España - Cataluña

Sibelius el moderno

Alfredo López-Vivié Palencia
lunes, 19 de noviembre de 2007
Barcelona, lunes, 12 de noviembre de 2007. Palau de la Música Catalana. Los Angeles Philharmonic. Esa-Pekka Salonen, director. Jean Sibelius: Sinfonía nº 4 en La menor, op. 53; Sinfonía nº 7 en Do mayor, op. 105. Steven Stucky: Radical Light. Temporada Palau 100. Ocupación: 70%
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Al pobre Jean Sibelius le han caído muchos palos prácticamente desde el momento en que se murió en 1957 -e incluso antes-, y casi todos desde las vanguardias musicales que le sucedieron a lo largo del siglo XX, y aún en el siglo XXI. Tachada de conservadora y retrógrada, pasando por todos los epítetos despectivos que ustedes quieran, su música nunca ha sido bien aceptada por los gurús de la modernidad. Y el silencio del compositor en sus últimas décadas de vida -supuestamente porque el propio Sibelius se daba cuenta de que su obra ya no encajaba en aquel tiempo (aunque lo cierto es que en eso tuvo que ver el acohol y el tabaco más que otra cosa)- no ha hecho más que incrementar ese desprecio.

Por eso el concierto de esta noche tenía un doble valor reivindicativo: no es tanto que Esa-Pekka Salonen (Helsinki, 1958) como director finlandés se sienta a gusto tocando la música de su paisano, cuanto que eso lo hace también en su calidad de compositor y campeón de la música actual.

Y a estos efectos, nada mejor que empezar el programa por la Cuarta sinfonía, tal vez la más conceptualmente difícil de la colección, de la que Salonen dio una interpretación rabiosamente moderna: si algo tiene esta obra de evocación de los ambientes nórdicos en su acepción más brumosa (es decir, si algo tiene de lo que -para entendernos- llamaríamos ‘espíritu romántico’), Salonen lo obvió deliberadamente, ofreciendo una lectura que, lejos de mirar al pasado, se vuelca decididamente hacia adelante; los ecos wagnerianos y mahlerianos que pueden encontrarse en la partitura son transformados en pre-ecos webernianos.

Y eso se nota desde el tremebundo arranque de la obra en la cuerda grave, que Salonen quiso -y consiguió- hacer no en tono lánguidamente oscuro, sino en color negro lacerante, con pulso firme, sin concesiones a la nostalgia, y propulsando el discurso mediante las tensiones de la pieza (esas llamadas del metal, que son más avisos que despertares). Y se nota también en un ‘finale’ en el que no hay atisbo de relajación, porque incluso las intervenciones del xilófono suenan como punzadas, para terminar en un extraño tono afirmativo que no es sino la conclusión coherente de una interpretación que mira al futuro.

En buena lógica, Salonen aplicó el mismo concepto para la Séptima sinfonía que cerraba el cartel. Aunque aquí la cosa no me resultó tan convincente: no tengo nada que objetar al concepto del maestro -otra cosa son mis gustos personales, y aquí recuerdo la carnosa interpretación de la obra que dio Colin Davis con la London Symphony en esta misma casa hace unos pocos años-, pero sí a su realización, porque la radicalidad futurista le llevó a una cierta rutina en los continuos ostinati, y en consecuencia a una cierta pérdida de tensión en este enorme fresco orquestal. Aunque es de admirar el control que Salonen ejerce sobre su orquesta, traducido en planos sonoros limpísimos, y en dinámicas bien estudiadas que nunca hubo necesidad de corregir.

Entre una sinfonía y otra, se ofreció la primera audición en España de Radical Light, encargo de la Filarmónica de Los Angeles al compositor norteamericano Steven Stucky (Hutchinson, Kansas, 1949) -que es consultor de la orquesta para música contemporánea, y estaba presente en el Palau-, estrenada el pasado mes de octubre precisamente -y con toda intención- en un concierto con el mismo programa.

Tras su escucha, uno comprende porqué Stucky y Salonen han querido hacer esta pieza en medio de las dos sinfonías sibelianas: la obra -en un solo movimiento de veinte minutos sin pausa- emplea una orquesta tradicional completa (sin demasiada percusión), tímbricamente es atractiva, y presenta un lenguaje muy asequible y muy visual (alguien me dijo con acierto que el título podría deberse a que es fácil imaginar el reflejo del sol sobre un mar ondulante), basado -como hacía Sibelius- en el juego de las tensiones para transitar en sus diversos episodios, que suenan bien contrastados.

El concierto tuvo, pues, la gran virtud de ofrecer un programa sólidamente construído, y aún más sólidamente interpretado. Hacía tiempo que no escuchaba en vivo a la Filarmónica de Los Angeles, y no puedo sino alabar la gestión de su director titular, que ha hecho de ella un instrumento que ha ganado en ductilidad y en agilidad, cuya cuerda ha perdido aspereza (particularmente los violonchelos y contrabajos han cobrado cuerpo y redondez), y cuyos vientos -tanto la madera como el metal- han mejorado mucho en presencia y empaste.

El público -hoy menos numeroso que otras ocasiones, pero también más convencido- guardó un silencio y una atención a lo largo de todo el concierto como pocas veces sucede, y por ello merece también un elogio. Y sus muchos aplausos fueron correspondidos -adivinen- con Finlandia y con el Vals triste, de los que Salonen (siempre con la partitura delante) y su orquesta dieron -nuevo signo de modernidad- sendas interpretaciones alejadísimas de lo que habitualmente se escucha: la una vertiginosa, sin exaltación patriótica; la otra con un juego rítmico muy sutil.

Esa-Pekka Salonen abandonará la Filarmónica de Los Ángeles en el verano de 2009, cuando concluya su decimoséptimo curso allí, para -según dice- dedicarse más intensamente a la composición, y para enseñar a navegar a sus hijos en los lagos finlandeses (aunque ha aceptado el puesto de Director Principal y Consejero Artístico de la Philharmonia Orchestra en Londres desde la temporada 2008-09). No seré yo quien le niegue su derecho a lo uno ni a lo otro, pero confío -porque el hombre aún no ha cumplido 50 años- en que mantenga su ritmo como director de orquesta (y, ya puestos a pedir, confío que alguna vez salga a la luz discográfica un ciclo Sibelius firmado por Salonen).

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