Estados Unidos

Más de diez años después

Horacio Tomalino
martes, 1 de abril de 2008
Nueva York, sábado, 23 de febrero de 2008. Metropolitan Opera House. Lincoln Center for the Performing Arts. Manon Lescaut, ópera en cuatro actos con música de Giacomo Puccini (1858-1924) y libreto de R. Leoncavallo, G. Illica, G. Giacosa, M. Praga, D. Oliva y G. Ricordi, basado en la novela ‘Histoire du Chevalier des Grieux et de Manon Lescaut’ del abate Prévost. Estreno: Teatro Regio de Turín, 1 de febrero de 1893. Gina Lapinski, dirección escénica. Elenco: Maria Gavrilova (Manon Lescaut), Marcello Giordani (Des Grieux), Dwayne Croft (Lescaut), Dale Travis (Geronte), Sean Panikkar (Edmundo), Paul Plishka (Posadero), Bernard Fitch (Maestro de baile). Coro y Orquesta del Teatro. Donnald Runnicles, director musical. Temporada 2007-8
0,0001459 Ausente durante más de una década de la cartelera del MET, la reposición de la ópera Manon Lescaut de Puccini obedeció en gran medida a las expectativas del público local por escuchar en su teatro la nueva incursión pucciniana de la soprano finlandesa Karita Mattila, quien debutó la parte en la ópera de Chicago el año pasado. Sin Mattila en el rol titular, debido a una indisposición de último momento -a la que sin duda contribuyeron unas críticas no muy favorables a su prestación durante las semanas anteriores-, una fuerte sensación de decepción se apoderó del público de esta última representación.

Situación nada favorable con la que debió batallar la soprano rusa Maria Gavrilova y por la cual mereció un particular reconocimiento aun antes de haber emitido nota alguna. La soprano rusa tuvo el mérito de salvar la función y eso no es poco, dado el clima imperante. El rol no pareció ideal para su voz, pero así y todo le permitió dar muestras de un cuidado canto legato y de un timbre por momentos dúctil. En los agudos las cosas no le fueron tan bien y más de una vez estuvo al borde del grito. Su momento de gloria lo alcanzó en el aria ‘In quelle trine morbide’, donde se le vio compenetrada e intencionada con el personaje y hasta casi ‘italiana’ en su caracterizacion. En el resto de la ópera pocas veces mostró soltura y solo pareció preocuparse por las indicaciones provenientes del podio. Con estos antecedentes el lector podrá imaginarse lo apasionado que resulto el dúo ‘Tu , tu, amore? Tu?!…’ cuando en lugar de mirar al tenor la soprano prefirió fijar todo el tiempo su mirada en el director de orquesta.

Para los tiempos que corren y ante la carestía general de tenores spinto-dramáticos a la cual asistimos, el tenor italiano Marcello Giordani terminó más que bien parado como el caballero Des Grieux. Al menos sabe lo que dice y cómo darle la mejor intención a su canto para hacer creíble el personaje. Si cantar este rol es adecuado para su voz es harina de otro costal. Lo cierto fue que apelando a todo su lirismo su aria ‘Donna non vidi mai…’ fue un deleite para los oídos y el punto de partida de una caracterización que iría in crescendo en fuerza interpretativa para culminar en un conmovedor ultimo acto ‘no apto para cardiacos’ donde la pasión y la desesperación se apodero de cada acento del tenor italiano. ¡Chapeau!



Fotografía © 2008 by Ken Howard. Cortesía de la Metropolitan Opera House

El barítono Dwayne Croft resultó ser uno de los lujos de la noche y aportó su timbre de suprema belleza y su intachable línea de canto al personaje de Lescaut. Correcto, aunque sin descollar, el tenor Sean Panikkar dio vida a un Edmundo que pasó sin penas ni glorias. El veterano Paul Plishka fue un simpático posado que convenció con su sola presencia, y el bajo barítono Dale Travis un Geronte por demás saludable.

El coro de la entidad se desenvolvió con profesionalismo en cada una de sus intervenciones.

Desde el foso, el Mtro. Donald Runnicles demostro un claro conocimiento y dominio de la partitura, extrayendo de la orquesta siempre el color y los tempi justos.

La vetusta y ultraclásica producción que firmó en 1980 Giancarlo Menotti y que inmortalizaron en vídeo el dúo Domingo-Scotto pide a gritos ser renovada. El Met se merece una producción más atractiva de una ópera que debería presentarse más frecuentemente en el coliseo neoyorquino.
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