España - Cataluña

La guillotina en el Liceu

Pablo-L. Rodríguez
viernes, 26 de octubre de 2007
Barcelona, martes, 25 de septiembre de 2007. Gran Teatre del Liceu. Andrea Chénier (estreno, Milán, 28.03.1896), drama histórico en cuatro actos. Libreto de Luigi Illica y música de Umberto Giordano. Producción del The New National Theatre Foundation-Tokyo. Philippe Arlaud, dirección de escena, escenografía e iluminación. Andrea Uhmann vestuario. Keith Morino, coreografía. Jean Marc Van den Broek, proyecciones. Kunio Watanabe, efectos de sonido. Elenco: José Cura (Andrea Chénier), Carlos Álvarez (Carlo Gérard), Daniela Dessì (Maddalena di Coigny), Marina Rodríguez-Cusí (Bersi), Viorica Cortez (Condesa de Coigny), Irina Mishura (Madelon), Miguel Ángel Zapater (Roucher), Enric Serra (Pietro Fleville & Fouquier Tinville), Philip Cutlip (Mathieu), Francisco Vas (Increíble), Josep Ruiz (El abad), Vicenç Esteve Corbacho (Schmidt & Mayordomo), Manel Esteve Madrid (Dumas). Orquestra Simfònica y Cor del Gran Teatre del Liceu. José Luis Basso, director del coro. Pinchas Steinberg, dirección musical
0,0002651 Una representación de Andrea Chénier es siempre un acontecimiento en el Liceu. Se conservan testimonios fonográficos y visuales de esta ópera que forman parte de la historia reciente del teatro barcelonés, como la penúltima ocasión en que se programó en diciembre de 1979. Eugenio M. Marco dirigía entonces una puesta en escena de Giuseppe de Tommasi y el reparto estaba encabezado por José Carreras como ‘Andrea Chénier’, secundado por la ‘Maddalena de Coigny’ de Montserrat Caballé y Joan Pons dando vida a ‘Carlo Gérard’. Ver hoy este documento de tiempos pasados hace posible verificar lo que ha cambiado el Liceu en nuestros días.

El reparto vocal que disfrutamos en esta producción fue el elemento mejor recibido por el público, al tratar de seguir la misma línea marcada por la tradición del teatro. Sin embargo, las direcciones musical y escénica cosecharon algunos abucheos el día del estreno, a pesar de que son precisamente los dos elementos donde el teatro barcelonés ha evolucionado más -y para bien- en estas dos décadas largas.

Claramente, el Liceu trata de superar con producciones como ésta su imagen tradicional como teatro de voces y en ello choca con algún sector de su público, al que molesta que una “ópera de tenor” tan arraigada en este teatro suene de una forma distinta a sensiblera y lacrimógena, o que una puesta en escena trate de evitar algunos convencionalismos asociados con esta obra y pretenda ahondar de alguna forma en su mensaje.

El principal responsable de que no asistiéramos a un Andrea Chénier al uso fue Pinchas Steinberg. En sus manos esta ópera constituyó un brillante trabajo tanto de manejo de la orquesta como de acompañamiento de cantantes, y el único reproche que se le puede achacar quizá sea el de tratar de llegar al Giordano más verdiano por el camino más wagneriano (o straussiano). El propio maestro israelí ha explicado en varias entrevistas que Giordano no se veía a sí mismo como un compositor verista, sino más bien como un simple continuador de Verdi y, según parece, esto lo aprendió de su maestro, Antonino Votto, que conoció estrechamente al compositor.

Sin embargo, para conseguir plasmar musicalmente sus ideas, Steinberg utiliza los mismos recursos que tan buenos resultados le han dado en el repertorio alemán (véase La sombra de Steinberg). Esto fue para algunos lo más discutible, pues dar ese protagonismo a la orquesta contribuye a constreñir la libertad de los cantantes y limitar lo italiano del discurso dramático, todo lo que conduce a una versión que podría tildarse sin más como detallista y fría.

Pero nada más lejos de ello pues el director israelí, al reparar con maestría en las sutilezas de la orquestación de Giordano, lo que consigue es una versión mucho más moderna e interesante de esta obra. En ella, la música no fluye con la sencillez habitual sino que camina dotada de mayor contenido y contraste, al relacionar más estrechamente los motivos entre sí y conseguir un tono más flexible y compacto. Steinberg subrayó constantemente los pasajes orquestalmente más wagnerianos, aunque siempre desde una óptica musicalmente objetiva y realista, acompañando con esmero -aunque no siempre- a las voces (estuvo magnífico en 'La mamma morta') y tratando de controlar todas sus intervenciones por el bien del conjunto.



Escenografía de Philippe Arlaud para 'Andrea Chénier'
©2007 by Antoni Bofill

Precisamente, este planteamiento de Steinberg coincidió perfectamente con la propuesta escénica de Philippe Arlaud, en la cual el regista francés plasma una dirección de actores de aire realista en un entorno escénico de tintes metafóricos. Claramente, uno de los aspectos más logrados de esta régie fue el dinamismo logrado por medio de un escenario giratorio que permite representar con suma destreza el terror colectivo y la inestabilidad de una de la épocas más negras de la historia de Francia.

Muy bello resultó el vestuario realista y sofisticado de Andrea Uhmann, basado en la bandera tricolor francesa, que contrastaba con la escenografía del propio Arlaud, al modernizar visualmente el espectáculo con formas inclinadas y afiladas inspiradas en la cuchilla de la guillotina. La iluminación también fue realizada por el director francés, y con ella aportó innumerables matices a la escena, resultando decisiva en algunos momentos como en su esperanzador planteamiento del final de la ópera.

No obstante, Arlaud destaca más por la presentación de sus ideas que por el desarrollo de las mismas. Sus aportaciones fueron pocas y no del todo afortunadas, como el molesto sonido de la guillotina al final de cada acto, o el peculiar entreacto en donde se nos explica mediante una filmación los pormenores técnicos de la guillotina como máquina de matar. Por otra parte, algunos caprichos, como el linchamiento de la nobleza a ritmo de gavota al final del primer acto o el degüello de ‘Bersi’ a manos del ‘Increíble’ en el segundo, no se sostienen dramatúrgicamente. No obstante, hubo aspectos muy logrados, como la culminación de cada acto como un impresionante tablaux vivant, pero todos -o casi todos- fueron más visuales que teatrales.

El apartado vocal se benefició de la sustitución de Daniela Dessì en lugar de Deborah Voigt como ‘Magdalena de Coigny’. Según parece, la soprano americana canceló su intervención en el estreno por motivos de salud, aunque circulaban por los pasillos del teatro rumores acerca de otros motivos más relacionados con su falta de preparación para el papel. Ciertamente, Dessì supo sacar un gran partido a la situación para apuntarse un sonoro éxito en el Liceu cantando un papel que vocalmente le va bastante bien y cuya evolución dramática sabe componer a la perfección.

Igualmente, José Cura fue todo él entrega y pasión como ‘Andrea Chénier’, manejando con maestría su particular y oscuro color vocal, y resultando especialmente destacado en el registro agudo donde mostró una deslumbrante seguridad (su ‘Un dì all’azzurro spazio’ fue sobresaliente).



Carlos Álvarez y coro
©2007 by Antoni Bofill

Por su parte Carlos Álvarez compuso con su habitual tono fosco e intenso un magnífico ‘Carlo Gérard’, aunque ahondando más en lo enérgico y revolucionario del personaje y menos en las sutilezas de su personalidad.

Además del trío protagonista, el desfile de secundarios fue admirable. Mención especial merece la actuación de Irina Mishura como conmovedora ‘Madelon’, Francisco Vas subrayando lo malvado del ‘Increíble’ o Marina Rodríguez-Cusí como fiel y apasionada ‘Bersi’. Como siempre en el Liceu, también hubo algún destello de veteranía, como la ‘La condesa de Coigny’ de la rumana Viorica Cortez.

Sin embargo, la brillantez vocal del reparto no tuvo el mismo efecto en el coro del teatro, que se mostró menos acertado que en otras ocasiones (una impresión seguramente relacionada con el papel menor que le concede Giordano en su ópera). Por último, la orquesta se adaptó perfectamente a las exigencias de Steinberg, demostró calidad, equilibrio y entrega, e hizo olvidar viejos “hitos” del pasado, cuando esta ópera sonaba desde el foso del Liceu con menor calidad que ahora.
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