en esta matiné. El fuego no estuvo solamente en el título y los pentagramas del ruso. La versión que ofreció la OSG levantó una llamarada de ovaciones del público, incluidos gritos de bravo y largos e intensos silbidos de admiración. Tras el preludio de Agua, azucarillos y aguardiente y el de El Bateo, que terminaron de levantar al público de sus asientos, a unos para acentuar la ovación y otros para bailar, llegó el detalle emotivo cuando un señor ya bien entrado en años, agarrado a la valla que separaba el escenario de las primeras filas del público, gritó un sonoro “¡Viva España!” que contagió la enorme emoción con que fue dicho. No creo que nadie pueda explicar mejor que esto el significado de la expresión hacer patria.

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