España - Andalucía

Algo más que una subida a la cumbre

Fernando López Vargas-Machuca

viernes, 6 de abril de 2001
Sevilla, sábado, 6 de enero de 2001. Teatro de la Maestranza. Lluis Rodríguez Salvà, piano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Moshe Atzmon, director. Chaikovski: Concierto para piano y orquesta nº 1. R. Strauss. Sinfonía Alpina. 15º Concierto de Abono.
Los decimocuarto y decimoquinto programas de abono de la presente temporada de la ROSS tenían que haber sido los primeros que dirigiera Alain Lombard en su condición de nuevo y flamante titular. Como ya sabrá el lector, una repentina indisposición del maestro parisino, que tuvo que acudir urgentemente a París para someterse a diferentes pruebas médicas, obligó a buscar rápidamente sustitutos. Así, en la primera parte el concertino Sergei Teslia ofreció páginas de Pärt y Shostakovich al frente de la Orquesta de Cámara, sustituyendo a los Varèse y Esnecu inicialmente previstos. En la segunda, Juan Luis Pérez ofreció una espléndida versión de La Grande de Schubert, programada desde el principio.Como había algo de más tiempo por delante para buscar un sustituto, no ha habido necesidad de alterar el programa de los conciertos de los días 31 de mayo y 1 de junio. Así, hemos contado con la batuta veterana y experta de Moshe Atzmon, conocido por algunas grabaciones para sellos de prestigio (Decca, DG, EMI) antes que por su intensa actividad como director sinfónico y de foso. En esta su tercera colaboración con la ROSS ha tenido que asumir el hermoso y popular programa propuesto por Lombard: Chaikovski y Richard Strauss.Fue la suya una atenta y equilibrada lectura del Concierto para piano y orquesta nº 1 del ruso, quizá algo falta de continuidad. El gerundense Lluis Rodríguez Salvà, ganador del Concurso Nacional de Juventudes Musicales 2000 y portador de un abultado y prestigioso currículo, exhibió una más que notable técnica que hace presagiar grandes logros futuros. Sin duda es un nombre a tener en cuenta, capaz de abordar con solvencia obras del más exigente virtuosismo, por lo que esperamos tenerle pronto de vuelta por aquí. Con todo, no nos terminó de convencer su interpretación, fría y distanciada, mostrando en su fraseo cierta retórica anticuada, cierta afectación, que se tradujeron en una lectura bastante aburrida e insincera. Pareció ser, al menos a quien esto suscribe, uno de tantos que ven esta partitura como un cúmulo de virtuosismo tan brillante como vacío de contenido. Nada más lejos de la realidad, como bien han demostrado algunos grandes artistas que están en la mente de todos, pero parece que el tópico se sigue y seguirá imponiendo por doquier, para delectación de ciertos críticos que así -sólo así- pueden justificar su desdén.Tampoco se libra el sinfonismo germánico tardío del mismo cúmulo de lugares comunes, generados por aquellos que en la brillantez de los metales sólo logran ver, tan cortas son sus miras, exhibición de poderío y grandeza, dándoles de paso la razón a esos ignorantes nazis que creyeron encontrar en la obra de Wagner la plasmación musical de su monstruosa ideología. El tópico, decimos, se mantiene hasta hoy, y me viene ahora a la mente un descacharrante libro que llegó un día a mis manos sobre musicoterapia, o algo así, en el que se recomendaba escuchar repetidamente la Cabalgata de las Walkyrias... ¡para curar la impotencia!No es la Sinfonía Alpina una mera descripción de ascenso y descenso a las cumbres de los Alpes, ni su ingente plantilla orquestal tiene como misión epatar al personal. Richard Strauss, uno de los grandes renovadores del lenguaje musical del siglo XX, se expresa de una manera mucho más sutil de la que suponen quienes en sus poemas sinfónicos no ven más que brillantes ejercicios de orquestación y ciertos hallazgos armónicos. Aquí el programa es una metáfora de la vida, tema dilecto al compositor. Las brumas del amanecer son las del nacimiento, del brotar de la vida a partir de la masa informe de la naturaleza. Las peripecias del ascenso, ora entusiastas y placenteras, ora problemáticas y desesperadas, no son sino los acontecimientos vitales de la juventud, en pos de conquistar el mundo. Tras llegar a la cumbre, la contemplación del paisaje de lo vivido y de lo que está por llegar, se respira la melancolía de la última madurez, esa que es consciente de que es el recorrido, y no la meta, lo que da sentido a tantos esfuerzos. La tormenta de la vejez -enfermedad, pérdida de los seres queridos- conduce a la aceptación del destino último y a la fusión con el todo.Nada en la partitura es gratuito, ni siquiera esos cencerros que tanto recuerdan a Malher, pues Strauss sabe trascender la forma. Que se utilice una orquesta gigantesca o un cuarteto, que el lenguaje sea innovador o esté apegado a la tradición, sólo debe preocupar a los dictadores de la estética: lo que importa es la adecuación entre medios y expresión, que aquí alcanzan, frente a lo que pueda parecer, un asombroso equilibrio. Ese mismo que Atzmon logró: no hubo asomo de retórica en su lectura, muy bien sonada y dicha con intensidad emocional. Quizá algunas transiciones podían haber estado algo más cuidadas, eso sí. También es cierto que la concentración fue algo irregular, aunque no más que en la reciente grabación del cacareado Christian Thielemann, por ejemplo. Aun así, admirable dirección.La ROSS sonó estupendamente, quizá no tanto como en el Schubert de la semana anterior, pero aún así con un nivel espléndido. Que los metales, aquí con numerosos aumentos y sometidos al tercer grado, no fueran los de la Sinfónica de Chicago carece de importancia: dieron perfectamente la talla. El equilibrio de planos que logró la batuta permitió apreciar al público sevillano la gran calidad de una orquesta a la que últimamente parece no hacerle mucho caso. Tanto las diversas secciones como los diferentes solistas -salvo alguno que no estuvo nada fino en sus solos en ambas partes del programa, y que no vamos a citar- demuestran que la ROSS es un lujo que hay que mimar y querer. Cuando trabaja con intensidad y con directores que saben extraer lo mejor de ellas, se sitúa en condición de igualdad técnica con respecto a las formaciones más prestigiosas de España -que no son precisamente las de Madrid-. De ahí que crucemos los dedos para que su nueva etapa con Lombard sea el definitivo ascenso a la cumbre que lleva diez años anhelando

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