España - Castilla y León

Amor de madre

Samuel González Casado
miércoles, 19 de marzo de 2008
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Valladolid, viernes, 7 de marzo de 2008. Auditorio de Valladolid. Rodrigo: Tres viejos aires de danza. Mozart: Concierto para piano y orquesta núm. 23 en La mayor, K. 488. Strauss, R.: Así habló Zaratustra, op. 30. Bella Davidovich, piano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Dimitri Sitkovietski. Ocupación: 90% de 1700
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Nueva visita del director en residencia de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, esta vez con obras de variado pelaje y sin repertorio ruso. Como hemos dicho en otras ocasiones, Sitkovietski como director no suele pasar de la mera rutina, y en el concierto que comentamos no desdijo esa aseveración, aunque el nivel está por encima de otras ocasiones debido a dos detalles significativos: la presencia de la mítica pianista Bella Davidovich y algunos puntos de interés en la interpretación de Así habló Zaratustra.

El comienzo, con la obra de Rodrigo, resultó netamente soso: como es habitual en Sitkovietski, no transmitió nada propio y los Tres aires de danza transcurrieron anodinos, con nula planificación dinámica y patente desequilibrio –muy poca presencia de la cuerda–. Esta tendencia, sin embargo, cambió con la aparición de la madre del director, la veterana pianista Bella Davidovich, que se hizo con el escenario y permitió que disfrutáramos de una buena interpretación del maravilloso Concierto para piano núm. 23 de Mozart. El arte de esta azerbayana, ganadora del primer Concurso Chopin de Varsovia allá por 1949, es muy personal: casi siempre con la muñeca baja, sus dedos, muy flexionados, no tienen la agilidad de antaño –falta precisión y control de sonido en los ataques– pero conservan su magia para matizar con gusto, a veces al borde del manierismo, paladeando cada frase en tempi moderados.

Con lo anterior, como era de esperar y pese a una entrada de la cuerda espantosa, destacó el segundo movimiento, pleno de buen gusto y a la vez de giros inesperados en las acentuaciones. Sitkovietski se puso de acuerdo en algunos detalles puntuales de fraseo con su señora madre, lo cual dio al conjunto cierto empaque, pero suponemos que a ella no le haría mucha gracia el excesivo volumen de la orquesta en algunos pasajes del primer movimiento, si bien es probable que le perdonara la torpeza porque en el segundo y tercero todo sonó en su sitio y ella fue la absoluta protagonista, para bien de la obra. De hecho, incluso cuando no tocaba, Davidovich acaparaba toda la atención gracias a sus manías: sacó brillo al teclado varias veces e hizo un sinfín de gimnasia sueca. Y, por los gestos de cariño hacia su hijo en el tiempo de aplausos, pareció no tenerle en cuenta sus pequeñas osadías.

Así habló Zaratustra es una obra que el público del Auditorio de Valladolid tiene relativamente reciente, gracias a la estupenda interpretación de Gianandrea Noseda y la BBC Philharmonic. Las comparaciones son odiosas, y más en este caso. Lo peor de la versión de Sitkovietski, sin duda, está en la falta de concepto general: todo suena sin tendencias palpables, hay poco contraste de ambientes, no apreciamos 'desembocaduras' ni tensiones. Además, los diálogos entre metales y cuerda no se regulan bien y muchas veces la información melódica desaparece (esto ocurrió también en Mozart). Eso sí, decibelios no faltan, pero ése es otro asunto. Para colmo, el organillo, ayudado por amplificación eléctrica, sonaba como el maullar de un gato, con poca presencia general y ausencia de graves, lo que restaba solemnidad a una ejecución que quería pretenderla. Instamos desde aquí a la instalación de un órgano fijo cuando menos decente, imprescindible en cualquier sala y más aún en una con tanta actividad –y tan sobresaliente– como el Auditorio de Valladolid.

Lo más interesante de la interpretación straussiana estuvo en lo momentos camerísticos, como 'El canto del viajero en la noche' –aceptable labor de la concertino Violetta Zabek, que toca siempre con buen gusto pese a su limitadísimo volumen–. También hay que señalar a favor que, con la nutrida cuerda, todas las partes de la obra se asentaron bien equilibradas entre familias: la música se apreciaba correctamente proporcionada, aunque en ocasiones la falta de entendimiento entre violines diluye un sonido que puede llegar a resultar molesto por indefinido. A ello contribuye una acústica variable y variada que no siempre funciona como sería esperable. En cualquier caso, la obra se expandió monumentalmente, los metales no tuvieron mala noche y eso evitó que el público saliera con sensación de fiasco, aunque jamás haya mostrado entusiasmo por este director, tan recurrente en la sala castellano-leonesa.

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